El recorrido de un discurso: de una editorial falangista al prime time de la televisión generalista
Resumen ejecutivo
Juan Carlos Sánchez, que firma como Carlos Sánchez, ha publicado un libro titulado El secuestro del pueblo judío cuya tesis es que el pueblo judío no existe como tal y que su identidad fue «secuestrada» por una minoría. Lo edita SND Editores, sello domiciliado en el mismo inmueble del Espacio Ardemans, punto de encuentro de la extrema derecha madrileña, donde presenta sistemáticamente sus libros y donde conviven en catálogo la exaltación de la División Azul y la reivindicación del líder rexista Léon Degrelle. Al anunciar la publicación, el propio autor agradeció el apoyo a un falangista declarado que atribuye públicamente a los judíos «préstamismo, usura, especulación» y a un propagandista de los intereses de la República Islámica de Irán, habitual del mismo circuito editorial.
Su producción escrita no se detiene ahí. En la publicación digital Brownstone España, de la que es miembro fundador, ha desarrollado durante meses una obsesión sostenida en la que el motor de la historia es «la banca judía», el Estado de Israel es un «ente» cuya desaparición se anuncia como deseable, y el declive moral de Occidente se atribuye a que «la cantidad de judíos dedicados a la pornografía es absolutamente desproporcionada». El 3 de agosto de 2026 dio un paso más: en un artículo que sostiene que Israel ejecuta una profecía talmúdica de destrucción del mundo cristiano, señaló nominalmente a David Hatchwell —cofundador de ACOM— como intermediario de una operación de espionaje del Mossad sobre el Estado español y como agente de captura de partidos políticos españoles, identificándolo expresamente por su condición de sionista. Esas afirmaciones son falsas, constituyen injurias y se encuentran ya denunciadas.
Nada de esto sería asunto de la televisión pública si el propio Sánchez no lo hubiera convertido en tal. Es el marido y colaborador profesional de Beatriz Talegón, colaboradora habitual y presentadora sustituta de Horizonte, con quien firma además en la misma publicación digital y comparte sus contenidos audiovisuales. Y fue él quien decidió irrumpir con extrema violencia verbal en una conversación dirigida a la cuenta oficial del programa, para arrastrar hasta ella sus ataques contra ACOM. Este documento acredita, con fuentes abiertas y verificables, ese recorrido: de una editorial de ultraderecha a un plató de máxima audiencia. No se pide censura ni uniformidad ideológica. Se constata únicamente que alrededor de un programa de esa relevancia se ha ido acumulando un elenco de figuras que convierten a Israel, al «sionismo» o directamente a los judíos en protagonistas recurrentes de teorías conspirativas. Horizonte y su audiencia merecen algo mejor.
Los hechos
Juan Carlos Sánchez —que utiliza públicamente el nombre Carlos Sánchez y en X la cuenta @Cyandeceres— ha desarrollado de forma sostenida y reiterada una fijación pública contra ACOM y contra numerosas personas identificadas con la comunidad judía o con la defensa de Israel en España, a las que señala, descalifica y convierte en objetivo habitual de sus mensajes en redes sociales.
No es necesario adjetivar demasiado para comprender el tono. Basta con leer sus propias palabras.
Sánchez denomina reiteradamente a ACOM como una organización que actúa como lobby sionista, y ha afirmado que la asociación trabaja para los intereses de una potencia extranjera y «conspira» contra España. A personas a las que vincula con ACOM las interpela preguntándoles si trabajan para el «lobby sionista», acompañando estas acusaciones de descalificaciones personales. A uno de sus objetivos lo ha denominado «mascota favorita de ACOM». En otro mensaje se refiere directamente a la «letrina sionista». Y su discurso no se limita siempre a Israel o al sionismo: ha llegado a escribir «el pueblo judío (si es que tal cosa existe)».
El uso reiterado de la expresión «lobby sionista» se inscribe en una narrativa que presenta a ACOM como una supuesta estructura de influencia política encubierta al servicio de una potencia extranjera. ACOM es, en realidad, una asociación española que trabaja por la mejora de las relaciones entre las democracias de España e Israel.
Una precisión necesaria sobre la palabra «sionista»
Conviene detenerse aquí, porque toda la operación retórica que sigue depende de una tergiversación previa del término.
Qué es el pueblo judío
Los judíos no son una raza. Hay judíos de todas las razas, y quien pretenda lo contrario incurre precisamente en el error que sostuvieron sus perseguidores. Pero de que no sean una raza no se sigue en absoluto que no sean un pueblo, que es el salto que este tipo de textos necesita dar.
