¿Y tú me lo preguntas? … La IA, eres tú - Confederación Nacional del Trabajo

Compatibilità
Salva(0)
Condividi

DOSIER: Tecnología y Emancipación | Ilustración de Manolo Rastamán | Extraído del cnt nº 442

En algún momento de la revolución industrial, el filósofo inglés John Stuart Mill llamó la atención sobre el hecho de que los avances tecnológicos de su tiempo no habían contribuido a aligerar «la fatiga diaria de algún ser humano». Hoy se le podría tal vez responder alguna que otra cosa —seguro que no soy el único que aprecia los lavavajillas—. Pero ya en su momento, Marx nos recordó que bajo el modo de producción capitalista no tenemos razones para pensar que esa pueda ser la función de máquina alguna. Primero el beneficio, el rédito, el parné… y luego lo que surja. Esto como punto de partida.

Décadas antes de que estos dos señoros dieran al mundo sus aportaciones, Mary Shelley había dado a luz al relato de Frankenstein o El moderno Prometeo. La trama de la novela es conocida: el estudiante Victor Frankenstein consigue erigir una criatura nueva a partir de restos humanos extraídos de tumbas y osarios. No le da nombre y los apelativos con los que le trata no es que puedan decirse cariñosos: «monstruo miserable», «engendro», «repugnante»… pero lo que había creado era poco más que un espejo.

Shelley despliega una criatura que de humana lo tiene todo y nada. Arrojada al mundo huérfana y nacida de la muerte, su condición no dista tanto de la nuestra. Es heredera del pasado y de la tierra y es su desamparo el que la lleva a la violencia. Pero sobre todo y en lo que nos concierne: no puede separarse de la tecnología. El monstruo no deviene del sueño de la razón, sino de su aplicación tecnológica. En este punto, establecer una frontera entre la vida y la tecnología sería hacer ciencia ficción.

La tecnología es una más entre las fibras que pasan por la rueca humana, por sus grupos, por sus sociedades. Se imbrica en el tejido social como una red más, como la clase, como el género, como la colonialidad o la ideología.

Hace tiempo que resulta artificioso entendernos, criaturas humanas, como un aparte de la tecnología. Vestimos, habitamos, nos nutrimos y vivimos desde una red tecnológica cuya urdimbre, barroquísima y amiga del horror vacui, tiene distintos grados de sofisticación según se mire allí y allá, entonces o después. Coincidimos, quienes podemos leer esto, en nuestra articulación tecnológica que, recuerdo, no empieza con chips, circuitos y muchas cosas brillantes que hacen ruido, sino con el fuego, el vestido, la caza, la medicina y todos nuestros ritos. El monstruo de Victor Frankenstein es tan tecnológico como cualquiera y la misma electricidad que le da vida es la que enreda día a día nuestras neuronas y músculos.

El último hilo del tejido tecnológico recibe el nombre de inteligencia artificial (IA). Artificial por lo evidente e inteligencia como si supiéramos eso qué demonios es. Pero bueno, marketing aparte, esto sigue siendo lo de menos. Sobre la mesa está la cuestión de si esta IA es algo cualitativamente distinto a los modelos computacionales anteriores o si no se trata nada más que de un incremento de la capacidad de programación que ya teníamos. Para desgracia de los gurús y vendemotos, todo parece apuntar hacia la segunda hipótesis.
Pero esto no nos quita de ciertas cuestiones que hay que poner sobre la mesa. Una de ellas, su coste ecológico. Ya sabemos que con el tiempo estas cosas tienden a ser poco a poco más eficientes. Pero de momento, las cantidades de agua que consumen los centros de datos para su refrigeración son ingentes. En este sentido podemos considerar también la especulación que se está generando en torno a las tarjetas RAM, indispensables para los nuevos modelos de procesamiento de datos. El incremento de su coste dificulta su acceso a todos los niveles y encarece, de paso y gracias a la conocida eficiencia del capitalismo, el resto de productos tecnológicos.

Esto lleva a otra cuestión: la IA supone la apertura de nuevos nichos de mercado y ofrece al capital nuevos ámbitos de mercantilización. No quiero dejar de advertir sobre este tema. Son frecuentes los pronósticos de un final próximo del capitalismo, pero también la historia nos da ejemplos abundantes de su creatividad para regenerarse y expandirse. En fin, podría ponerme pedante y empezar a hablar de la tasa de plusvalía, pero dicho en román paladino, la cosa es tan sencilla como que otra vez y como siempre, la clase obrera será la perjudicada. Invito a la gente curiosa a investigar el tema.

