El dilema de la sostenibilidad: el coste de las marcas responsables

Compatibilité
Sauvegarder(0)
partager

Hace unos días, mientras escuchaba la presentación del Impact Monitor 2025 de SEC Newgate, me asaltó una reflexión: resulta fascinante la capacidad que tenemos para usar siglas que suenan a departamento de inteligencia avanzada, cuando en realidad solo estamos tratando de explicar que una empresa debería ser, básicamente, una buena vecina. Me refiero a ESG (Environmental, Social, and Governance; en español, ASG: Ambiental, Social y de Gobernanza), ese concepto que el 63% de los españoles confiesa no conocer en absoluto.

El término ESG se ha popularizado desde 2004, cuando se publicó el informe ‘Who Cares Wins’, una iniciativa conjunta de instituciones financieras liderada por el entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, para encontrar formas de integrar los factores ambientales, sociales y de gobernanza en el mercado de capitales. Y desde entonces, mientras agencias de comunicación, empresas y entidades nos esforzamos ajustando el tono de un reporte de sostenibilidad, seis de cada diez personas en la calle piensan que les estamos hablando en código Morse o, peor aún, que simplemente estamos rellenando espacio.

Una aprende rápido que la distancia más larga del mundo no es la que separa Madrid de Nueva York, sino la que hay entre un comité de dirección y el carrito de la compra de un supermercado de barrio. Solo un 13% de los ciudadanos afirma entender realmente qué significan estas siglas. Como bien apuntó Ana Gascón, directora de recursos Humanos, ASG, y Shareholders Office de PremiumFiber en la presentación del informe: «Se está viendo, pero no está llegando». Las empresas están poniendo presupuestos ingentes sobre la mesa para transformarse, pero esa inversión parece evaporarse antes de cruzar la puerta de la oficina.

El Ártico está muy lejos, mi código postal no: hay una tendencia que me hace sonreír por su aplastante lógica: la relocalización. Hemos pasado décadas adorando la globalización como si fuera una deidad infalible, para terminar dándonos cuenta de que el impacto ya no se mide en clave global, sino local. El informe lo deja claro: «Local is the new Global» (lo local es lo nuevo global). Para que yo me crea que tu marca va a salvar los glaciares, primero tengo que ver qué estás haciendo por el parque de mi calle.

El 72% de los españoles prefiere que las empresas fabriquen aquí, en casa, aunque eso implique que la factura final suba. Queremos que se contrate aquí (68% de apoyo) y que se compren materias primas a proveedores nacionales (67%). Es una especie de activismo de proximidad. Beatriz Herrera, Corporate Communication Strategy, Reputation & Sustainability Director de Mahou San Miguel, lo resumió con una frase que debería estar en el protector de pantalla de cualquier director de marketing: «Bájame y dime esto cómo impacta en mi día a día». Si la sostenibilidad no se puede tocar, o al menos ver en el barrio, para muchos simplemente no existe.

La cartera: ese lugar donde el activismo se toma un descanso. Aquí llega nuestra gran contradicción, esa que nos hace humanos y un poco incoherentes. Nos encanta la idea de la empresa ética hasta que miramos la cuenta corriente. El 51% de los españoles cree que los aranceles deberían reducirse para fomentar la competencia y la bajada de precios. Queremos que la producción sea nacional, pero también queremos que el aguacate y el móvil sigan costando lo mismo que cuando venían del otro lado del mundo.

Es lo que Beatriz Herrera llama la corresponsabilidad. No podemos pedirle a una empresa que sea una ONG mientras nosotros, como consumidores, solo buscamos el precio más bajo. Con una inflación que ha encarecido la cesta de la compra un 35%, el activismo se ha convertido, para muchos, en un artículo de lujo que no pueden pagar. De hecho, el 56% de la población considera que las empresas deberían priorizar subir los salarios antes que reducir las emisiones de carbono. Al final, resulta que la primera capa de la sostenibilidad es llegar a fin de mes.

La burocracia del ‘excelente’ y el virus de la desconfianza

Existe una mirada crítica, casi mordaz, hacia cómo se gestiona esto desde dentro. A veces parece que nos importa más el examen que la asignatura. Ana Gascón hablaba de la diferencia entre el estudiante que solo busca el 5 para aprobar y el que realmente quiere aprender. Se ha burocratizado tanto la función de sostenibilidad que corremos el riesgo de pasar más tiempo rellenando tablas de indicadores que transformando el modelo de negocio.

Y el ciudadano lo nota. La desconfianza es el mood (estado de ánimo) generalizado: sólo el 29% de las personas cree que las grandes empresas son transparentes. Es la nota más baja de todo el informe. Si no somos abiertos, si no comunicamos con naturalidad, la gente asume que estamos ocultando algo bajo una montaña de términos técnicos. Como dice Ana, «un gato es un gato»; podemos llamarlo ESG, impacto o transformación, pero si debajo no hay coherencia, el consumidor simplemente desconecta.

Lo que nos quita el sueño (y no es un PDF de 40 páginas)

A veces, en la burbuja del mundo empresarial, olvidamos cuáles son las prioridades reales de la gente. El informe es un baño de realidad: sanidad de calidad y accesible (65% de importancia máxima), vivienda asequible (62%) y educación (62%). Esos son los pilares sobre los que el 78% de los españoles construye su exigencia: quieren empresas que actúen en beneficio de todos, no solo de los accionistas.

Nos importa la diversidad. El 72% apoya con fuerza acabar con la brecha salarial de género. Nos importa el planeta, por supuesto: el 74% cree vital actuar contra el cambio climático. Pero todo esto tiene que estar conectado con la vida real. No necesitamos más pedagogía de salón, sino marcas que entiendan que su supervivencia depende de ser relevantes para sus vecinos, no solo para sus inversores.

Después de bucear en estos datos, mi conclusión es que la sostenibilidad tiene que ser, ante todo, asequible y comprensible. Ser activista comprando con conciencia está muy bien, pero el Impact Monitor nos recuerda que, en el contexto actual, es un privilegio que no todos pueden ejercer.

Si las empresas quieren que los jóvenes (y los no tan jóvenes) volvamos a confiar en ellas, el camino no es inventar otra sigla en inglés. El camino es demostrar impacto en lo pequeño, en lo diario, en lo que Beatriz Herrera define como la «fundamental simplicidad de los hechos». Menos retórica global y más compromiso local. Porque, al final del día, si tu empresa no mejora mi barrio, difícilmente voy a creerme que vas a mejorar el mundo.

Coordonnées
Alba de Arquer