La «cultura palestina»: análisis de una falacia

Compatibilità
Salva(0)
Condividi

QUÉ ES Y POR QUÉ IMPORTA AHORA

El 16 de julio de 2026, el ministro de Cultura Ernest Urtasun firmó en el Museo Reina Sofía el «Pacto Internacional de Apoyo a la Cultura Palestina» junto a treinta delegaciones internacionales. Urtasun declaró que proteger la «cultura palestina» equivale a defender «su identidad y su derecho a existir», e identificó cinco áreas de actuación: patrimonio, cine, literatura, infraestructuras y ecosistema cultural.

Este argumentario desmonta esa premisa. La «cultura palestina» tal como se presenta —diferenciada, ancestral, amenazada— es una construcción política del siglo XX, diseñada como instrumento en la guerra contra Israel y mantenida hoy con financiación internacional. Cada vez que se invoca, en una tertulia, en un tuit o en un documento ministerial, merece una respuesta concreta. Aquí están.

MARCO HISTÓRICO: LA IDENTIDAD QUE NO EXISTÍA

Nunca existió un Estado palestino soberano. El territorio fue gobernado por el Imperio Otomano hasta 1917, por el Mandato Británico hasta 1948, y después por Jordania, Egipto e Israel. El llamado «pasaporte palestino» era el documento del Mandato Británico: lo tenían todos los habitantes del territorio, incluyendo a Golda Meir, futura primera ministra de Israel. Era una etiqueta administrativa colonial, no una identidad.

La primera institución que puede llamarse «palestina» en sentido político es la OLP, fundada en 1964 —tres años antes de que Israel tomara la margen occidental del Río Jordán, los territorios históricos de Judea y Samaria—.

La propia nomenclatura lo desmonta: el término «Palestina» fue acuñado por el emperador romano Adriano en el año 135 d.C. para rebautizar la provincia de Judea tras la revuelta de Bar Kojba, con el objetivo declarado de borrar la conexión histórica del pueblo judío con esa tierra. Tan artificial es el término que los propios hablantes de árabe son incapaces de pronunciarlo: la lengua árabe carece del sonido correspondiente a la letra P. Los árabes dicen «Filistin» —una adaptación que delata el origen foráneo del nombre que hoy se reivindica como identidad ancestral.

El propio Islam conquistó y colonizó la región a sangre y fuego en el siglo VII, destruyendo las culturas preislámicas preexistentes. «Palestina» es, en sí mismo, un término colonial: acuñado por Roma, perpetuado por el Islam, vaciado de contenido propio.

Entre 1948 y 1967, Jordania ocupó Judea y Samaria. Lejos de fundar ningún Estado palestino —con capital, gobierno o instituciones—, la monarquía hachemita se dedicó a destruir el legado judío de la región: demolió las 58 sinagogas de la ciudad vieja de Jerusalem y convirtió el entorno del Muro Occidental del Templo en un vertedero. Diecinueve años de ocupación jordana, y ni un solo intento de crear un Estado palestino. Gaza, bajo control egipcio entre 1948 y 1967, corrió la misma suerte: tampoco allí hubo ninguna reclamación de identidad palestina diferenciada. El relato de la «cultura palestina milenaria» no sobrevive ni a una sola década de la historia real.

El liderazgo palestino lo admitió en sus propias palabras. Zuheir Mohsen, miembro del Comité Ejecutivo de la OLP, declaró en 1977:

«El pueblo palestino no existe. La creación de un Estado palestino es solo un medio para continuar nuestra lucha contra el Estado de Israel. Por razones políticas subrayamos cuidadosamente nuestra identidad palestina, porque es de interés nacional para los árabes abogar por la existencia de los palestinos para equilibrar el sionismo.»
—Zuheir Mohsen, miembro del Comité Ejecutivo de la OLP · Trouw, marzo 1977

LA OLP, FUNDADORA DE LA «CULTURA PALESTINA», ES UNA ORGANIZACIÓN TERRORISTA

La OLP fue designada organización terrorista por numerosos gobiernos occidentales durante décadas. Su líder, Yasser Arafat, dirigió la organización cuando esta planificó la masacre de Munich en 1972 (11 atletas israelíes asesinados), el atentado en el aeropuerto de Lod (26 muertos) y decenas de secuestros de aviones.

En 1988 «renunció al terrorismo» en Ginebra en el mismo momento en que la URSS se hundía y la financiación soviética desaparecía —y necesitaba el dinero occidental—. Firmó los Acuerdos de Oslo. Recibió el Nobel de la Paz. Luego boicoteó cada acuerdo. Bill Clinton, en sus memorias, le culpó directamente del fracaso de Camp David en el año 2000. Arafat murió con una fortuna personal estimada en 1.000 millones de dólares.

