Crónica acelerada de la Asociación Nacional de Ingenieros del ICAI con motivo de su centenario

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Los inicios

Pasaron los años desde que en 1912 Miguel Santamaría fue el primer Ingeniero del ICAI y único alumno de aquella primera promoción. Los sucesores fueron tan capaces por su formación que interesaron a las empresas. Así, de forma creciente, se fue conociendo la denominación de Ingenieros del ICAI. Su formación no difería demasiado de la de los ingenieros industriales formados en las tres escuelas a nivel nacional gestionadas por el Estado, pero el ICAI las mejoraba desde el punto de vista de las prácticas: talleres, laboratorios, etc.

En el año 1921 la cincuentena de ingenieros del ICAI ya existentes tuvieron la feliz idea de constituir la Asociación de Ingenieros del ICAI, que en primera instancia presidió Yagüe.

Expulsión de los Jesuitas de España

El número de ingenieros fue creciendo progresivamente, aunque poco a poco, y así llegamos al año 1931. La expulsión de los Jesuitas por parte del gobierno de la República llevó consigo el establecimiento de un convenio con el Instituto Graham de Lieja que concedió unas aulas a los ingenieros del ICAI para que pudieran cursar allí sus estudios de ingeniería. Esto conllevó graves dificultades para los estudiantes que solo podían venir a Madrid para estar con sus familias durante las vacaciones y en muchos casos éstas se limitaban a las de verano, como consecuencia del coste que suponía tanto la estancia como los largos viajes en tren entre España y Bélgica.

La milicia universitaria

Terminada la Guerra Civil en 1939, el Gobierno se dio cuenta de la falta de profesionales para la reconstrucción de tantos edificios destruidos durante la guerra y de la necesidad de renovar y mejorar la industrialización del país, así como también de la falta de profesionales en el campo de la medicina, de la farmacia, del derecho, etc.

En consecuencia, el Gobierno constató que la permanencia de dos años de los jóvenes españoles en su servicio a la patria, retrasaba la incorporación al mundo laboral de tantos profesionales como eran necesarios. Con este motivo se crearon las Milicias Universitarias, posibilitando así la incorporación al mundo laboral de los jóvenes universitarios. Tengo entendido que por lo que respectaba a los estudiantes del ICAI, fueron necesarias múltiples gestiones por parte de los presidentes Santamaría e Inza, con militares de alta graduación que ellos conocían personalmente, para conseguir que los estudiantes del ICAI pudieran prestar su servicio militar en las milicias universitarias.

Esta modalidad suponía la prestación del servicio durante dos veranos en campamentos como el de La Granja de San Ildefonso y, al final de su carrera, completar su formación en un cuartel con la categoría de Alférez de Complemento, durante seis meses. Es decir, que los universitarios a los seis meses de terminar sus estudios, iniciaban su vida profesional en lugar de a los dos años.

A lo largo de los años de la posguerra se produjeron con normalidad las promociones correspondientes.

El Decreto de 1950

Siendo yo estudiante, en 1950 -más exactamente el 10 de agosto- se produjo un Decreto del ministro Ibáñez Martín por el que se reconocía la validez de los estudios de ingeniería que se cursaban en el Instituto Católico de Artes e Industrias. Nosotros no le dimos mayor importancia, sino que seguimos con nuestro periodo estudiantil.

Pero a partir del mes de octubre de ese año no faltaron los movimientos, dentro de lo tolerado por el Régimen, en forma de reuniones en las escuelas de ingenieros de Caminos y de industriales. Se suspendieron clases como protesta contra el Decreto.

El grupo principal lo encabezaba nada menos que Leopoldo Calvo Sotelo, que era el número uno de su promoción de Caminos. Éste en nombre del grupo fue a visitar al ministro, pero el día en cuestión el ministro se había marchado ya a su casa. Enterado del domicilio del ministro, en la calle Almagro, allí se presentó. Una señorita le atendió y le dijo que iba a avisar al ministro para que le recibiera. Debían de ser como a las siete de la tarde. Pasó el tiempo y a las nueve parece ser que la señorita volvió a entrar en la sala y se quedó sorprendida de que siguiera esperando Calvo Sotelo a ser recibido. Así lo fue al fin, pero la reunión fue breve y sin ningún resultado positivo.

Al bajar a la calle el grupo estaba inquieto y le preguntaron qué había sucedido. Pero su gran preocupación fue buscar una tienda de flores, porque necesitaba mandar un ramo a la señorita que le había atendido. Ésta no era nada más ni nada menos que Pilar Ibáñez Martín a la que así conoció y con la que llegado el momento se casó.

En orden a conseguir la aplicación del famoso Decreto de 1950, las puertas estuvieron siempre muy difíciles de abrir en el ministerio para el presidente Inza, ya que, al parecer, el ministerio estaba trabajando sobre una ley que había de cambiar totalmente las enseñanzas que se cursaban en las escuelas de ingeniería. Lo único que consiguió más tarde el presidente Gómez Olea (iniciador de la saga de los Gómez Olea) era que con la nueva ley se resolvería nuestro problema.

Los años pasaban, sin embargo, sin obtener ningún resultado positivo.

La Escuela de Organización Industrial

En 1955 se creó la Escuela de Organización Industrial. El director de la empresa en que yo prestaba mis servicios, me mostró su interés por que yo cursará en este centro de enseñanza. La Escuela solo admitía a ingenieros y economistas con título oficial, así como a militares con graduación superior a la de comandante. En consecuencia, no estaba prevista la presencia de ingenieros del ICAI en dicha Escuela. La Asociación solicitó que pudieran estudiar también los ingenieros del ICAI, pero se le negó.

