La captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos (EEUU) supone un duro revés político para Rusia, aunque con un efecto económico limitado. Venezuela era uno de los últimos aliados firmes de Moscú en el hemisferio occidental y su pérdida tiene sobre todo un valor simbólico y geopolítico, más que financiero.
La pérdida es fundamentalmente (geo)política. Por tercera vez en dos años, Moscú demuestra su incapacidad para proteger a un aliado clave y pierde influencia en una región estratégica.
Desde mediados de los años 2000, Rusia cultivó la relación con Venezuela primero como socio económico y después como activo estratégico frente a Washington, junto con Cuba y Nicaragua, sus aliados históricos desde la Guerra Fría. Venezuela era un “portaaviones insumergible” frente a las costas estadounidenses. Igual que en 2014 –después de la anexión de Crimea por Rusia y el comienzo de la ruptura de la cooperación entre la Unión Europea (UE), EEUU y Rusia–, entre los años 2022 y 2025 las visitas oficiales entre Rusia y Venezuela aumentaron, así como acuerdos de cooperación y declaraciones grandilocuentes. En el verano de 2022, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, hoy presidenta encargada, fue una de las pocas dirigentes extranjeras presentes en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo. En 2025, Maduro participó en las celebraciones del Día de la Victoria en Moscú, describiendo a Rusia como “una potencia clave para la humanidad”. En esta ocasión, Maduro y Vladímir Putin firmaron un acuerdo de asociación con una vigencia de 10 años, que Caracas presentó como una prueba de que Venezuela era el principal socio ruso en la región.
Desde 2014, en apariencia, la cooperación bilateral entre Rusia y Venezuela floreció. Se firmaron más de 350 acuerdos que abarcaban defensa y seguridad, inteligencia y aviación, energía nuclear y la fabricación de automóviles, e incluso la integración de sistemas financieros. Un banco de propiedad conjunta, Evrofinance Monsnarbank, abrió en Caracas y en 2024 ambos países anunciaron que Venezuela comenzaría a aceptar tarjetas emitidas por el sistema de pagos ruso Mir. Pese a ello, la cooperación económica se redujo prácticamente a exportaciones marginales (como aguacates) y, sobre todo, a ventas de armamento ruso financiadas con créditos rusos. Entre 2004 y 2018, Rusia prestó unos 34.000 millones de dólares a Venezuela, en gran parte para la compra y mantenimiento de armas. Venezuela fue el mayor importador latinoamericano de armamento ruso en ese periodo. Sin embargo, ni siquiera ese apoyo militar evitó la caída de Maduro.
La empresa Rosneft fue el principal actor ruso en el sector petrolero venezolano y un apoyo clave para esquivar sanciones estadounidenses. Pero las sanciones, primero a Caracas y luego a Moscú, hicieron inviable el modelo. En 2020 Rosneft abandonó oficialmente Venezuela y transfirió sus activos a Roszarubezhneft, una entidad estatal rusa creada ad hoc. En 2022, sus cinco empresas conjuntas producían 125.000 barriles diarios, muy por debajo de lo previsto inicialmente. Teniendo en cuenta que, en 2014, sólo los dos mayores proyectos de Rosneft debían producir 450.000 barriles diarios, las pérdidas de Rosneft en Venezuela se estiman entre 6.000 y 9.000 millones de dólares.
Económicamente Rusia pierde poco con el cambio de régimen en Caracas: los préstamos eran difícilmente recuperables, las ventas de armas están paralizadas y los proyectos petroleros ya no eran rentables. La pérdida es fundamentalmente (geo)política. Por tercera vez en dos años, Moscú demuestra su incapacidad para proteger a un aliado clave y pierde influencia en una región estratégica: primero en Oriente Medio con el régimen sirio de Bashar al-Assad y luego en Armenia en el Cáucaso sur. Y ahora en América Latina.
Además, la captura de Maduro ha sido sólo el primer golpe. El segundo llegó con la incautación por parte de EEUU de los petroleros Marinera y Olina que navegaban bajo bandera rusa y formaban parte de la llamada “flota fantasma” utilizada para exportar petróleo sancionado. La persecución estadounidense de otros cuatro buques inaugura el aumento del riesgo y eleva los costes de transporte y los seguros, reduciendo los ingresos del Estado ruso y de sus grandes petroleras.
Rusia comienza el año en una posición debilitada: ha perdido un aliado político clave, su sistema de exportación de petróleo se enfrenta a mayores riesgos y descuentos, y la UE y Ucrania han presentado un plan de paz y de mantenimiento de la misma en Ucrania que no es aceptable para Moscú. Por ahora, la respuesta de Rusia a estos reveses ha sido el lanzamiento del misil Oreshnik cerca de la frontera de la UE (en la región de Leópolis). El Kremlin ha promocionado el Oreshnik como un arma «de última generación», que viaja a velocidades hipersónicas, puede transportar ojivas nucleares y alcanzar objetivos en toda Europa sin ser interceptado. Moscú justificó el ataque alegando que era una respuesta a un intento de ataque con drones ucranianos contra una residencia de Vladímir Putin en diciembre, una versión que Ucrania niega.
No se trata sólo de un acto militar. Es una señal deliberada del Kremlin a la UE, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y EEUU de que Rusia está disconforme con los recientes acontecimientos internacionales y que, a pesar de la gradual pérdida de influencia, sigue siendo capaz de proyectar poder. El uso del misil cerca de la frontera con la UE es un intento de amenazar indirectamente a los países europeos y a EEUU, recordándoles su vulnerabilidad ante nuevas tecnologías bélicas rusas y sugiriendo que Occidente debe moderar su apoyo a Ucrania. El objetivo real es más psicológico que destructivo: elOreshnik fue usado para demostrar capacidad y enviar un mensaje, más que para causar un daño militar significativo.
Para Rusia, el efecto acumulado de los reveses no implica un colapso inmediato, pero erosiona de forma progresiva la capacidad financiera, energética y diplomática del Kremlin, aumentando la presión estructural sobre su economía y su proyección internacional. Es reflejo, igualmente, de que Rusia todavía tiene espacio para escalar en el conflicto de Ucrania.