Una oda a la la alta sensibilidad, dedicada a quienes encontraron en el amor materno el refugio seguro frente a un mundo demasiado ruidoso. TE QUIERO CUS
Mamá,
gracias por no intentar podar mis aristas
cuando el mundo insistía en que yo no encajaba,
por ser el puerto manso donde descansaba mi alma
cuando la luz hería y el ruido me agotaba.
Sé que no fue fácil criar a una niña extraña,
una pequeña de cristal en un bosque de piedra,
que lloraba por lo invisible, que reía por lo mínimo,
y que sentía el dolor ajeno como una propia herida.
Perdona las horas de sombra y mis silencios largos,
aquellos “inconvenientes” de mi piel sin coraza;
tú fuiste el muro suave, el filtro necesario,
quien tradujo la vida para que yo tuviera casa.
Me viste diferente y, en lugar de juzgarme,
decidiste aprender mi dialecto de asombros.
Gracias por sostener el peso de mis mundos
sobre la fortaleza invicta de tus hombros.
Hoy mi sensibilidad no es carga, sino vuelo,
porque tú le pusiste alas a mi forma de ser.
Por la paciencia infinita, por el amor sin tregua,
por haberme enseñado, simplemente, a florecer.
Te quiero, Cus.
“Ser sensible en un mundo insensible es una forma de valentía, pero acompañar a esa persona en su camino es el acto de amor más puro que existe.”