Viticultura sostenible: cuidar la tierra como si fuera la familia - Bodega Javier Sanz Viticultor

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En La Seca, donde la viña ha pasado de generación en generación, la sostenibilidad no aparece como una estrategia reciente. Parte de una idea más básica. Si la misma tierra tiene que seguir produciendo dentro de décadas, no se puede trabajar pensando solo en la siguiente vendimia.

El punto de partida es el suelo. En una zona de terreno cascajoso, con poca materia orgánica, mantener su estructura es clave. Evitar la erosión, favorecer la vida microbiana y no forzar la producción son decisiones que afectan directamente a la calidad de la uva y a la viabilidad del viñedo a largo plazo. Por eso se trabaja con cubiertas vegetales en determinadas parcelas, se controla el paso de maquinaria y se limita el uso de tratamientos a lo estrictamente necesario.

El agua es otro factor crítico. No es un recurso ilimitado y su gestión condiciona todo el ciclo de la planta. El objetivo no es regar más, es regar mejor cuando hace falta, manteniendo el equilibrio de la vid sin alterar su comportamiento natural. En muchos casos, la propia estructura del suelo ayuda a ello, permitiendo un drenaje eficaz y evitando acumulaciones que afectarían a la raíz.

La sostenibilidad no se limita al viñedo. En bodega también se han incorporado cambios. Sistemas de recirculación y depuración de agua reducen el consumo total, y el uso de energía solar permite disminuir la dependencia de fuentes externas. No es una cuestión de imagen, es una forma de ajustar el funcionamiento diario a un entorno concreto.

A esto se suma la forma de trabajar. Mantener viñedos antiguos, recuperar variedades y no forzar rendimientos implica aceptar producciones más bajas. Desde un punto de vista estrictamente productivo, podría parecer una desventaja. Sin embargo, es lo que permite conservar el equilibrio de la planta y evitar el desgaste del suelo.

En Rueda, donde el clima y el tipo de terreno ya marcan límites claros, la sostenibilidad no consiste en añadir procesos, sino en ajustar los que ya existen. Cada intervención en el viñedo tiene un efecto acumulativo. Por eso se mide y se corrige con el tiempo.

El resultado no es inmediato. Igual que ocurre con la calidad del vino, el impacto de estas decisiones solo se entiende a largo plazo. La diferencia está en que el viñedo mantiene su capacidad productiva y su equilibrio campaña tras campaña.

Cuidar la tierra como si fuera parte de la familia no es una forma de hablar. Es una manera de trabajar que implica asumir que lo que se hace hoy condiciona directamente lo que vendrá después. En un proyecto que depende del mismo suelo generación tras generación, no hay otra opción razonable.

Recapiti
Amaya