Réplica a Manuel Polavieja (II): valor de cambio concreto, expectativa y poder adquisitivo - Instituto Juan de Mariana

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Manuel Polavieja ha publicado una contrarréplica a mi réplica anterior. No tengo intención de convertir esta discusión en una cadena interminable de respuestas, pero sí considero conveniente cerrar el punto central con la mayor precisión posible. La cuestión debatida es demasiado importante como para dejarla sepultada bajo ejemplos accesorios que, en mi opinión, desvían la atención, desplazamientos conceptuales y aparentes objeciones que, en realidad, no alcanzan el núcleo de mi argumento.

Mi tesis puede formularse de manera clara. Polavieja no refuta mi posición porque nunca demuestra que una expectativa de venta, aunque sea razonable, equivalga ya a valor de cambio concreto. Ahí está todo el problema.

Una cosa es que un bien pueda ser valorado por terceros. Otra cosa es que su poseedor espere venderlo. Y otra, muy distinta, es que pueda atribuirle un valor de cambio concreto, esto es, que pueda estimar subjetivamente qué podría obtener mediante su intercambio y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer indirectamente gracias a él. Polavieja pasa continuamente de la primera o de la segunda idea a la tercera. Pero esas tres cosas no son equivalentes.

Antes de entrar en el análisis, conviene recordar las definiciones de valor de uso y valor de cambio de Menger, para que el lector pueda volver a ellas cuando lo considere necesario:

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta. (Menger, 1871, p. 290)

La misma distinción aparece formulada de manera muy clara en Böhm-Bawerk:

El valor de uso es la importancia que el bien tiene para el bienestar de una persona, suponiendo que esa persona lo utilice personalmente para dar respuesta a sus objetivos. De igual forma, el valor de cambio subjetivo es la importancia que el bien tiene para el bienestar de la persona pero en función de su capacidad para procurarse otros bienes por medio del intercambio. (Böhm-Bawerk 1889, pp. 279-280)

Cuando hablo de valor de cambio concreto no pretendo introducir un concepto distinto del valor de cambio de Menger. Uso esa expresión solo para evitar una confusión: el valor de cambio no es una posibilidad abstracta de venta, ni una mera intención de vender, ni una referencia genérica a que alguien pueda valorar un bien, sino la significación que un bien concreto, o una cantidad concreta de un bien, adquiere para un actor en unas circunstancias determinadas porque este estima, sobre una base realista, que podrá satisfacer ciertas necesidades indirectamente mediante su intercambio.

Del mismo modo, cuando hablo de valor de uso no lo reduzco al consumo material o físico del bien. En sentido praxeológico, puede consistir en cualquier significación subjetiva presente que mueva al actor a actuar porque le permite satisfacer directamente alguna necesidad, del tipo que sea: utilidad directa, curiosidad, experimentación, satisfacción psicológica, motivación ideológica, apuesta especulativa o expectativa empresarial.[1]

Polavieja no responde al problema: lo desplaza

Polavieja comienza afirmando que yo ataco un hombre de paja. Según asegura, él no habría reducido el valor de cambio a una mera intención arbitraria de vender, ni a una conjetura fantasiosa, sino a una estimación racional de que un tercero valorará el bien lo suficiente como para entregar algo a cambio. Esta estimación, siempre incierta y proyectada hacia el futuro, daría lugar a una intención de venta racional.

Pero esa respuesta no alcanza el núcleo de mi argumento. Yo no niego que la expectativa pueda ser racional. Tampoco niego que toda valoración se realice ex ante. Ni que el empresario actúe bajo incertidumbre. Ni que el poseedor de un bien pueda intentar anticipar las valoraciones de otros sujetos. Todo eso es elemental. La cuestión discutida es si esa expectativa racional basta para hablar de valor de cambio concreto. Y mi respuesta sigue siendo negativa.

Polavieja cree resolver el problema sustituyendo la expectativa arbitraria por una expectativa racional. Pero el problema no era solo la arbitrariedad. El problema es si una expectativa de venta, incluso razonable, proporciona ya una base suficiente para atribuir subjetivamente al bien una capacidad de intercambio suficientemente determinada.

