Sesión inaugural de la 129ª Asamblea Plenaria de la CEE - Conferencia Episcopal Española

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El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Mons. Luis Argüello, inaugura este lunes 20 de abril la 129ª Asamblea Plenaria. Tras el discurso del presidente, Mons. Piero Pioppo ha dirigido su primer saludo a la Plenaria desde su nombramiento como Nuncio Apostólico en España, en el mes de septiembre de 2025.

Discurso de Mons. Argüello

Bienvenida y felicitaciones

  • Cardenales, arzobispos, obispos y administradores diocesanos. Saludo muy especialmente al señor nuncio apostólico de Su Santidad en España, S. E. Mons. D. Piero Pioppo, arzobispo titular de Torcello. ¡Alegre y Santa Pascua!

Este es el día en el que actuó el Señor, queridos presbíteros, laicos y consagrados, medios de comunicación social, vicesecretarios, directores y trabajadores de esta casa. Bienvenidos y gracias por vuestra presencia.

Felicitamos a S. E. Mons. D. Ramón Darío Valdivia Jiménez, nombrado Administrador apostólico de Cádiz y Ceuta el 22 de noviembre de 2025.

Encomendamos a la misericordia de Dios el alma de nuestro hermano:

  • S. E. Mons. D. Francisco Gil Hellín, arzobispo emérito de Burgos, fallecido el día 27 de noviembre de 2025.

Los señores obispos a los que se les ha aceptado en estos últimos meses la renuncia al gobierno pastoral:

  • Excmo. y Rvdmo. Mons. D. Rafael Zornoza Boy, Obispo emérito de Cádiz y Ceuta, el 22 de noviembre de 2025.

1. Es la Pascua. ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

En la Asamblea Plenaria de primavera del año pasado nos reuníamos durante la cuarta semana de Cuaresma. Este año nos encontramos ya en la Pascua, en esta extraordinaria cincuentena en la que acogemos el Misterio pascual en toda su anchura. La Asamblea ha tomado forma en la celebración de la eucaristía, hemos recibido el alimento que perdura hasta la vida eterna y nos disponemos a dialogar, orar, discernir y convivir bajo el rostro del Cristo Pascual. Es el lugar privilegiado para la oración y la vida cristiana: orar bajo la mirada del Cristo Pascual, donde aparecen las entrañas del Padre, en la mesa de la fracción del Pan. Esto acontece aunque uno ore escondido en su habitación, en los caminos de la visita pastoral o en esta aula situada encima de la capilla de la Sucesión apostólica, que vuelve a ser parábola del Cenáculo. Esta es nuestra composición de tiempo y lugar: Pascua, Cenáculo y Camino apostólico bajo el rostro de Cristo Pascual, crucificado y resucitado. Así podemos saber y afirmar que nuestra Asamblea, con sus trabajos, está unida a la mesa de la eucaristía donde el Cristo Pascual preside. Os invito a orar en nuestro interior: ¡Ven Espíritu divino, enciende en nuestros ojos tu luz, derrama tu agua en nuestro corazón, pon tus palabras en nuestros labios! «Veni Creator, infirma nostri corporis, virtute firmans perpeti». Fortalece nuestros cuerpos de apóstoles, cansados y frágiles, ¡fortalécelos con tu fuerza!

¡Alzad la mirada! Mirad a Jesucristo. ¡Miradle! Dice Teresa de Jesús: «Yo lo que os digo es que penséis en él, solo os pido que le miréis». Dice en Camino de perfección, 42 que cuando se mira a Jesús y encuentra uno sus ojos que me miran, se siente mirado, se siente amado. Más todavía, dice Teresa de Jesús, sienta uno como si lo que pasa por mi corazón, tristeza o gozo, se reflejara en sus ojos, en los ojos de Él, que sienten conmigo mi tristeza o mi gozo. Miro a Jesús y me encuentro reflejado en sus ojos, que me miran, pero ojos que reflejan todo el latido vivo de mi alma, de mi existencia. Digamos con el salmista: «Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro»(Sal 27[26],8-9).