Lo que vincula a los judíos entre sí es una estirpe, transmitida por vía matrilineal según la tradición halájica, entendida como una filiación extendida que conecta a sus miembros a lo largo de generaciones y territorios. Esa conexión tiene además una base religiosa que impregna un sistema de valores compartido —la tradición judía— y que sigue operando como sustrato cultural con independencia de la práctica individual: hay judíos observantes, laicos y ateos, y todos ellos se reconocen como parte de lo mismo.
Eso es, exactamente, la definición de un pueblo: una comunidad histórica cuyos miembros tienen sentido de pertenencia a ella. Que dentro de ese pueblo convivan grupos con lenguas litúrgicas, ritos y trayectorias distintas —ashkenazíes, sefardíes, mizrajíes, Beta Israel— no lo desmiente; lo mismo ocurre en cualquier pueblo de dispersión milenaria, y ninguna otra nación ve cuestionada su existencia por ello.
Cuando un pueblo se autodetermina en un Estado, y lo hace además en su tierra ancestral, y en ese Estado vive aproximadamente la mitad de sus miembros —los datos que el propio autor maneja lo confirman: unos 7,4 millones sobre algo menos de 16—, resulta enteramente natural que los judíos de la diáspora sientan proximidad y simpatía hacia él. Es lo que sucede con cualquier diáspora del mundo respecto de su país de referencia, sin que a nadie se le ocurra convertirlo en sospecha de deslealtad.
Por eso el intento de disolver al sujeto —sostener que el pueblo judío es «una entelequia» o un «Golem de barro informe»— no es una discusión académica sobre categorías sociológicas. Es el paso previo indispensable para negar a ese pueblo, y solo a ese pueblo, un derecho que no se discute a ningún otro.
Qué es el sionismo
El sionismo es el movimiento que sostiene el derecho del pueblo judío a la autodeterminación nacional en la tierra de Israel. No es una ideología marginal, ni una doctrina esotérica, ni una organización secreta: es la posición inmensamente mayoritaria entre los judíos de todo el mundo y compartida por millones de personas que no son judías. Definirse como sionista equivale, sencillamente, a reconocer a los judíos el mismo derecho que nadie discute a ningún otro pueblo.
Por eso el término, en sí mismo, no es peyorativo ni puede serlo. Lo que sí resulta significativo es el uso que de él se hace. Cuando «sionista» deja de designar una posición política concreta y pasa a funcionar como sujeto de una conspiración —el «lobby sionista» que compra voluntades, la «banca sionista» que financia guerras, los cuadros de un partido español ocupados por «las huestes» de un particular señalado como sionista—, la palabra ha dejado de describir para pasar a sustituir.
Ese es precisamente el mecanismo del antisemitismo contemporáneo: no ha renunciado a su objeto, ha cambiado de nombre. Donde antes se decía «los judíos», ahora se dice «los sionistas» o «Israel», tratados como un judío colectivo al que atribuir las mismas propiedades de siempre —el poder oculto, el control del dinero y de los medios, la deslealtad, la corrupción moral de las sociedades que los acogen— con la ventaja de que la fórmula resulta socialmente presentable y permite al emisor proclamarse a salvo de cualquier reproche.
La prueba de que se trata de eso, y no de crítica política a un Gobierno extranjero, aparece cuando el eufemismo se agrieta y el sujeto real asoma. En el corpus que se examina a continuación ocurre en más de una ocasión: cuando se escribe «el pueblo judío (si es que tal cosa existe)», cuando se identifica a analistas y autores no por su posición sino por su condición judía, o cuando se atribuye a «los judíos» como colectivo la corrupción moral de Occidente. Ahí ya no hay sionismo del que hablar.
Esto explica también algo que de otro modo resultaría desconcertante: por qué la ultraderecha que añora el nazismo se ha convertido en una de las principales fuentes de impugnación de la legitimidad de Israel. No es una paradoja ni una conversión reciente al antiimperialismo. Es continuidad. Para quien nunca abandonó la hostilidad hacia los judíos pero ya no puede expresarla en los términos de 1935, la deslegitimación del Estado judío ofrece exactamente lo que necesita: el mismo objeto, una fraseología socialmente admisible y, además, la posibilidad de presentarse como parte de una causa moralmente elevada.
Ese es el sentido de que un libro que niega la existencia misma del pueblo judío se publique en una editorial de ese entorno, se agradezca a un falangista declarado que atribuye a los judíos la usura y la especulación, y se difunda en un circuito donde conviven la exaltación de la División Azul y la reivindicación de Degrelle. No hay contradicción alguna entre esos elementos. Son la misma cosa expresada en dos registros: el antiguo, que ya no se puede decir, y el actual, que sí.