La cuestión es si la IA es algo cualitativamente distinto a los modelos computacionales anteriores o si no se trata nada más que de un incremento de la capacidad de programación que ya teníamos. Para desgracia de los gurús y vendemotos, todo parece apuntar hacia la segunda hipótesis. Como instrumento, es un medio puesto a disposición. Como ser inerte, carece de intención propia. Lo que haga es resultado de la acción humana o del bicho que sea.

Mientras tanto, no está de mal recordar algunas lecturas que se han hecho del provecho o desgracia de los nuevos aparatos tecnológicos. La primera de estas lecturas puede denominarse tecnooptimista. Desde este punto de vista, los problemas del ser humano devienen de una carencia tecnológica. Falta por inventar el cacharro, dirían rápido y mal los tecnooptimistas, que solucione este asunto que tenemos por aquí. Cabe entonces preguntar cómo es que, si tan mal nos iba, hemos llegado hasta aquí vivientes y coleantes.

La otra lectura es la tecnopesimista. No hay más que observar a nuestro alrededor para ver toda la desgracia y miseria que la tecnología ha hecho de una criatura por naturaleza amable y bondadosa como el ser humano. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen quienes se aferran al tecnopesimismo, y lejos de no ir a mejor, encima vamos a peor. Qué os voy a contar, si ya sabemos en qué nos deja esto de las maquinitas y las pantallitas y la sociedad va a peor desde que tenemos teléfono móvil… No dejo de pensar que habría que preguntarle al tecnopesimista, si los desarrollos tecnológicos nos han empeorado, por qué tuvimos la tontería de buscarlos, de dónde estábamos huyendo.

Ambas posturas pueden y deben explicarse de una manera mucho más extensa para entenderlas en profundidad. Pero al mismo tiempo que se sostienen, las posturas pesimistas y optimistas hacen equilibrios para obviar que no hablamos de tecnología, sino del ser humano. La tecnología es una más entre las fibras que pasan por la rueca humana, por sus grupos, por sus sociedades. Se imbrica en el tejido social como una red más, como la clase, como el género, como la colonialidad o la ideología o tantas otras. Tiene sus modos de estructurarse y de relacionarse. Pero no es una criatura autónoma que decida nada por sí misma.

La tecnología convivencial, dirá Iván Illich, es aquella que permite utilizar los medios tecnológicos de manera autónoma, comunitaria y accesible. Pero sobre todo, es aquella donde la tecnología sirve al ser humano, donde amplía nuestras posibilidades en lugar de encerrarnos en ella.

Como instrumento, es un medio puesto a disposición. Como ser inerte, carece de intención propia. Lo que haga es resultado de la acción humana o del bicho que sea. No hay tecnología fuera de un contexto social, ni emerge tecnología alguna al margen de este. El optimismo o el pesimismo no se postulan sobre el aparato, sino sobre la criatura que lo crea, usa, manipula y dispone de él. Casi podríamos decir que con la tecnología hacemos pedagogía: le enseñamos a hacer. Lo que haga nos enseña a su vez cómo conducirnos.

Sobre este hacer, el polémico y polifacético autor Iván Illich desarrolló el término convivencialidad para proponer un modo de relacionarnos con el aparato tecnológico. Este concepto pretende combatir dos tendencias, dos formas de autoritarismo emergentes. La más evidente de estas formas es el uso que cualquier autoridad pueda darle a la tecnología como medio de represión, de control, de disciplinamiento, etc. La otra de estas, consecuencia de la anterior, es la sumisión que podamos desarrollar los usuarios de los cachivaches que sean. La tecnología convivencial, dirá Illich, es aquella que permite utilizar los medios tecnológicos de manera autónoma, comunitaria y accesible. Pero sobre todo, es aquella donde la tecnología sirve al ser humano, donde amplía nuestras posibilidades en lugar de encerrarnos en ella.

La reflexión, como dije antes, es oportuna ante cualquier tipo de tecnología. Pero no está de más traerla de nuevo a colación. Volver hacia atrás nunca ha sido una opción y la IA ha venido para quedarse. A estas alturas (y mira que ha sido rápido) no podemos evitar relacionarnos con ella. Más aún, ha pasado a integrarnos como se integran las partes en el monstruo de Frankenstein. Este quedó desamparado, pero estamos a tiempo de aprender.

¿Cómo queremos utilizar esta tecnología? ¿Podemos darle un uso libertario, ecológico, decolonial, antirracista, etc? ¿Puede ayudarnos a alcanzar el comunismo libertario? ¿Qué puede enseñarnos? Pero sobre todo, ¿cómo podemos empezar desde ya a aprender de esto en que nos hemos convertido?

Recapiti
Dirección periódico