Con más de una década consolidado como una de las voces más sólidas del thriller español, Mikel Santiago regresa con La chica del lago, una novela de misterio, emoción y recuerdos de adolescencia que nos transporta a un paraje donde los elementos parecen tener vida propia. En esta entrevista, Mikel nos habla de su novela, de cómo la ambientación moldea la trama, del papel de la música y del silencio en su proceso creativo desde una mirada cercana, espontánea y sincera.
Bilbao, Madrid, Urkizu… Su novela transcurre en distintos escenarios. ¿De qué manera influye el ambiente en la narrativa de la historia?
Es muy importante. La ambientación nos da muchas cosas. De entrada, nos da un mundo, un universo de acontecimientos posibles. Es diferente una historia que se desarrolla en Manhattan a otra que se desarrolla en un pueblito del interior de Álava. El ambiente es un personaje técnico. Yo muchas veces los veo como dioses animistas. Por ejemplo, en esta novela, el viento provoca un ruido que hace que Quintana vaya a una habitación; la lluvia hace que quiera refugiarse en determinado momento; el frío… las cosas producen otras en la trama. Y, además, hay una simbología narrativa: un pantano, una laguna muy profunda que guarda secretos, da cierta tonalidad al ambiente. Es importante y lo cuido mucho. Podríamos decir que es casi otro personaje propio del libro. Otro pequeño coro de personajes en sí mismos: el viento, la lluvia, la bruma… todos participan.
Al igual que el ambiente, la fecha en la que ocurre la desaparición de Alba es muy concreta: San Juan de 1999. ¿Por qué eligió este contexto temporal y cultural para comenzar la historia?
Para mí, las noches de San Juan tienen un significado especial desde adolescente. Quería escribir una historia que en parte fuese sobre adolescentes, y todo lo que ocurre en 1999 me parecía simbólico. Alba Fernández, la chica que muere esa noche, ha pasado el curso en Urquizu, le han pasado muchas cosas, y la noche de San Juan es como el final del año escolar, el principio del verano, donde a menudo nos despedimos. Me parecía un lugar climático para que pasase lo que pasa en la novela: que ella muere y su diario, donde ha escrito todo lo que le ha sucedido durante el curso, desaparece.
Sus lectores disfrutan mucho desentrañando poco a poco los secretos en sus thrillers. ¿Cómo planificó el suspense y las revelaciones en La chica del lago?
En realidad, la idea de las novelas es que haya dos grandes motores que obliguen a leer y a saber más. Uno es la situación personal del personaje. En este caso, Quintana es una escritora bestseller que desde el principio la vemos en un escenario lleno de gente presentando su novela, pero sentimos que no está cómoda; se siente impostora. Luego descubrimos que su padre ha muerto y tiene problemas para sobrellevar el duelo; Hay problemas con los que conectamos rápido y queremos saber cómo se resuelven. Ese es uno de los grandes combustibles del libro.
El otro motor es la trama de misterio: la desaparición del diario de Alba, varias muertes… Es un juego de preguntas y respuestas. Se trata de lanzar preguntas todo el rato y responder algunas, pero no todas. Siempre tener más preguntas sin responder que respuestas: eso hace que el lector siga adelante y quiera esclarecer todo el libro, tanto lo que le pasa al personaje como a la trama.
Varios autores de thriller dicen que los finales se deciden durante la escritura. ¿Es su caso o ya sabe cómo terminará la historia antes de empezar?
Cuando empiezo, tengo una idea vaga del final: la justicia, quién muere, quién sobrevive… Pero la novela debe fluir como un juego. Planteas el tablero, los muñequitos y empiezas a jugar; pasan cosas que no siempre iban por el camino que imaginabas. La verdad de las novelas es que transcurran de manera libre. Quiero llegar al final, sí, pero con capacidad de improvisar. Que sea espontáneo y natural.
Sus libros siempre mantienen un ritmo ágil, casi cinematográfico. ¿Veremos una adaptación a pantalla de La chica del lago?
Ojalá. Me consta que ya tenemos alguna productora leyéndola. Yo la visualizo como una miniserie de seis capítulos, con dos tiempos: el mundo adolescente de 1999 y el mundo adulto. Me puedo imaginar hasta el elenco, aunque Quintana sería un reto de casting por el que lucharía mucho; me costaría estar convencido de buenas a primeras.
La música siempre está presente en su obra, directa o indirectamente. ¿Escuchó alguna banda sonora en concreto mientras escribía esta novela?
Yo escribo en silencio. Me pongo unos cascos de obra ridículos, porque me gusta mucho el silencio, estar muy concentrado. Pero hay momentos en que sí uso música: paseando, cocinando… En esta novela, por ejemplo, hay un cuadro, La isla de los muertos, con música de Rachmaninov que me evocaba lago, pantano, árboles, oscuridad… También me gusta el rock y la lírica de algunas canciones. Al final del libro hay un QR con una playlist relacionada con la novela, con canciones de Petty, Last Dance with Mary Jane, que me inspiraron para ciertos personajes. Yo creo que la música es bastante importante.
Después de casi una década de éxito, ¿cómo mantiene la creatividad y evita que se “sequen las ideas”?
Hay épocas de marea alta y de marea baja en el mundo creativo. A veces la nevera está medio vacía y tienes que cocinar con lo que hay. Yo creo que ahí está el gran secreto: los escritores tenemos que ser capaces de cocinar con la nevera medio vacía y con la nevera llena, de hacerlo igual con cartas o sin ellas.
¿Siente que ha cambiado su escritura desde sus primeros libros hasta ahora?
Sigo siendo el mismo. Me motiva la misma energía al enfrentar un libro; me emociono con una escena o un personaje y me lanzo a la piscina. Lo que sí cambia es la autoexigencia, la presión de tener más lectores, más repercusión… Dominarte psicológicamente es algo que todavía aprendo después de diez años, pero en esencia sigo siendo el mismo chaval.
En la novela también aborda la repercusión mediática y el éxito. ¿Cuánto de su experiencia personal hay en Quintana?
Bastante. Sí que es cierto que a ella le pasa algo diferente que a mí: no se siente escritora de ficción, sino más de narrativa realista o biográfica. Pero sí compartimos la presión, la autoexigencia y el público. Escribir sobre eso le ha dado mucho, y a mí también me sirvió como desahogo.
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