José Antonio Rodríguez Piedrabuena: Los incendios - PROA Comunicación

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Como síntomas de una manera de vivir colectiva, los seres humanos, por lo general, no saben cuidarse. No cuidan de su salud. No cuidan de su entorno. No perciben la fragilidad, común a todo lo viviente. Educados en exigir derechos, no obligaciones, ni responsabilidades, las funciones de alerta cerebral se anulan, declinan. Los cerebros están programados, de base, para alertar de los peligros y las equivocaciones. Para la anticipación y la preservación de la vida; la nuestra y la del entorno.

Hay una fiesta aquí en la Provincia y al día siguiente hay 20 toneladas de basura.

Si vamos a los mares sería por miles de millones.

Se sabe que la maleza, al secarse, va a ser incendiada o va a atascar los ríos y arroyos. ¿Cómo hemos tolerado que se imponga mantenerla intacta?

Vemos cómo a muchas naciones se le están quemando bosques, edificios, casas y no tienen suficientes equipos para, volando, descargar el agua necesaria para pagar los fuegos. Podemos decir lo mismo de cualquier nación europea, incluida España.

Un misil cuesta más que una avioneta apagafuegos. Los gobiernos tampoco saben el inmenso peligro que corremos con tantos miles de hectáreas quemadas. Se arman hasta los dientes para la guerra que puede venir, pero permanecen ciegos a la inmensa catástrofe que está sucediendo ahora.

Abandono del campo y distancia con la realidad rural

Los incendios son una consecuencia más de cómo el ser humano, encerrado cada uno en su ambiente mental, físico e ideológico, no ve más allá.

A esto contribuye el abandono del campo, que ya no se siente cerca, sino lejos, por emigración a las ciudades.

Así se legisla desde la lejanía. Leyes que no tienen mucho que ver con la realidad del campo.

No tengo que explicar cómo los fanáticos ecologistas son bastante responsables de todo desde la Cámara Europea. La PAC no ha considerado convenientemente las necesidades de la ganadería extensiva, a la cual, afortunadamente, en casos muy aislados, ya se la está utilizando como si fuera un cuerpo de bomberos preventivo, dedicado a limpiar el bosque.

Nos encontramos ante los efectos de la distancia del mundo que se produce cuando las ideas se transforman en ideología militante; cuando todo es entendido como una vía de control desde la superioridad moral. Hoy no podemos tocar ni una zarza. Una muestra de que el sueño de la razón crea monstruos.

Cuando el humano milita se ciega a la realidad y se vuelve correoso y violento en el momento en el que se le cuestiona. Espero esa reacción ahora.

Pueblos, agricultura y burocracia

Una pequeña verdad: los incendios se producen porque los pueblos están siendo abandonados.

Los pueblos están siendo abandonados porque llevan siendo atacados de muchas maneras desde hace al menos 40 años. En estos momentos, esas “maneras” no son fáciles de resumir.

Ustedes, los urbanitas, ¿extenderían sus nóminas sobre el terreno de unas parcelas a la intemperie, a merced del clima, los intermediarios y la burocracia? Por ponerlo en contexto, un pequeño agricultor debe dedicar doscientas sesenta horas anuales a la burocracia. ¿Sembrarían cereales, sabiendo que el precio va a ser el mismo durante los próximos 20 años? ¿Lo harían, sabiendo que además van a ser acusados de contaminar?

Seguramente habrán visto alguna peregrinación a una granja para cargar contra el sacrificio de los animales. Más difícil se me antoja que hayan visto a nadie acudir a La Mancha para presenciar la ruina que el clima ha acarreado, destrozando setenta mil hectáreas heladas o encharcadas. Nadie pone el ojo sobre los cientos de agricultores que, tantas veces, han visto destruida su nómina.

Tenemos campos desbastados por los conejos, protegidos con cupos de caza para no erradicarlos. En lo que va de temporada, sólo en La Mancha, siete mil hectáreas, sin ir más lejos. Cuando estos animalillos atacan, hay que arrancar las cepas y ya no existe recuperación posible.

La agricultura no contamina tanto como los miles de automóviles en la gran urbe que, cualquier mañana, se dirigen a los trabajos. Sin mencionar los cinco millones del desplazamiento al inicio y al retorno de las vacaciones.

