La araucaria, un puente vivo entre naturaleza y cultura

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Los bosques de esta conífera relicta son únicos y están catalogados en peligro de extinción a nivel mundial. Su valor no solo es botánico o ecológico, sino también cultural. Nos remite a las expediciones científicas del siglo XVIII, cuando la corona española deseaba conocer las plantas de los virreinatos de América.
Una de las expediciones más relevantes fue la realizada a las costas meridionales del virreinato de Perú y el reino de Chile (1777-1788), llevada a cabo por los botánicos españoles Hipólito Ruiz y José Pavón, y el médico y botánico francés Joseph Dombey. Como dibujantes fueron elegidos José Brunete, un discípulo de Antonio Rafael Mengs, e Isidro Gálvez. Durante la expedición recolectaron 3.000 especies vegetales, hicieron 2.500 dibujos botánicos y ejecutaron numerosos envíos de semillas y plantas. 
Aunque el ansiado proyecto de publicar los doce tomos que habrían de constituir la Flora de Perú y Chile no pudo ser culminado, esta expedición fue la única de las grandes empresas científicas de la época que logró editar una parte de sus descubrimientos en vida de los expedicionarios. Sus autores imprimieron un Prodromus (Madrid, 1794) con los nuevos géneros descubiertos, al que siguieron los tres primeros tomos de la magnífica Flora Peruviana et Chilense (Madrid, 1798-1802).
Gracias al primer dibujante de la expedición, el archivo del Museo conserva dos bellas láminas sobre el árbol y el fruto de esta conífera. Hipólito Ruiz y José Pavón en el preámbulo de su Prodromus hablan de las pérdidas parciales de manuscritos y otros materiales que con tanto esfuerzo lograron reunir, así como de los muchos infortunios sufridos durante el largo viaje como tormentas, terremotos, plagas, incendios, naufragios… aunque señalan que uno de los más penosos fue la muerte de Brunete, quien falleció en la villa de Pasco el 14 de abril de 1787, donde había ido a recoger los salarios de los expedicionarios abonados por las Cajas Reales.
En cuanto a la araucaria, se sabe que en 1782 los expedicionarios se dirigieron a la localidad chilena de Rere, para estudiar una especie de pino local (la araucaria), que los españoles buscaban para reemplazar los mástiles de sus navíos. Así fue como Joseph Dombey, José Pavón y el dibujante José Brunete, acompañados de Isidro del Postigo, el oficial de Marina encargado de la tala de los pinos, fueron a Fuerte Nacimiento, donde Pavón pudo acercarse a estudiar in situ las poblaciones de pino chileno. 
También se cita una Real Orden de 1783 por la que se solicitaba el envío de ejemplares vivos de pinos chilenos destinados al Jardín Botánico de Madrid. El encargado del cuidado de esos árboles fue el subteniente Luis Paulino Benavente, que los acopló en el navío San Pedro de Alcántara, con destino a la metrópoli. Desgraciadamente estos árboles nunca llegaron a España, como tampoco lo hicieron los pasajeros y tripulantes del barco, y un valioso material científico reunido por los botánicos Ruiz y Pavón en Chile y en el Perú, pues el buque naufragó en 1786 frente a las costas de Portugal.
Volviendo al presente, la araucaria (Araucaria araucana), también conocida como pino patagónico, pino de Chile, o pehuén en lengua mapuche, es una de las 19 especies vivas de un género de coníferas perteneciente a Araucariaceae, una familia muy extendida que alcanzó su máxima diversidad durante los períodos Jurásico y Cretácico. Hoy, sin embargo, las diversas araucarias han quedado restringidas a territorios de poca extensión y alejados entre sí, en América del sur y Oceanía.
Se trata de una conífera majestuosa endémica de Chile y Argentina, con un tronco recto que puede llegar a alcanzar cincuenta metros de altura y más de dos metros de diámetro. Está adaptada a las condiciones de alta montaña, gracias a su copa abierta con ramas estrechas en forma de paraguas, en las que no puede acumularse la nieve. El vulcanismo ha jugado un importante papel en su distribución en los Andes, con la aparición de adaptaciones especiales, como una corteza gruesa de más de diez centímetros que le protege contra los efectos del fuego y la capacidad para reproducirse vegetativamente por medio de rebrotes de raíz. Se trata de una especie dioica en la que el polen se dispersa por el viento y las semillas se concentran principalmente bajo la copa, salvo aquellas que son dispersadas por las cotorras australes (Enicognathus ferrugineus) y algunas especies de roedores, o bien por cabras y humanos.

La araucaria destaca por su longevidad, ya que puede sobrepasar los mil años. Se han identificado individuos con unos 900 años en bosques marginales sobre afloramientos rocosos y en contacto con la estepa patagónica en Argentina. Asimismo, en el Parque Nacional Conguillio, en Chile, se ha localizado un ejemplar que según los investigadores tendría 1.021 años. Curiosamente, los árboles de mayor edad son altos y delgados y no los que tienen los troncos más gruesos.

Culturalmente, este árbol es muy importante para las comunidades Mapuche-Pewenche del sur de los Andes. La relación entre los mapuches y A. araucana es tan estrecha que las sociedades que las explotaban se denominaban “Pehuenche”, que significa gente del pehuén. Según estas comunidades, el pehuén es una planta sagrada creada por uno de los dioses para alimentar a sus hijos. La recolección de su semilla es una de las actividades más importantes del calendario anual de los indígenas. Esta cosecha de piñones no sólo es importante desde el punto de vista económico, sino también social. Además, se realizan prácticas que favorecen la regeneración de la araucaria, porque los indígenas son respetuosos con el medio ambiente. Actualmente, los piñones se recolectan para autoconsumo y para intercambio comercial, siendo cada vez más valorados desde el punto de vista del turismo de naturaleza.

Uno de los atractivos de este árbol es la simetría y la armonía de sus formas, que le ha convertido en una planta ornamental muy solicitada. Ahora es una especie habitual en los jardines europeos de países con climas templados y generalmente lluviosos, incluso en Noruega. En el Reino Unido se introdujo en 1795 y la especie está representada en 162 colecciones botánicas de todo el mundo.

Si examinamos la historia de la araucaria desde un punto de vista conservacionista, se aprecia que las medidas adoptadas han generado mucha controversia, tanto en Chile como en Argentina. A lo largo del siglo XX, la explotación maderera disminuyó sensiblemente su área de distribución, lo que llevó a que en 1976 se declarase Monumento Natural Chileno. Esta figura implicaba la prohibición de cortar su madera, pero este veto se revocó once años después para volverse a restablecer tres años más tarde. En Argentina está prohibida su tala y está incluida en el Apéndice I de CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies de Flora y Fauna Silvestre en Peligro). Una noticia interesante que puede contribuir a la conservación de la especie es que en 2024 se ha secuenciado su megagenoma, que es ocho veces más grande que el genoma humano.

Lo cierto es que la araucaria sigue siendo vulnerable y con un futuro incierto. Por eso sugerimos la lectura de la Oda a la Araucaria araucana que le dedicó el poeta chileno Pablo Neruda en 1955. Este poema describe a este árbol milenario como un símbolo de resistencia, belleza y arraigo a la tierra.

Referencias bibliográficas:

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Martínez López Carmen