La estrella de Chefornak - Doctor Brown - Un blog de Alfonso Niño

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Cody leyó en un artículo que los bodegueros cuentan su edad por vendimias y no por años. Siguiendo la corriente, él lo haría por navidades. Vio el reportaje en internet, ojeando piezas sobre viñedos de la soleada y distante California. Le llamaba la atención porque en el norte de Alaska no se da este cultivo. Están más habituados a lo que pueden obtener de una temperatura media de veinte grados bajo cero que no deja demasiadas opciones.

Cody vive en Chefornak, una minúscula localidad con apenas cuatrocientos noventa y ocho moradores. Tiene una iglesia bonita, aunque no muy grande. La biblioteca tampoco se parece a la Nacional, que una vez visitó, más que en su custodia de una cantidad reseñable de libros. Desde pequeño tomó por costumbre asomar por allí y empaparse de todo aquello que no tenía cerca. Aunque podía haberlo hecho de manera digital, su abuela, Mary, que recelaba de lo que cualquiera pudiera subir a la red, le insistió para que aprendiese lo posible y su vida no se limitase a un diminuto pueblo apartado del bullicio y las posibilidades que podría aprovechar un joven inteligente. Pero los designios del destino suelen estar poco definidos y Cody amaba su entorno. Y, sobre todo, admiraba a su abuela con vehemencia. Pasó toda su infancia con ella. Su padre y sus tíos se dedicaban a la pesca y lo corriente era que alternasen largas temporadas en el barco seguidas de escasos días regados en alcohol en tierra firme. La abuela Augustine, como era conocida por sus vecinos, estaba al frente del Noah Salmon Bake. La rutina del restaurante comenzaba a primera hora de la mañana y terminaba bien entrada la oscuridad, cuando conciudadanos y turistas llegados hasta allí para visitar el glaciar se refugiaban en el calor de sus casas o la única posada con cama existente en cincuenta kilómetros. Cody vivía entre fogones, leña y los recados de la abuela. Cuando tuvo edad suficiente para sostener una bandeja entendió que la ayuda, aunque fuera insignificante, formaba parte del orden y concierto de su familia. Su madre huyó poco después del parto, cosa que debió contribuir a que su padre prefiriese la zozobra de cubierta a la serenidad de la tierra firme. Y cuando no le quedaba otro remedio, provocaba el desequilibrio con bebida a raudales. Así, era Mary Augustine la que se ocupaba del cuidado de su nieto y de que la cantina siguiera siendo rentable.

Cody ponía de su parte recogiendo desperdicios, pero sólo si había acabado las tareas de la escuela comarcal podía acceder a la cocina. La abuela anotaba, servía, tomaba el punto de intensidad del fuego con el rabillo del ojo y azuzaba al chiquillo para que no se despistara en el cálculo. Después, al cerrar, lo subía a un taburete y empezaba a instruirle sobre cómo hacer salmón en horno y brasa. También le enseño a ligar la fina película de especias que debía acompañarlo en función de la utilización de una u otra técnica. Lo que parecía un procedimiento sin enjundia y para el que la pericia no era imprescindible, mutaba en un crisol de olores y jugos que contaminaban para bien la estancia. A la abuela Augustine no se le conocía una ocasión en la que sus platos estuvieran secos, y daba igual la materia prima. Ella decía que su padre, el Noah original, le transmitió que se puede hablar y cocinar a la vez si eres capaz de prestar atención a ambas cosas. «En caso contrario, limítate a una y hazla bien». Lo mismo podía aplicarse al pan de maíz, la patata asada o el pastel de marisco. Barato no era igual a tosco, y el Noah Salmón Bake tenía, sustentada por ese mimo, una fama de exquisitez que llegaba incluso hasta Fairbanks.

De niño, cuando Forest Begay se metía con Cody recriminándole que su madre nunca apareciera, la abuela lo reconfortaba explicándole que, aunque se hubiera ido, cada Navidad volvería en forma de estrella, una que debía buscar en el cielo y brillaba más que las demás. Esto lo mezclaba con otras historias de tintes religiosos que a Cody no le importaban lo más mínimo, pero aquel relato quedó grabado en su carácter. Desde entonces, y va para treinta años, cada mañana de Navidad se aposta en el porche del restaurante desafiando la escarcha y mira a las nubes por si ese brillo le diera algo de paz y le hiciera creer, por un instante, que su madre se acuerda de él.

El aforo de la iglesia de Chefornak parece hoy menor del habitual. Será por la afluencia, escandalosa para tan reducida población. Cody contaba su vida por navidades porque nació a finales de diciembre. Desde ahora, seguirá con la cuenta pero con un sabor mucho más agrio, porque la abuela Augustine dejó el Noah Salmón Bake para siempre ayer. Es verdad que su enfermedad la había retirado a las habitaciones del piso superior un lustro atrás, pero de cuando en cuando bajaba la escalera para echar un vistazo y asegurarse de que su nieto tenía sus sentidos en la lumbre y los clientes. Cody piensa que es injusto que alguien muera en Navidad, pero, con tantas cosas poco equitativas en este mundo, quejarse sería absurdo. Y ahora atiende a la gente que le ofrece sus ánimos. Solo. Ni su padre ni sus tíos se encuentran presentes. Había que salir a faenar, y eso va antes que otros cometidos.

Chefornak se acuesta esta Nochebuena siendo uno menos. Tan triste como demográficamente catastrófico. Cody no puede dormir, así que prepara una taza de café con un chorrito de licor casero y se abriga antes de salir al porche. El primer trago le da el calor que necesita y se acomoda en el banco. Buscando el segundo, atisba un fulgor de refilón, en el cielo. Parece una estrella que brilla entre la nubes. Podía habérsela perdido, pero es lo que tiene estar entrenado para hacer dos cosas a la vez.

Relato participante en el concurso #cuentosdeNavidad de Zenda e Iberdrola.

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