Expansión

2 de julio de 2026

Expansión publica una tribuna de Antonio Bonet, presidente del Club de Exportadores e Inversores Españoles, e Isabel Álvarez, catedrática de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y directora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales, en la que analizan, a partir del informe Draghi, la creciente brecha de productividad e innovación entre la UE y sus competidores globales, y defienden la necesidad de reforzar la autonomía estratégica europea a través de un mercado único más profundo, la descarbonización como motor industrial y una mayor coordinación regulatoria. La tribuna repasa además los retos específicos de España, baja inversión en I+D e industria por debajo de los objetivos europeos, frente a fortalezas como las energías renovables y un sector exterior competitivo, concluyendo que la urgencia ya no está en si Europa debe adaptarse, sino en si lo hará con la rapidez necesaria.

Puede leer la tribuna a continuación:

«Durante décadas, Europa construyó su prosperidad sobre tres pilares que parecían inamovibles: un comercio internacional abierto, acceso a energía abundante y asequible, y un entorno de seguridad garantizado en gran medida por terceros. Hoy, ninguno de esos tres elementos puede darse por sentado.
De hecho, desde comienzos del siglo XXI en la UE se ralentiza el crecimiento económico y la productividad crece menos que la de China y Estados Unidos. La invasión rusa de Ucrania, la creciente rivalidad chino-estadounidense, las tensiones en Oriente Próximo y la fragmentación del comercio mundial han agravado un problema que ya era estructural.
El informe Draghi sobre el futuro de la competitividad europea ofrece un diagnóstico tan claro como inquietante. Según sus conclusiones, la divergencia de productividad entre la UE y Estados Unidos sitúa a la primera en torno al 80% de los niveles norteamericanos, una distancia que, lejos de acortarse, ha aumentado tras la pandemia. La cuota europea en el comercio mundial lleva años retrocediendo mientras China amplía su presencia en sectores de alto valor añadido donde tradicionalmente dominaban las empresas europeas.
Particularmente revelador es el panorama tecnológico: son escasas las empresas europeas que figuran entre las cincuenta mayores compañías tecnológicas del mundo, y apenas cuatro se sitúan entre las treinta primeras. No existe ninguna empresa tecnológica de la UE creada desde cero en los últimos cincuenta años con una capitalización superior a los 100.000 millones de dólares, mientras que seis empresas estadounidenses superan el billón. Esta brecha de innovación no es una anomalía coyuntural, sino el reflejo de desequilibrios estructurales profundos: debilidad en I+D, fragmentación financiera, envejecimiento demográfico y dependencias estratégicas acumuladas durante años.
La competitividad ya no puede medirse únicamente en términos de costes, productividad o exportaciones. Ha pasado a incorporar factores como la seguridad económica, la autonomía estratégica, el acceso a tecnologías críticas o la capacidad de garantizar suministros esenciales. La crisis energética provocada por la guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto hasta qué punto la dependencia exterior puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica de primer orden.
Algo similar ocurre con las materias primas críticas. La doble transición, verde y digital, incrementará la demanda de recursos como el litio, el níquel o el cobalto, sectores en los que China concentra una parte muy sustancial de la capacidad de procesamiento mundial. Reducir esas dependencias es una cuestión de seguridad económica. Hoy es imposible separar política industrial, energética, comercial y de seguridad.
Draghi articula su respuesta sobre tres grandes pilares. El primero es cerrar la brecha de innovación que separa a Europa de sus principales competidores, impulsando un mercado único que supere la actual fragmentación y facilite la inversión, en línea con las propuestas paralelas de Letta. El segundo consiste en convertir la descarbonización en un motor de crecimiento y reindustrialización: la Unión posee aproximadamente el 60% de las patentes mundiales de alto valor vinculadas a tecnologías bajas en carbono, aunque esa fortaleza científica no se traduce aún en capacidad industrial equivalente. El tercero pasa por reforzar la seguridad económica reduciendo dependencias estratégicas y fortaleciendo capacidades industriales esenciales. A nivel de gobernanza, el informe aboga por una coordinación eficaz entre política industrial, de competencia y comercial. Esto incluye nuevas alianzas comerciales, como las recientemente acordadas con India, México y Mercosur, la regulación de la inversión extranjera en sectores estratégicos y simplificar la regulación excesiva. La creación de un código jurídico comercial común de aplicación directa resulta esencial para asegurar la coherencia regulatoria.
Sin embargo, la respuesta a lo que Draghi consideraba urgente hace un año es muy lenta. El llamado Draghi tracker estimaba que el nivel de implementación de sus recomendaciones alcanzaba apenas el 15%.

Riesgos y oportunidades
Para España, esta transformación presenta tanto riesgos como oportunidades. Nuestro país comparte buena parte de las restricciones identificadas para el conjunto de la UE. La industria representa apenas el 16% del PIB, lejos del 23% alemán y del objetivo del 20% para 2030. La inversión en I+D se sitúa en el 1,5% del PIB, por debajo del 2,3% europeo y del 5% que invierte Corea del Sur. A ello se añade una adopción insuficiente de inteligencia artificial, robótica y análisis de datos, especialmente en las pymes.
Sin embargo, España dispone también de fortalezas considerables: posición destacada en energías renovables, sector exterior dinámico y empresas competitivas internacionalmente. El reto central consiste en transformar el actual ciclo expansivo en una senda de crecimiento sostenido basada en productividad, innovación y digitalización, movilizando más inversión privada y reduciendo barreras regulatorias.
Una nota técnica del Comité de Reflexión sobre Internacionalización del Club de Exportadores señala que la competitividad europea ya no puede entenderse únicamente como una carrera por producir más barato o exportar más. Ahora es una cuestión de capacidad tecnológica, resiliencia industrial y seguridad económica, sin sacrificar la inclusión social ni la cohesión territorial. La verdadera pregunta ya no es si Europa debe adaptarse al nuevo escenario global. La cuestión es si lo hará con la rapidez y la ambición necesarias para seguir siendo uno de los grandes polos económicos del mundo.»