Consecuencias ambientales y sanitarias

Los medios audiovisuales muestran los incendios con todo detalle, pero rara vez explican, con la ayuda de biólogos, ambientalistas y otros expertos, el terrible daño que provocan sobre el medioambiente y sobre nuestra salud.

La contaminación generada por un incendio puede viajar cientos de kilómetros. El humo contiene numerosas sustancias perjudiciales, como las partículas PM2,5, capaces de penetrar en el torrente sanguíneo e incluso alcanzar el cerebro. Estas partículas están relacionadas con la aparición y el agravamiento de enfermedades respiratorias, como el asma y la EPOC.

También se liberan hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), algunos de ellos cancerígenos y perjudiciales para el sistema inmunitario; compuestos como el benceno, el formaldehído y el tolueno, con posibles efectos mutagénicos y cancerígenos; y gases como el monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre. En determinadas circunstancias, también pueden encontrarse PFAS, conocidos como “químicos eternos”.

La exposición al humo de los incendios se asocia con infecciones respiratorias agudas, especialmente neumonías; enfermedades cardiovasculares, como la cardiopatía isquémica, el infarto de miocardio y el ictus; cáncer de pulmón y, según una evidencia científica creciente, diabetes tipo 2. Sin embargo, apenas se presta atención al hecho de que los bomberos respiran todas estas sustancias mientras combaten el fuego.

Los incendios también pueden contaminar el agua de pozos y ríos. Al destruir la vegetación, las raíces y los hongos que cubren el subsuelo y que son fundamentales para retener y filtrar el agua y proporcionar nutrientes a los árboles, el fuego deteriora gravemente la capacidad del ecosistema para recuperarse

Incendiarios, responsabilidad y daño social

¿Exagero cuando digo que un incendiario nos quiere matar a todos y acabar también con la vida que habita en los bosques? ¿Cuál debería ser la pena para quien causa semejante daño? ¿Se ha investigado a fondo qué puede haber detrás de tantos incendios provocados, más allá de las acciones individuales, especialmente en momentos como estos, marcados por la guerra híbrida? A veces aparecen cinco focos en un mismo monte. Eso no es el clima. Cuesta creer que tantos incendios sean fruto de la casualidad.

Para algunos incendiarios ver o provocar un incendio les excita, en muchos casos hasta sexualmente. Sin embargo, no se está detallando el daño que provocan, en muchos casos para siempre.

Que algunos de ellos, incluso reincidentes, permanezcan en libertad con cargos indica que la sociedad —todos nosotros, incluidos los políticos que legislan— tiene una percepción vaga y difusa de lo que los incendios significan para el planeta. No sabemos cuantificar verdaderamente el daño causado y, por tanto, tampoco establecer el castigo que debería derivarse de él.

Los incendios no son provocados por el calor. Este es otro tópico que sirve de justificación, alienta indirectamente a los delincuentes y permite a los gestores eludir sus responsabilidades. Algo parecido sucede con las inundaciones: no se limpian los cauces de arroyos y ríos porque se considera que no debe tocarse una naturaleza supuestamente prístina y virginal, del mismo modo que tampoco se cuidan ni se limpian adecuadamente los montes.

Divulgación, campo y alimentación

No se traguen el bulo de que el calor extremo produce incendios. Los medios deberían restar media hora a los programas de cotilleo y dedicarla a que los expertos explicasen las consecuencias del fuego y la hermosa complejidad de la vida vegetal y animal que destruye. No parece pedir demasiado: se han dedicado programas de salud pública durante semanas a prevenir los posibles daños oculares provocados por el eclipse. Sin embargo, esta sociedad desnortada despacha el peligro de los incendios con advertencias diluidas en los partes meteorológicos.

Se ha llegado incluso al extremo de demonizar los lácteos y la carne, contribuyendo así a la desaparición de miles de granjas. Se dicen barbaridades como que los animales no deben pisar el campo porque apelmazan la tierra. Sin embargo, después de sembrar se utilizan rulos de cinco mil kilos para compactar el terreno y facilitar posteriormente el trabajo de las cosechadoras. Las piedras que no quedan aplastadas por ese proceso pueden producir chispas y provocar incendios, algo muy diferente del pisoteo de las ovejas merinas.

Todo esto tiene un origen antiguo, violento y ambivalente: la hostilidad contra quienes siempre han sostenido nuestra alimentación y cuidado la salud del campo.

Dr. José Antonio Rodríguez Piedrabuena

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