No basta con decir: “creo que alguien valorará este bien”. Ni “creo que alguien podría quererlo”. Ni “creo que alguien podría entregarme algo por él”. Todo eso puede ser cierto y, sin embargo, no haber todavía una base suficiente para atribuir valor de cambio concreto. Para que el actor pueda atribuir valor de cambio concreto a un bien hace falta que pueda estimar, sobre alguna base no arbitraria, qué podría obtener mediante su intercambio. Esa estimación puede ser imperfecta, revisable e incierta. Pero no puede ser una pura expectativa abstracta de venta.

Cuando hablo de valor de cambio concreto no quiero decir que el actor deba conocer de antemano todas las necesidades a las que dará satisfacción en el futuro ni los bienes exactos que obtendrá. Tampoco quiero decir que espere un poder adquisitivo estable. Puede esperar que el poder adquisitivo aumente, disminuya o fluctúe. La clave es que atribuya al bien una capacidad de intercambio suficientemente determinada o estimable, de modo que su posesión tenga para él una significación práctica como medio indirecto de satisfacción de necesidades. No basta pensar abstractamente que “quizá alguien lo quiera”; hace falta poder estimar, sobre alguna base, qué capacidad de intercambio puede atribuirse a ese bien.

Aquí se aprecia el desplazamiento conceptual de Polavieja. Yo hablaba de valor de cambio concreto. Él responde hablando de expectativa racional. Pero una expectativa racional sigue siendo expectativa. La pregunta es si esa expectativa basta para constituir valor de cambio concreto. Y eso es precisamente lo que Polavieja no demuestra. De hecho, su propia insistencia en la expectativa confirma mi planteamiento. Antes de que el mercado manifieste alguna relación u oportunidad efectiva de intercambio, lo que hay es expectativa, no una base que permita atribuir valor de cambio concreto.

Valor de uso ajeno no es valor de cambio propio

El ejemplo del agua permite ver con claridad el error. Polavieja sostiene que no hace falta ningún intercambio previo para saber que otro ser humano puede necesitar agua. Basta con estimar que esa persona carece de agua suficiente. En tal caso, mi agua sobrante me aseguraría razonablemente la posibilidad de satisfacer necesidades indirectamente.

Esta deducción es errónea, porque el ejemplo solo prueba que puedo anticipar un valor de uso ajeno, y más aún cuando se trata de una necesidad vital. Pero no prueba que pueda atribuir a mi agua sobrante un valor de cambio concreto. Y mucho menos prueba que mi agua me pueda “asegurar” nada.

Además, Polavieja vuelve a tratar el agua de manera abstracta. Pero, desde Menger, el valor no se atribuye a clases generales de bienes consideradas en abstracto, sino a bienes concretos o cantidades concretas de bienes en circunstancias determinadas. La paradoja clásica del agua y los diamantes se resolvió precisamente al abandonar esa comparación abstracta: no se valora “el agua” frente a “los diamantes”, sino unidades concretas disponibles para la acción. Que el agua sea indispensable para la vida no implica que esta cantidad concreta de agua sobrante tenga para mí un valor de cambio concreto.

Si veo a una persona sedienta, puedo suponer que valorará el agua. Incluso puedo suponer que la valorará mucho. Y si además tengo agua sobrante, puedo pensar que quizá esté dispuesta a entregarme algo a cambio. Pero nada de esto responde todavía a las preguntas decisivas: ¿qué podré obtener mediante ese intercambio? ¿Qué necesidades podré satisfacer indirectamente?

¿Podré obtener pan? ¿Cuánto pan? ¿Dinero? ¿Cuánto dinero? ¿Un favor? ¿Qué tipo de favor? O, tal vez, sea incapaz de obtener ningún bien, porque esa persona no posea nada que pueda entregarme a cambio o porque no esté dispuesta a intercambiar conmigo.

Saber que otro puede necesitar agua permite anticipar una posible utilidad para otra persona. Pero el valor de cambio concreto no consiste en saber que otro puede apreciar el bien. Consiste en estimar qué podría obtenerse mediante su intercambio y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer indirectamente su poseedor.