La «cultura palestina» fue construida institucionalmente por una organización terrorista cuyos líderes se enriquecieron con el dinero destinado a su pueblo. Ese es su origen.

TRES VECES LES OFRECIERON UN ESTADO. TRES VECES LO RECHAZARON.

Los palestinos han rechazado todas las ofertas de Estado:

  • 1948, el Plan de Partición de la ONU — rechazado, atacaron a Israel.
  • 2000, Camp David: Israel ofreció más del 90% de Cisjordania, Gaza y parte de Jerusalem — Arafat se fue sin hacer contrapropuesta.
  • 2008: el primer ministro Olmert ofreció el 93,7% de Cisjordania, un corredor a Gaza y compartir Jerusalem — Abbas lo rechazó. El propio Abbas lo admitió públicamente años después.

No hay ningún otro pueblo en la historia que haya rechazado tres veces consecutivas la oferta de un Estado propio. No quieren un Estado junto a Israel. Quieren un territorio sin Israel. Eso no es aspiración nacional: es programa de destrucción.

40.000 MILLONES DE DÓLARES EN AYUDA. SIN MONEDA, SIN AEROPUERTO, SIN ESTADO.

Desde 1994, la comunidad internacional ha transferido más de 40.000 millones de dólares a los palestinos (fuente: OCDE), convirtiéndoles en uno de los mayores receptores de ayuda per cápita del mundo. Con esa cantidad podrían haberse construido un Estado funcional, infraestructuras, instituciones.

En su lugar: sin moneda propia, sin aeropuerto operativo, sin sistema judicial independiente, sin economía viable. El dinero fue a financiar terrorismo, a enriquecer a sus dirigentes y a perpetuar un conflicto que genera más financiación.

El argumento de que los palestinos necesitan más recursos para desarrollar su «ecosistema cultural» ignora que llevan 75 años y 40.000 millones de dólares sin construir un Estado, no por falta de medios sino por elección de sus líderes. Cuando Urtasun habla de «movilizar recursos» para la cultura palestina, está proponiendo añadir una capa más a la mayor operación de ayuda internacional de la historia moderna —sin ningún resultado acumulado que la justifique.

LA «CULTURA PALESTINA» VOTÓ MAYORITARIAMENTE A HAMAS. UNA ORGANIZACIÓN TERRORISTA CALIFICADA COMO TAL POR LA UE.

En enero de 2006, los palestinos celebraron elecciones libres. Hamas obtuvo el 44% de los votos y mayoría parlamentaria. Hamas está designado como organización terrorista por la Unión Europea, Estados Unidos y el Reino Unido. Su carta fundacional recoge explícitamente el exterminio de los judíos como objetivo.

Tras el 7 de octubre de 2023 —1.200 israelíes asesinados, mujeres violadas, menores quemados vivos, 251 rehenes— las encuestas mostraron un aumento del apoyo a Hamas entre la población de Gaza. Mahmoud Abbas, por su parte, lleva casi veinte años gobernando sin convocar elecciones: su mandato expiró en enero de 2009.

La «cultura palestina» incluye votar mayoritariamente a una organización terrorista cuyo objetivo es el exterminio de los judíos, y aplaudir el mayor atentado antisemita desde el Holocausto. ACOM rechaza que eso merezca un pacto internacional de protección.

LOS ELEMENTOS «CULTURALES PALESTINOS» SON CULTURA ÁRABE LEVANTINA. LOS APELLIDOS LO CONFIRMAN.

El dabke se baila en Líbano, Siria, Jordania e Irak desde mucho antes de que existiera la identidad política palestina. La kufiya es un pañuelo beduino de toda la región árabe, politizado por Arafat en los años 60. El tatreez es una tradición textil compartida en todo el Levante.

Los propios apellidos palestinos revelan su origen: Al-Masri («el egipcio») es uno de los más comunes en Gaza; los hay también derivados de Bagdad, de Tikrit, de Hauran (Siria) y de ciudades de la Península Arábiga. Son familias árabes llegadas al territorio en los siglos XIX y XX.

No hay una «cultura palestina» diferenciada de la cultura árabe regional: hay cultura árabe a la que se ha colocado encima una bandera política. Si la «cultura palestina» es árabe levantina compartida con sirios, jordanos y libaneses, ¿por qué no se pide un pacto internacional para proteger la cultura árabe? Porque el objetivo no es la cultura: es la narrativa contra Israel.

EL PATRIMONIO DE ESA TIERRA ES JUDÍO, ROMANO Y ÁRABE — Y LA AUTORIDAD PALESTINA LO NIEGA ANTE LA UNESCO

La propia autoridad islámica que administra el Monte del Templo, el Waqf de Jerusalem, ha destruido de manera sistemática los vestigios arqueológicos de los dos Templos judíos: el patrimonio histórico más antiguo y documentado de ese lugar sagrado. Toneladas de tierra con restos del período del Primer y Segundo Templo fueron extraídas y vertidas en vertederos durante décadas de obras clandestinas, con el propósito de eliminar toda evidencia de presencia judía. El cineasta Pierre Rehov lo documentó en detalle.