Los doce y los setenta y dos escucharon antes de la Pascua: «¡Poneos en camino!» (Lc 10,3). Nosotros acogemos este mandato del Resucitado, a quien reconocemos al partir el pan (cf. Lc 24,35). A la luz de la resurrección es posible comprender que era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria (cf. Lc 24,27). Y experimentar cómo el corazón arde cada vez que escucha sus palabras mientras se hace camino (cf. Lc 24,32), o cada vez que somos invitados a sentarnos con Él en la mesa de la Pascua desde la que somos enviados para dar testimonio de todas estas cosas (cf. Lc 24,35).

«Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc 24,15). El Sínodo sobre la Sinodalidad y el Año Jubilar «Peregrinos de esperanza» nos han ayudado a reconocernos pueblo de Dios en camino. Es el propio Jesús quien lanza al camino misionero y envía como pueblo «de dos en dos» (Lc 10,1): «¡Poneos en camino!» (Lc 10,3). Este mandato imperativo de Jesús sería insoportable si no experimentásemos su cercanía y su misericordia, más aún, si Él no viniera a caminar con nosotros: «Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc 24,15). En el camino, se profundiza la experiencia del encuentro y se acrecienta el deseo de anunciar el Evangelio. La experiencia pascual es una experiencia de un encuentro con el Señor, en el cual se da un envío, una misión, y en esa misión misma se da un aliento para la misión. Encuentro, misión, aliento son los tres momentos de esta experiencia que a lo largo de estos días vamos a suplicar al Señor que nos conceda.

Las Líneas pastorales de la CEE para el cuatrienio 2026-2030 —«¡Poneos en camino!»— encuentran en estos textos del Evangelio de Lucas su iluminación motivadora. Profundizar a través de la lectio divina en las cuatro etapas del camino hacia Jerusalén que señala Lucas (9,51–10,37; 10,38–13,21; 13,22–14,24; 14,25–19,28), o bien en el relato de los discípulos de Emaús (24,13-35), será́ de gran ayuda para ponernos en camino con los ojos y los oídos bien abiertos, dispuestos a reconocer y acoger el paso del Señor. León XIV, en la homilía de la Misa crismal del pasado Jueves Santo nos dice:

En la hora de la Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. Él «me envió» (Lc 4,18), dice Jesús, describiendo ese movimiento que une su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos. Y nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos «apostólica» a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21).

La misión apostólica, añadió el Papa, tiene tres secretos: el «desprendimiento», la«ley del encuentro» yla dramática «posibilidad de la incomprensión y del rechazo».

¡Alcemos la mirada! Queridos hermanos para descubrirnos bajo la mirada del Cristo pascual. Alcemos la mirada para estar juntos y para caminar juntos.

Bajo esta mirada que nos llena de esperanza, recordamos al papa Francisco cuando va a cumplirse mañana el primer aniversario de su fallecimiento y oramos por su descanso eterno.

2. Visita del papa León XIV

Comenzamos nuestra Plenaria del pasado noviembre un día más tarde a causa de la audiencia privada que el Santo Padre concedió a la Comisión Ejecutiva. Ya referimos, entonces, que había esperanzas fundadas de un posible viaje de León XIV a España. El 9 de enero, fuimos convocados a Secretaría de Estado para comenzar a preparar lo que ya parecía ser una probabilidad casi cierta a la espera de confirmación por parte de la Santa Sede. El 25 de febrero, la Santa Sede hizo público el viaje apostólico a España entre el 6 y el 12 de junio. Desde enero ya parecía claro que las diócesis españolas que visitaría el papa iban a ser Madrid, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de la Laguna. Han sido decenas de lugares y comunidades de España quienes se han ofrecido para acoger al Papa. Es un motivo de agradecimiento a todos. León XIV, visitando a algunos, nos visita a todos. El encuentro que celebrará en esta misma casa con todos nosotros expresará, sin duda, esta comunión de la Iglesia de España con el sucesor de Pedro.