Un libro, una editorial y unos padrinos
Sánchez es, además, autor de un libro titulado El secuestro del pueblo judío, que promociona personalmente y al que ha dedicado numerosos contenidos en sus redes. Él mismo lo ha anunciado como el primero de dos volúmenes, y lo ha resumido públicamente como el análisis de cómo el sionismo habría secuestrado la diversidad de identidades judías para someterlas a «una ideología racista y supremacista».
Conviene detenerse en quién publica ese libro y en a quién agradece el autor su publicación, porque ambas cosas las ha hecho públicas él mismo.
La editorial
El libro está publicado por SND Editores. No hace falta acudir a valoraciones ajenas para situar a esta editorial: basta con su propia información pública.
SND Editores hace constar como domicilio, en su propio perfil oficial de X, la calle Ardemans 66, 1B, de Madrid. Es el mismo inmueble que alberga el Espacio Ardemans, local de conferencias y venta de material que constituye uno de los principales puntos de encuentro de la extrema derecha madrileña. La coincidencia no es casual ni meramente registral: la propia agenda de eventos publicada en la web de SND acredita que la editorial celebra de forma sistemática allí sus presentaciones de libros, año tras año.
El catálogo es coherente con esa ubicación. SND edita obras de exaltación de la División Azul; ha presentado en ese mismo local títulos como «¿Fascismo o Falange?» o el dedicado a Léon Degrelle, el líder rexista belga que combatió en las Waffen-SS, en un acto con la presencia de su hija; y su colección de política incluye títulos cuyas propias sinopsis promocionales describen al pueblo judío como «el pueblo militante por excelencia», «un pueblo de propagandistas».
En ese mismo espacio se presentó, además, un libro prologado por Carlos Paz, una de las dos personas a las que Sánchez agradece públicamente el apoyo a su libro; y Carlos Paz intervino asimismo, junto al autor, en la presentación del título de SND «Hacia una Europa islamizada». No se trata, por tanto, de coincidencias sueltas, sino de un circuito estable de personas, local y sello editorial.
No estamos ante un sello generalista que haya publicado un ensayo polémico. Estamos ante una editorial con identidad ideológica definida, domiciliada en la sede física de ese entorno, en cuyo catálogo el libro de Sánchez encaja sin fricción alguna.
Los agradecimientos
Al anunciar la publicación en su cuenta de X, Sánchez agradeció expresamente el apoyo recibido a tres cuentas: la de la propia editorial, @sndeditores, y las de dos personas concretas, @Mynestrillas y @CarlosPazC2021. El agradecimiento es suyo, es público y es explícito: «por su apoyo incondicional y el cariño con el que han tratado este trabajo».
Martín Ynestrillas (@Mynestrillas) se describe a sí mismo en su propia biografía pública de X como «español, falangista y católico» y como editor. Su actividad pública en esa misma cuenta incluye mensajes en los que atribuye al pueblo judío, como colectivo, las que denomina «habituales prácticas» de «préstamismo, usura, especulación», en respuesta a una declaración del Rey sobre las raíces sefardíes de España. Se trata, literalmente, del repertorio clásico del antisemitismo económico europeo, formulado sin eufemismo alguno.
Carlos Paz (@CarlosPazC2021) mantiene una actividad pública centrada de forma muy destacada en Irán y en el conflicto de Oriente Próximo. Ha defendido públicamente a Hezbolá describiéndolo como «un movimiento político» con una rama militar que habría protegido a los cristianos en Siria; ha entrevistado al embajador de la República Islámica de Irán en España, presentando esa entrevista como una labor que nadie más se había molestado en hacer; ha impartido ponencias sobre Irán; y ha sido entrevistado por RT —el canal de propaganda del Estado ruso, sancionado en la Unión Europea— en un contenido titulado «El sionismo ataca a Irán».
Es decir: el autor agradece públicamente el apoyo a la publicación de su libro sobre el pueblo judío a un falangista declarado que difunde tropos antisemitas clásicos y a un propagandista de los intereses de la República Islámica de Irán. No es una inferencia de terceros. Es su propio agradecimiento, en su propia cuenta, con nombres y apellidos.