Mientras treinta delegaciones firmaban en el Reina Sofía un pacto para proteger la «cultura palestina», ese patrimonio judío milenario lleva décadas siendo destruido en silencio.

El patrimonio arqueológico del territorio es cananeo, israelita, romano, bizantino, islámico y otomano. Ninguno de esos períodos corresponde a una entidad política llamada «Palestina». Hamas destruyó en 2017 Tel Es-Sakan, una ciudad cananea de 4.500 años, para construir infraestructuras.

La Autoridad Palestina impulsó en la UNESCO una resolución en 2016 —aprobada con 24 votos a favor— que niega los vínculos históricos del judaísmo con el Monte del Templo, el lugar más sagrado del judaísmo, usando exclusivamente denominaciones islámicas para los sitios de Jerusalem.

Cuando Urtasun habla de «protección patrimonial palestina», está avalando la misma narrativa que en los foros internacionales borra tres mil años de historia judía en esa tierra. La Autoridad Palestina niega en la UNESCO que los judíos tengan vínculos históricos con Jerusalem. Ese es el «patrimonio cultural» que el Ministerio de Cultura de España acaba de comprometerse a proteger.

LA «CULTURA PALESTINA» INCLUYE CRÍMENES DE HONOR, PERSECUCIÓN DE HOMOSEXUALES Y DISCRIMINACIÓN SISTEMÁTICA

A la lista de rasgos que definen la «cultura palestina» según sus defensores internacionales habría que añadir los que sistemáticamente omiten: los crímenes de honor contra mujeres —legalmente tolerados o escasamente penalizados en los territorios palestinos—, el matrimonio forzado y con menores, el asesinato de personas homosexuales —Gaza bajo Hamas aplica una interpretación de la sharia que persigue y mata a personas por su orientación sexual—, y el racismo contra los propios palestinos de origen subsahariano.

Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado sistemáticamente estas violaciones. Ninguna de las treinta delegaciones que firmaron el pacto de Urtasun incluyó estas realidades en la definición de la «cultura» que se comprometían a proteger.

Quien exige un pacto internacional para proteger la «cultura palestina» tiene la obligación de explicar qué parte exactamente pretende preservar: ¿el dabke o los crímenes de honor? ¿La kufiya o la persecución de homosexuales? El silencio es parte del relato.

CONCLUSIÓN

La «cultura palestina» no es un legado milenario en peligro: es una construcción política fabricada por una organización terrorista a partir de 1964, mantenida con decenas de miles de millones de dólares de financiación internacional, y usada como instrumento diplomático para erosionar la legitimidad del Estado de Israel.

ACOM rechaza que instituciones públicas españolas y los recursos de todos los contribuyentes sean puestos al servicio de esta operación, y exige que el Ministerio de Cultura rinda cuentas sobre el coste y los compromisos adquiridos en nombre de España.

Esta iniciativa no puede desvincularse de la obsesión personal del ministro Ernest Urtasun con la causa palestina, a la que dedica una atención, unos recursos y un tiempo completamente desproporcionados e injustificables para quien ostenta la responsabilidad de un ministerio cuya misión es promover la cultura española. ACOM califica esta conducta como una enfermiza fijación contra Israel y contra los judíos que contamina el ejercicio de un cargo público y exige responsabilidades políticas.

RESPONSABILIDAD ESPAÑOLA

Factual:
El Ministerio de Cultura organizó la conferencia en el Museo del Prado y el Reina Sofía —instituciones financiadas con impuestos de todos los españoles—. La contraparte del acuerdo es el Ministerio de Cultura de la Autoridad Palestina, un órgano político, no una institución cultural. El Museo Reina Sofía acumula desde octubre de 2023 una cronología documentada de actividades hostiles hacia Israel —incluyendo el acoso a tres mujeres judías mayores a las que se les exigió abandonar el recinto o esconder sus símbolos israelíes— y su director está denunciado penalmente por ACOM por presunta incitación al odio antisemita (art. 510 CP).

Político:
La hispanidad —600 millones de hispanohablantes, la segunda lengua del mundo, 22 países— no tiene una conferencia ministerial promovida por el Ministerio de Cultura de España. El español no tiene un «Pacto Internacional». El patrimonio iberoamericano no tiene 30 delegaciones en el Reina Sofía. Un Ministerio de Cultura que dedica sus recursos a fabricar identidad palestina en lugar de promover la cultura española no está haciendo política cultural: está haciendo política ideológica con dinero de todos.

Recapiti
Acción y Comunicación sobre Oriente Medio