Lo mismo sucede con la peluca. Polavieja sostiene que, si tengo una peluca inútil para mí, puedo atribuirle valor de cambio porque espero encontrar a alguien calvo que la valore y me entregue algo a cambio. Pero eso sigue siendo una expectativa de venta. Mientras no exista una base para estimar qué podría obtener por ella, no hay valor de cambio concreto, sino una conjetura sobre una posible oportunidad de intercambio.

Que finalmente obtenga pan, fruta, dinero o nada dependerá de si aparece alguien dispuesto a adquirir la peluca y de qué bienes esté dispuesto a entregar por ella. Sin esa base, lo único que tengo es una expectativa. Precisamente por eso el ejemplo confirma mi tesis: imaginar un posible comprador no equivale a poder estimar el valor de cambio concreto del bien.

Polavieja transforma la posibilidad de demanda ajena en valor de cambio propio. Pero una cosa es que un bien pueda tener valor de uso para otro y otra que tenga ya para mí valor de cambio concreto. Entre ambas ideas media precisamente el intercambio o, al menos, una base realista que permita estimar la contraprestación posible.

El ejemplo de los caballos y las vacas reproduce la misma confusión. Polavieja parece razonar como si, en ausencia de valor de uso directo para su propietario, el sexto caballo debiera tener necesariamente valor de cambio. Pero esa deducción es errónea.

El propietario de un bien puede no concederle valor de uso y tampoco concederle valor de cambio. Todos conservamos objetos a los que no atribuimos utilidad alguna y que tampoco esperamos poder intercambiar por nada determinado. Simplemente están amontonados en el trastero porque deshacernos de ellos exige una molestia que no compensa. La falta de utilidad directa de un bien para su poseedor no hace que se le atribuya automáticamente valor de cambio. Y aun en el caso de que decidiera venderlo, esa decisión, por sí misma, tampoco bastaría para atribuirle valor de cambio concreto.

El sexto caballo del ejemplo de Polavieja podría tener valor para el granjero por distintas razones. Si espera utilizarlo en el futuro para sustituir a otro caballo o cubrir alguna contingencia, estaríamos ante un valor de uso, aunque sea futuro o eventual. Si espera intercambiarlo por vacas u otros bienes, estaríamos ante una expectativa de intercambio. Pero esa expectativa solo permitiría hablar de valor de cambio concreto si el granjero pudiera estimar, sobre alguna base, qué bienes podría obtener a cambio del caballo.

Polavieja quiere deducir el valor de cambio propio a partir del valor de uso ajeno esperado. Pero el salto no está justificado. El valor de uso ajeno puede explicar la expectativa de venta. No constituye por sí mismo valor de cambio concreto. Y esto es especialmente importante porque, como ya advirtió Menger, el valor no recae sobre clases abstractas de bienes, sino sobre bienes concretos o cantidades concretas de bienes en circunstancias determinadas. No basta saber que “el agua”, “una peluca” o “un caballo” pueden ser útiles para alguien. Lo relevante es si esta cantidad concreta de agua, esta peluca o este caballo permiten a su poseedor estimar, en determinadas circunstancias de tiempo y lugar, qué bienes podría obtener mediante su intercambio y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer indirectamente.

La urgencia del vendedor no crea valor de cambio concreto

Otro error relevante de Polavieja consiste en convertir la urgencia subjetiva del vendedor en una base para atribuir valor de cambio al bien poseído.

Según su planteamiento, si un vendedor necesita intercambiar un artefacto para comer, cuanto más urgente sea su necesidad de comer, mayor será el valor de cambio que atribuye al artefacto. Algo parecido sostiene con el ejemplo del escáner médico de Chris Gardner: al quedarse sin dólares y necesitar vender el escáner para comer, aumentaría el valor de cambio del escáner para él.