La presidencia de Vela (1956)

Desde 1956 formé parte de la Junta de Gobierno que presidía Vela, porque era necesario, según me dijo, rejuvenecer el equipo directivo de la Asociación y aprovechar el conocimiento que él tenía sobre mi actividad como Ingeniero del ICAI en ciertos Departamentos de la Presidencia del Gobierno.

Volviendo a la negativa de que los ingenieros del ICAI pudiéramos estudiar en la EOI, fue decisiva la intervención del Nuncio de Su Santidad, quién en función del Concordato entre la Iglesia y el Estado, consiguió que los ingenieros del ICAI pudiéramos cursar allí nuestros estudios, tal y como lo hicimos en la primera promoción Campos Fariña, Villanueva y yo como benjamín.

Ley de Enseñanzas Técnicas de 1957

Tal y como se nos indicó en su momento, apareció la Ley de Enseñanzas Técnicas en 1957, que coincidió con el inicio de la presidencia de Eugenio Bru (1957, 1958 y 1959). Presentaba grandes novedades. Destaco, a continuación, el hecho de que a las antiguas titulaciones de Perito Industrial, de Ayudante de Obras Públicas, de Perito Agrícola, etc., se implantaron las titulaciones de Ingeniero Técnico Industrial, Ingeniero Técnico de Obras Públicas, Ingeniero Técnico Agrícola, etc.

Por el contrario, aparecían las titulaciones de Ingeniero Superior de Caminos, Ingeniero Superior Industrial, Ingeniero Superior Agrónomo, etc. La sorpresa fue que los ingenieros del ICAI éramos clasificados como Ingenieros Técnicos. Esto llevó a reuniones y discusiones de Bru con el Ministerio de Educación, ya que según el famoso Decreto de 1950 los únicos ingenieros que existían eran los ahora denominados Ingenieros Superiores, luego nuestra homologación debía ser como Ingeniero Superior. Bru lucho sin desmayo hasta conseguirlo, acompañándole yo, a petición suya (con nuestras tarjetas de visita) en algunas de sus reuniones. Afortunadamente aquellas gestiones no quedaron baldías y los ingenieros del ICAI fuimos clasificados a todos los efectos como Ingenieros Superiores.

Por otra parte, en 1958 apareció una Orden Ministerial por la que se desarrollaba la forma para obtener el título oficial de Ingeniero del ICAI.

Se trataba de llevar a cabo una reválida como la que sí conocían en los centros de enseñanza no gestionados por el Estado cuando se terminaban los estudios de la segunda enseñanza y había que trasladarse a una ciudad donde hubiera universidad para pasar un examen que permitiera obtener el grado de bachiller.

Esta Resolución estipulaba dos formas distintas según se hubiera estudiado la carrera antes o después de la Ley de 1957.

En este último caso, la reválida se llevaría a cabo ante un tribunal formado por dos catedráticos pertenecientes a alguna de las Escuelas Técnicas Superiores de Ingeniería y por un profesor de la Escuela del ICAI, sobre un programa previamente conocido por el alumno. Tras superar la prueba el candidato recibía el Título Oficial de Ingeniero del ICAI. Siendo de destacar la brillantez de estos exámenes a juzgar por la opinión de los miembros del tribunal.

En caso de haber cursado los estudios antes de la citada Ley, se suponía que el candidato tenía ya experiencia profesional. En ese caso, tenía que enviar el título de un proyecto con su contenido al tribunal, que estaba compuesto de forma análoga al caso anterior, con objeto de que este último validara el tema propuesto. En caso de que el proyecto fuese validado, el candidato tenía que defenderlo ante el tribunal en la fecha que se le fijara y posteriormente recibía el Título Oficial de Ingeniero del ICAI.

Quienes pasaron la reválida por ser posteriores a la Ley del 57, veían con satisfacción la fórmula alcanzada ya que les daba, además, la posibilidad de trabajar en la Administración Pública. Sin embargo, el resto no tenía la necesidad de ver validado su título puesto que nunca tuvieron problema para obtener un puesto de trabajo.

Las conclusiones de las asambleas generales terminaban siempre con una aprobación por mayoría en favor de lo legislado en la citada Orden Ministerial.

En mi opinión, la labor de Bru resultó esencial ya que, aprovechando el buen hacer tradicional de los ingenieros del ICAI y su interpretación de nuestra categoría de Ingenieros Superiores con sus reválidas correspondientes, dejaron la puerta abierta para conseguir otros objetivos.

El bienio 1960 – 1961

Bajo la presidencia de Andrés Lara se produjo, por parte del Colegio de Ingenieros Industriales, un acercamiento con nuestra Asociación que se tradujo en que el Colegio invitó a ambas Juntas de Gobierno a un almuerzo donde nos presentaron la posibilidad de pertenecer a la Mutualidad de Ingenieros Industriales, con unas condiciones que sometieron a nuestra consideración.

Apenas dos semanas después correspondimos con otro almuerzo de las dos Juntas de Gobierno, aceptada nuestra participación en su Mutualidad. Lamentablemente, años después, se vio el fallo de los cálculos actuariales que llevaron a la liquidación de la Mutualidad, lo que supuso quienes participamos recibiéramos un importe bien inferior a las cantidades con que habíamos cotizado.

En la boda de Andrés, que tuvo lugar en la iglesia del Espíritu Santo, y concretamente en el cóctel posterior, se acercó a mí un grupo de “las fuerzas vivas” de la Asociación para indicarme que por unanimidad de grandes grupos de ICAIs, tenía yo que ser el president

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Marta Reina