La visita del papa León XIV a España en sí misma es un regalo que, además, está lleno de ricas oportunidades. Recibiremos al sucesor de Pedro en la persona de Robert Francis Prevost, un americano del Norte y del Sur; un matemático enriquecido con la Filosofía, la Teología y el Derecho Canónico, y con el corazón apasionado por san Agustín; religioso y obispo, misionero y administrador de la comunión. Una personalidad para el encuentro y la reconciliación entre tantas realidades sometidas hoy a dialécticas de contrarios. Vendrá a visitarnos el Pastor universal, Obispo de Roma, para ayudarnos a comprender y vivir la experiencia de la íntima relación entre las Iglesias particulares y la Iglesia toda. El Papa nos confirma en la fe para hacernos caer en la cuenta de que, en cada una de las Iglesias particulares, acontece la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Cada una de ellas está presidida por un sucesor de los apóstoles, unido colegial y sacramentalmente a Pedro, que pastorea su respectiva Iglesia local; cum Petro et sub Petro. Es una gran alegría poder vivir este coloquio que ayuda al Obispo de Roma a conocer la realidad de la Iglesia universal que pastorea y que se encarna en cada una de las Iglesias particulares. Es también una oportunidad para que las Iglesias particulares puedan experimentar de nuevo que la razón de ser de su propia existencia, como Cuerpo y Esposa de Cristo, es la comunión visible y real con Pedro y, a través de su ministerio y del Colegio de los Doce, con todas las Iglesias.

La visita de León XIV a España también ayuda a caer en la cuenta de que las Iglesias particulares en un territorio concreto viven una especial llamada a la comunión, a través de las provincias eclesiásticas y la Conferencia Episcopal, para el discernimiento y el servicio compartido, ante los desafíos comunes en la evangelización de una sociedad que tiene circunstancias culturales, económicas y políticas similares y que se dota, además, de una organización. La visita apostólica constituye en sí misma una llamada a la comunión y, al mismo tiempo, un recordatorio del envío misionero, aquel que el día de la Ascensión de Jesucristo a los cielos reciben Pedro y los demás apóstoles: ¡Id y haced discípulos! ¡Poneos en camino!, decimos en nuestras Orientaciones. El Papa, que nos preside en la caridad, nos recordará en una gran Statio Ecclesiae, este imperativo constitutivo de la Iglesia misma desde su origen pascual, antes de extenderse y aterrizar en las diversas partes del mundo, edificando así las Iglesias particulares que celebran la eucaristía; conmemorando el acontecimiento pascual, fuente de la alegría, y el envío misionero. La Iglesia en España precisa de este coloquio de encuentro y comunión para impulsar la nueva hora de la evangelización de nuestro pueblo. La presencia del Papa en España y su encuentro con instituciones diversas de la sociedad española, en Madrid, Barcelona, Las Palmas y Tenerife será también una oportunidad para un nuevo diálogo entre Iglesia y sociedad que ensanche la mirada respecto a nuestros problemas locales y los abra a la universalidad.

Las sedes que el Papa va a visitar en su viaje apostólico son especialmente significativas. La etapa de las Islas Canarias, en sus dos diócesis, hace visible el deseo manifestado por el papa Francisco de visitar este lugar que hace visible un sufrimiento injusto y poner en la mesa de la Iglesia y de la sociedad la cuestión migratoria. La visita a Madrid posibilita el encuentro con las autoridades civiles y con la Conferencia Episcopal, en donde se reúnen las Iglesias en España. Pero es también la visita a una diócesis, la de Madrid, la que expresa el desafío tan grande que supone hoy la evangelización de las grandes ciudades en las que se encuentran cada día miles de trabajadores de diócesis vecinas que van y vienen. El encuentro en Barcelona, además de su consideración como gran metrópoli catalana, tiene la significación especial de Gaudí y de la Sagrada Familia. Por un lado, la figura de Antonio Gaudí y de su centenario expresa la importancia de promover la vocación a la santidad, una santidad que él vive, ejercita y va adquiriendo en la realización de su trabajo. Por otro lado, nos señala la importancia de tener proyectos a largo plazo. Esta edificación de la Sagrada Familia arranca en el siglo XIX y llega al siglo XXI. Además, la torre que se va a bendecir invita a alzar la mirada y, mirando a lo alto, descubrir a Jesucristo, alguien que ha venido, que ha bajado y se ha encarnado, que se hizo uno de nosotros, uno con nosotros y al que el Padre ha elevado, dándole el Nombre sobre todo nombre: ¡Jesús, Cristo y Señor!

