El anuncio de la posible implantación en Navarra de la empresa china de baterías Hithium, presentado por el Gobierno foral, es una de las grandes noticias industriales de los últimos años. Y no es para menos. La compañía plantea una inversión inicial cercana a los 400 millones de euros y la creación de unos 750 empleos directos en una primera fase, a los que podrían sumarse alrededor de 300 más posteriormente. El objetivo es que la gigafactoría esté operativa en 2027 y se baraja como ubicación la antigua planta de BSH. La magnitud del proyecto, articulado a través de una joint venture con Sodena, explica el entusiasmo institucional: en un momento en el que Navarra afronta el cierre de instalaciones industriales relevantes y la incertidumbre del sector del automóvil, cualquier nueva inversión de gran escala adquiere una dimensión estratégica. Pero no sólo eso.
Desde el punto de vista económico, la llegada de una empresa de este tipo presenta oportunidades evidentes. La primera es la creación de empleo industrial. Incluso tomando con prudencia las cifras anunciadas, una planta de este tamaño puede generar no solo cientos de empleos directos, sino también un volumen relevante de empleo indirecto en proveedores, logística, mantenimiento o servicios asociados. Navarra cuenta con una larga tradición industrial y con un tejido de pymes proveedoras que suele beneficiarse de este tipo de implantaciones.
Una segunda es el refuerzo del posicionamiento de Navarra en sectores tecnológicos vinculados a la transición energética. La empresa fabrica sistemas de almacenamiento energético mediante baterías, componente clave para el desarrollo e integración de energías renovables. En un sistema eléctrico cada vez más basado en generación intermitente -solar y eólica-, el almacenamiento es uno de los grandes retos tecnológicos y económicos del sistema energético global. Que Navarra pueda albergar una planta vinculada a esta cadena de valor encaja con la trayectoria de la comunidad en renovables y puede reforzar su especialización en tecnologías energéticas avanzadas.
El proyecto también puede contribuir a diversificar la estructura industrial navarra. Durante décadas el peso del sector de automoción ha sido uno de los pilares de la economía foral. Ese liderazgo ha generado empleo y riqueza, pero también una elevada dependencia sectorial. El desarrollo de nuevas actividades industriales vinculadas a la energía, el almacenamiento o la electrificación, puede ayudar a equilibrar esa estructura productiva y reducir riesgos futuros.
Además, la presencia de un gran fabricante internacional podría actuar como polo de atracción para otras empresas del sector. En economía regional existe un fenómeno bien conocido: las inversiones tractoras generan ecosistemas. Cuando una multinacional se instala, proveedores especializados, empresas tecnológicas o centros de investigación tienden a ubicarse cerca para aprovechar sinergias. Si el proyecto se consolida, Navarra podría aspirar a consolidar un pequeño clúster vinculado al almacenamiento energético, un segmento con fuerte crecimiento global.
Junto a estos elementos positivos conviene introducir algunas cautelas. La primera es que, por ahora, se trata de un acuerdo de intenciones pendiente de formalización. Las autoridades han reconocido que aún quedan trámites administrativos y la constitución de la empresa conjunta que gestionaría el proyecto. Por tanto, el anuncio debe interpretarse con prudencia hasta que el proyecto esté plenamente comprometido (en su día la compañía iba a instalarse en el País Vasco pero luego se echó atrás). Otra incógnita relevante se refiere a la calidad y características del empleo que se genere. Las cifras globales pueden resultar atractivas, pero el impacto real dependerá del tipo de puestos que se creen: perfiles altamente cualificados, técnicos intermedios o empleo de menor cualificación. En este sentido, sería positivo prever que se configuren equipos mixtos que combinen de manera proporcionada de personal desplazado por la empresa y autóctono. También será relevante conocer el peso de proveedores locales frente a proveedores externos y hasta qué punto la cadena de valor se integrará en el tejido empresarial navarro.
Un elemento fundamental para que el proyecto impacte positivamente en la región será la transferencia de conocimiento al ecosistema industrial local. Es aquí donde sería preferible que existieran alianzas con socios navarros: en nuestra tierra contamos con muchos capaces de absorber y difundir conocimiento en el tejido productivo. De lograrlo, se multiplicaría el efecto tractor de Hithium para que su inversión no se limite a la instalación de una planta, sino que contribuya realmente a reforzar las capacidades tecnológicas e industriales locales y nacionales.
Un último aspecto a considerar es el papel de las ayudas públicas. Parte del atractivo de Navarra para este tipo de proyectos reside en los incentivos que permite la normativa europea para determinadas regiones, lo que facilita que inversiones de gran tamaño reciban apoyo público significativo. Las políticas de captación de inversiones suelen incluir incentivos de este tipo, pero siempre surge la pregunta sobre su rentabilidad real: cuánto empleo estable generan, qué retorno fiscal aportan y qué ocurriría si esos incentivos no existieran.
Así que la posible implantación de Hithium en Navarra representa una oportunidad importante, pero también un proyecto que exige análisis y seguimiento. Entidades como Institución Futuro tenemos la responsabilidad de aportar visión, criterio y análisis crítico objetivo cuando las cosas no funcionan o cuando se hacen bien, como es el caso. Exigir cuando es necesario y reconocer cuando corresponde forma parte de una cultura institucional madura. Así pues, enhorabuena y a por los próximos pasos.