Brownstone: una obsesión sostenida, no un exabrupto
El libro no es un episodio suelto. Procede de una serie publicada por entregas en Brownstone España, medio del que Sánchez es miembro fundador y donde presenta además un podcast semanal. La serie, titulada igual que el libro, consta de cuatro entregas publicadas entre octubre de 2025 y enero de 2026, y el propio autor anuncia varios capítulos más.
Su lectura completa permite descartar la hipótesis benévola de que se trate de crítica política a un Gobierno extranjero. Lo que aparece de forma sistemática es otra cosa:
- Un agente causal étnico-financiero. La historia del sionismo se explica de forma recurrente por la acción de «la banca judía», las «élites bancarias ashkenazíes» o «la banca internacional judía». Es especialmente revelador que el propio texto documente el contraejemplo que desmiente esa tesis —el barón Edmond de Rothschild rechazó el sionismo político y se negó a ceder sus asentamientos a la Organización Sionista hasta 1924— y mantenga la generalización pese a ello.
- Un sistema explicativo no falsable. La adhesión occidental a Israel se atribuye a campañas de propaganda y a «cientos de miles de bots de pago». Bajo ese esquema, cualquier discrepancia con el autor queda automáticamente reinterpretada como prueba de la conspiración que denuncia.
- La negación del sujeto colectivo judío. La serie sostiene que el pueblo judío no existe como etnia y lo despoja de toda consistencia como sujeto. De ahí deriva que el Estado sea «artificial», «creación artificial», «ente sionista», y que su desaparición sea presentada como desenlace probable y deseable.
- La inversión de la responsabilidad histórica. En la cuarta entrega, tras admitir que sería «aventurado» calificar de nazi al sionismo revisionista, el autor concluye que el sionismo bebió de los planteamientos expansionistas del nazismo «cuando no directamente los inspiró», y sostiene que los judíos europeos no sionistas fueron «abandonados a su suerte en el matadero europeo».
- La demonización personal de dirigentes. Ben Gurión habría organizado una represión interna «que habría hecho sonrojar al propio Stalin»; y en otro artículo de la misma publicación se designa reiteradamente a Netanyahu por el apellido familiar anterior, «Mileikowsky», un recurso cuya única función es sugerir impostura y origen oculto.
Este último punto merece una precisión, porque revela hasta qué punto el procedimiento es deliberado. Durante el zarismo, los judíos del Imperio ruso fueron obligados por ley a adoptar apellidos ajenos a su tradición, impuestos por la administración. Muchas familias los rehebraizaron al establecerse en Israel, recuperando una nomenclatura propia. Designar hoy a un dirigente israelí por aquel apellido impuesto no desvela ningún origen oculto: reivindica la imposición del perseguidor frente a la elección del perseguido, y utiliza como supuesta prueba de impostura lo que fue precisamente una discriminación sufrida.
- La conspiración aplicada a España. En un artículo de agosto de 2026 afirma, atribuyéndolo a «fuentes policiales» que no identifica, que todos los datos que pasan por el sistema Pegasus acabarían en poder del Mossad, y señala con nombre y apellidos a empresarios españoles como vía de esa supuesta operación.
El artículo sobre Ceuta y Melilla: el caso más grave
Un texto publicado el 3 de agosto de 2026, titulado «El colapso de Edom y la invasión de Ceuta y Melilla», concentra los elementos más serios de todo el corpus y desmiente, además, la defensa habitual del autor de que su discurso se dirige al sionismo y no a los judíos.
La tesis del artículo es que Israel estaría trabajando para que una profecía talmúdica —la caída de «Edom», identificada con la Cristiandad— pase «del terreno de la escatología al de la planificación política». Es decir: se atribuye a un Estado un plan de destrucción del Occidente cristiano derivado de sus textos religiosos. Esa estructura argumental —los textos sagrados judíos como programa oculto contra los cristianos— es una de las matrices históricas del antisemitismo europeo.
A lo largo del texto, los actores no se identifican por su posición política sino por su condición judía: Michael Rubin es presentado como «un judío sionista muy influyente en los pasillos de Washington»; William Kristol y Robert Kagan como «sendos sionistas»; Gisèle Littman como «la historiadora judía». Se afirma asimismo que «los judíos siempre hayan vivido más cómodos en entornos de mayoría musulmana», y que PP y VOX «están secuestrados de facto por Israel».
El pasaje decisivo, sin embargo, no tiene relación alguna con Israel ni con el sionismo. Al sostener que el declive moral de Occidente se debe «a la mano sionista», el autor escribe que desde los años setenta «la cantidad de judíos dedicados a la pornografía es absolutamente desproporcionada», y lo ilustra nombrando a dos particulares por su condición de judío o de «si