Empleabilidad directiva en la era de la IA: adaptarse o quedarse atrás - Asociación Española de Directivos

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La inteligencia artificial está redefiniendo algunas claves de la función directiva. En los encuentros celebrados en Madrid y Barcelona, con la participación de Aleix Valls, CEO de WeArtificial y director académico de Factor “IA”, junto a Alberto Terrón, Socio de Iberia en Seeliger&Conde – Kingsley Gate, y Belén Serra, fundadora y executive partner de Blue Hat, se abordó el reto de la empleabilidad directiva en la era de la IA desde una doble perspectiva: la evolución del mercado del talento y el impacto real de la tecnología en la actuación directiva.

El punto de partida es claro: aunque el cambio aún no se refleja de forma clara en los procesos de selección de la alta dirección, sí existe una transición en marcha. Hoy hablamos todavía de ajustes en los criterios, pero con una previsión de cambio mucho más profundo en un horizonte cercano. Existe, además, una brecha evidente entre el discurso sobre la inteligencia artificial y su adopción real en las organizaciones, lo que abre una ventana de oportunidad temporal —limitada— para aquellos directivos que decidan anticiparse.

En este contexto, la empleabilidad deja de depender principalmente de la experiencia acumulada y pasa a enriquecerse también con la capacidad de adaptación. Los perfiles que ganan relevancia no son necesariamente los más expertos, sino los que muestran mayor criterio, pensamiento crítico y capacidad de aprendizaje continuo. La función directiva se desplaza así desde la repetición de modelos del pasado hacia la reinterpretación constante del presente.

Uno de los cambios más relevantes es cómo la inteligencia artificial impacta en la toma de decisiones. No sustituye el juicio del directivo, pero sí transforma radicalmente el proceso previo. El análisis, que hasta ahora tenía un coste elevado, pasa a tener un coste marginal bajo. Esto eleva el nivel de exigencia: decisiones más informadas, más contrastadas y, por tanto, más expuestas. El diferencial ya no está en decidir, sino en cómo se construye esa decisión.

Sin embargo, el principal reto no es tecnológico, sino de liderazgo. La adopción de la IA no ocurre de forma natural ni automática. Requiere tiempo, intensidad y, sobre todo, implicación directa del equipo directivo. Delegar esta transformación o limitarla a iniciativas aisladas (formación puntual, licencias, pilotos) es uno de los errores más frecuentes. La realidad es que la mayoría de organizaciones aún no ha interiorizado el nivel de cambio que implica esta tecnología.

En paralelo, el mercado del talento empieza a enviar señales, aunque todavía de forma incipiente. La capacidad de entender y aplicar la inteligencia artificial aún no es un requisito excluyente, pero sí un factor diferencial creciente. Más relevante incluso: se apunta a que el propio talento empezará a elegir empresas en función de su nivel de madurez en este ámbito. Esto introduce un nuevo criterio competitivo que afecta no solo a la empleabilidad individual, sino también a la capacidad de atracción de las organizaciones.

A medida que la IA se incorpora al día a día, también evoluciona el rol del directivo. El peso de la ejecución disminuye, mientras que gana protagonismo la capacidad de interpretar, validar y dar dirección. El directivo deja de ser un “hacedor” para convertirse en un “editor estratégico”: alguien que cuestiona, prioriza y toma decisiones con criterio en un entorno de abundancia de información.

Por último, emerge una idea clave desde el punto de vista competitivo. La diferencia no vendrá tanto por quién adopte la tecnología, sino por quién lo haga antes y mejor. En un contexto donde la IA permite acelerar procesos, reducir tiempos y replantear modelos de negocio, la velocidad de adopción se convierte en una ventaja difícilmente recuperable. El enfoque de “esperar y seguir” puede ser insuficiente en este entorno.

En definitiva, la empleabilidad directiva entra en una nueva fase. Más exigente, más dinámica y profundamente ligada a la capacidad de evolucionar en paralelo al contexto tecnológico. El reto no es aprender herramientas, sino redefinir la propia función directiva.

Porque, en última instancia, el riesgo no es la inteligencia artificial. El riesgo es quedarse fuera de la ecuación.

Recapiti
Raúl Lozano