Es también la visita de un jefe de Estado, y por eso supone una visita a la sociedad. Confirmará en la fe a los creyentes y, en la medida en que es un viaje a todos, ese «confirma en la fe» que nosotros escuchamos, para la sociedad puede ser un «confirma en la confianza». Vivimos en una sociedad en la que, fruto del individualismo y de diversas circunstancias, ha ido creciendo la desconfianza. Por eso, recibir la visita del Papa puede hacer crecer la confianza para que se traduzca en una llamada a construir un «nosotros», un pueblo, que es imprescindible para que exista una democracia. Es la existencia de un pueblo con conciencia de ser pueblo y que quiere empeñarse por el bien común, que es lo que sostiene la sociedad. La visita del Papa a España es un acontecimiento de gracia que tiene una dimensión espiritual, pastoral y también política, entendida en sentido clásico: como la acción de los ciudadanos que se organizan para alcanzar el bien común, defender la dignidad de la vida y promover su desarrollo integral, sin olvidarse de los pobres de nuestro mundo interconectado e interdependiente.

Los temas centrales en la predicación del papa León, durante los primeros meses de su pontificado, han sido la llamada a la unidad en la Iglesia y a la paz en el mundo. La llamada a la unidad no es nueva para él. Viene ya en el lema episcopal que eligió cuando fue nombrado obispo de Chiclayo, a finales de 2014: In illo uno, unum. El segundo rasgo característico de León XIV es la petición insistente de una paz desarmada y desarmante a la que se refirió en su primer mensaje desde la Logia central de la basílica de San Pedro, el 18 de mayo de 2025:

Yo quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, llegara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con vosotros! Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente.

Mirando el mundo en que vivimos, nos damos cuenta de la necesidad de esta paz de la que nos habla, de la oración por la paz, como hacemos tantas veces, y del compromiso efectivo y militante de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad para ser signo e instrumento de la paz.

Invito a todos los presentes a orar por el Papa: “Señor, sostén con la luz y fortaleza del Espíritu Santo a León XIV para que siga siendo signo e instrumento de tu Paz”. Os propongo también expresar, en este momento de burdos e intolerables ataques, ante el señor Nuncio de Su Santidad, la comunión con el sucesor de Pedro de toda la Iglesia española, representada en este acto de apertura de la Plenaria por obispos, presbíteros, laicos y consagrados, con un fuerte aplauso. 

España, que ha sido tierra de evangelizadores (todavía son más de nueve mil los misioneros españoles en el mundo), es ahora también tierra necesitada de evangelización, de Buena Noticia, del servicio humilde y entregado de todos los cristianos en el compromiso por realizar el bien común, en las pequeñas y en las grandes decisiones. Santo Toribio de Mogrovejo, que nació en Mayorga (Valladolid) y murió en Zaña (Chiclayo), ha de ser un buen intercesor por los frutos apostólicos de esta visita. Por todo ello, este viaje del papa León XIV a España será, sin duda, una experiencia profunda de fe viva, de amistad cívica, de encuentro para la esperanza y la confianza. A ello estamos todos invitados. ¡Alzad la mirada! Oremos por los frutos del viaje apostólico.

3. Catolicidad siempre desafiada

La visita del Papa es una oportunidad para afianzar la catolicidad eclesial en el fecundo e íntimo diálogo entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares. Pero la catolicidad siempre es desafiada en la permanente cuestión modernista, que aparece y reaparece en cada momento histórico, al intentar vivir el insuperable y necesario coloquio entre fidelidad y novedad, en sus expresiones concretas de diálogo fecundo entre naturaleza y gracia, Iglesia y sociedad e historia y vida eterna. Pelagianos y gnósticos reaparecen y las aportaciones de san Agustín en las Confesiones, el comentario a la Carta a los Romanos o en Ciudad de Dios vuelven a tener actualidad. El final del tiempo moderno, con sus transformaciones en la antropología, en la organización política de las naciones y en la concepción del progreso, supone el territorio actual de la nunca superada «cuestión modernista» que se trata de responder a preguntas permanentes: ¿cómo ser católico hoy y aquí?, ¿cómo ha de situarse la Iglesia en su manera de estar en el mundo y en el diálogo con los poderes públicos? ¿Cómo nos ayuda o dificulta el «progreso humano» en nuestro camino de santidad hacia el cielo? En los últi

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