¿Estalla la burbuja festivalera? Cuando no es oro casi todo lo que reluce

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Ojalá que el bosque no pueda impedir que veas el árbol“. Esa frase que el siempre genial Ángel Stanich introdujo en La Valla (Polvo de Battiato, 2021) quizá suene en unas semanas en el escenario principal del Sonorama, el festival que reúne desde hace casi tres décadas a miles de personas en pleno mes de agosto, con irresistible calor diurno y aterrador frescor nocturno, en el lugar más insospechado: Aranda de Duero.

Un simple vistazo a la imagen superior llevaría a pensar que si tienes un grupo y no estás en el cartel del Sonorama, como aquello que contaban en tiempos del matador de toros que no estaba anunciado el 15 de agosto, ni tienes un grupo ni tienes nada. Falso de toda falsedad. La endogamia reinante y el cambio de cromos entre mánagers de artistas, organizadores de festivales, firmas patrocinadoras o subvencionadoras administraciones públicas (por no hablar de la participación del fondo israelí KKR en muchos de ellos), es tan real como la vida misma, aunque quizá eso daría más bien para otro reportaje.

El de hoy está escrito en las horas en las que se celebran en España dos de los festivales musicales más masivos y con mayor nivel de artistas internacionales: el Mad Cool, en Villaverde, en ese sur de Madrid que también existe (y con protestas de los vecinos de Getafe incluidas), y el BBK, en el verdísimo monte bilbaíno. Y lo que viene a contar es que, pese a la apariencia exitosa, la sospecha de estallido de la burbuja festivalera en nuestro país es tan palmaria que los números cantan: más de una veintena de ciclos musicales se han tenido que ser suspendidos en las últimas semanas porque, literalmente, los números no daban.

España, tercer país con más festivales del mundo

Es cierto que durante las últimas dos décadas, el sector ha experimentado un crecimiento espectacular. La oferta de festivales se ha multiplicado, sin demasiado sentido en la mayoría de las ocasiones, y ha atraído tanto a artistas internacionales de primer nivel como a nuevos talentos nacionales. Según diversos estudios, España es actualmente el tercer país del mundo con más festivales de música, solo por detrás de Alemania y Reino Unido, superando ya el millar de eventos anuales.

Este crecimiento se explica por varios factores. En primer lugar, las condiciones climáticas favorecen la celebración de conciertos al aire libre durante gran parte del verano. Además, España cuenta con una potente infraestructura turística que facilita la llegada de visitantes nacionales e internacionales. Festivales como Primavera Sound, Mad Cool, BBK Live, Sonorama Ribera, Arenal Sound o el Festival Internacional de Benicàssim (FIB) se han convertido en auténticos reclamos turísticos y culturales.

La expansión del sector también ha tenido un importante impacto económico. Los festivales generan millones de euros en ingresos a través de la venta de entradas, el alojamiento, la restauración y el transporte, contribuyendo al desarrollo de las economías locales. La música en directo vive actualmente una de sus etapas más prósperas, con cifras récord de recaudación y asistencia.

Lo de @madcoolfestival solapando TODOS los conciertos me está poniendo de muy mala hostia

Sonidos que se mezclan e imposible ver un concierto entero. Porque sí, algunos venimos a ver varias cosas, y siendo del mismo perfil y público objetivo, te las ponen solapadas

No entiendo…

— Universo Álex (@UniversoAlex) July 8, 2026

Eso sí, solo hay que echar un vistazo a las redes sociales para comprobar que la conversación habitual en torno a estos macrofestivales gira más en torno al siempre abusivo precio de la cerveza, o a la tradicional dificultad para que, especialmente las mujeres, hagan sus necesidades, que sobre la calidad vocal de tal o cual grupo, o lo bien o mal que se escuchó la actuación de aquella otra cantante. Es más, cuando se habla de esto, se hace también de los conocidos como solapes, esa horrorosa sensación que se tiene de, después de haber pagado una buena pasta por ello, no poder disfrutar de tus grupos favoritos porque tocan al mismo tiempo en escenarios distintos.

Puede que el párrafo anterior esté estrechamente vinculado con esa supuesta explosión de la burbuja festivalera en España. “Después de meses de trabajo, ilusión, reuniones, llamadas, ideas y muchísimo esfuerzo, tenemos que comunicar que Solaris Nerja 2026 no podrá celebrarse”, escribían los organizadores del festival malagueño hace semanas pocos días antes de que fuera inaugurado. “Tras una evaluación técnica, operativa y económica del proyecto, hemos concluido que las condiciones actuales no nos permiten garantizar los estándares de calidad, seguridad y experiencia que consideramos imprescindibles para celebrar Solaris Nerja 2026″, añadían. En román paladino, que no habían vendido las entradas necesarias para que salieran las cuentas. Es solo un ejemplo.

Primeras víctimas por el camino

Y como el Solaris Nerja, así de repente, salen unos cuantos, y solo este año. Por ejemplo, Fortaleza Sound, Surforama, The Wild Fest, Tsunami Xixón, Rockland, Big Sound, White Summer, Remember Paradise, Tomavistas, Arbo Rock, Primaverando Fest, Raíces Sonoras… Detrás de cada uno de ellos, toneladas de esfuerzo, trabajo e ilusión que ahora se han convertido en inesperado conocimientos de seguros, urgentes aprendizajes de burocracia de andar por casa y quintales de desánimo. Probablemente, no sea el principal motivo de la suspensión de todos ellos, pero quizá ese efecto de “subirse a la ola del éxito” y, sobre todo, hacerlo sin demasiado conocimiento, haya tenido que ver con esta primera crisis de la fiebre de los festivales musicales de verano en nuestro país.

El mejor repaso a esta situación lo ha hecho el prestigioso crítico musical Nando Cruz, autor de la biblia del asunto, el imprescindible Macrofestivales: el agujero negro de la música, en un completísimo artículo en eldiario.es. En el final del texto, eso sí, el periodista relativiza el problema con un párrafo que quizá deje seguir viendo el bosque y no prestar tanta atención al árbol al que cantaba Stanich al principio de estas líneas. “En un país con más de mil festivales, que caigan treinta no es necesariamente significativo. Sobre todo, porque podrían estar naciendo otros diez o veinte festivales de los que tal vez no tengamos constancia. Y esto es así porque, aunque empresarios y administraciones celebran la vitalidad del negocio, nadie ha elaborado aún un censo que permita saber cuántos festivales se celebran cada año en España y, así, determinar de forma fiable si el sector evoluciona al alza o a la baja”, escribe, preclaro como siempre, Nando Cruz.

Recapiti
Ángel Gómez