Pero aquí se confunden dos planos distintos. Si tengo hambre, aumenta para mí la importancia de conseguir comida. Si mi situación es desesperada, esa necesidad puede ocupar el lugar más alto en mi escala de valoraciones. Pero de ahí no se sigue que pueda atribuir al bien que poseo un mayor valor de cambio concreto. Mi urgencia incrementa la importancia del fin que deseo alcanzar; no modifica por sí misma lo que puedo estimar obtener mediante el intercambio de ese bien.

Si poseo un objeto invendible y tengo hambre, mi hambre puede ser extrema, pero el objeto sigue sin permitirme satisfacer indirectamente esa necesidad. Mi urgencia no dota al objeto de capacidad de intercambio. No basta con que yo necesite vender; hace falta que alguien esté dispuesto a comprar. Y hace falta, además, que pueda estimarse cuánto dinero o qué bienes podrían obtenerse mediante esa venta.

La desesperación del vendedor puede modificar su disposición a desprenderse del bien. Puede reducir su precio mínimo. Puede llevarlo a aceptar menos de lo que habría aceptado en otras circunstancias. Puede debilitar su posición negociadora. Puede incluso hacerlo malvender. Pero nada de eso aumenta por sí mismo el valor de cambio concreto del bien. En muchos casos sucede exactamente lo contrario: la urgencia del vendedor deteriora sus condiciones de intercambio.

El ejemplo del escáner muestra perfectamente el problema. Lo que aumenta para Gardner no es necesariamente el valor de cambio concreto del escáner. Lo que aumenta es la importancia subjetiva de aquello que espera conseguir vendiéndolo. Si el médico no quiere comprar el escáner, si no le interesa, si ya tiene otro, si duda de su utilidad o si aprovecha la urgencia de Gardner para exigir un descuento, la necesidad de Gardner no modifica por sí misma lo que puede estimar obtener a cambio ni crea una base para atribuirle un mayor valor de cambio concreto.

Polavieja intenta usar este ejemplo para distinguir valor de cambio y poder adquisitivo. Pero mi tesis no identifica el valor subjetivo de cambio con una cantidad objetiva de bienes efectivamente obtenida. La clave es que el valor de cambio concreto es la significación que un bien adquiere para su poseedor en la medida en que este puede estimar, sobre alguna base, qué bienes podría obtener mediante su intercambio y qué necesidades podría satisfacer indirectamente. Cuando esa estimación no puede apoyarse en ninguna base, lo que hay es necesidad, esperanza o expectativa de venta, no valor de cambio concreto.

La urgencia del sujeto puede explicar por qué desea desesperadamente intercambiar. No proporciona, por sí misma, una base para atribuir al bien poseído un mayor valor de cambio concreto.

La expectativa empresarial no equivale a valor de cambio

Polavieja cree que mi planteamiento amenaza la empresarialidad. Sostiene que un artefacto producido expresamente para venderse solo puede tener valor de cambio para el vendedor, y considera inaudito negar valor de cambio a un bien producido con esa finalidad.

Pero esto vuelve a confundir la intención con la que se produce un bien con el valor de cambio concreto. Que un empresario produzca un bien para venderlo demuestra que tiene una expectativa empresarial. Anticipa demanda. Cree que otros valorarán el bien. Calcula costes. Formula una pretensión de venta. Decide asumir la incertidumbre. Nada de esto queda negado por mi tesis.

Lo que niego es que esa expectativa equivalga ya, por sí misma, a valor de cambio concreto. El empresario puede crear una mercancía radicalmente nueva. Puede colocarla en un escaparate. Puede fijar un precio de oferta. Puede anunciarla. Puede estar convencido de que otros la demandarán. Puede incluso acertar brillantemente y abrir un mercado nuevo. Pero mientras esa pretensión de venta no se apoye en una relación de intercambio efectiva, o al menos en una base realista para estimar qué podría obtenerse por ese bien, lo que posee es una expectativa empresarial, no valor de cambio concreto atribuible sobre una base de mercado.

La oferta no es todavía intercambio. La etiqueta no es todavía precio de mercado. La pretensión del vendedor no es todavía una relación social efectiva. Incluso cuando el bien se ofrece públicamente a potenciales compradores, la mera puesta en venta no crea por sí sola valor de cambio concreto. Puede revelar, facilitar o poner a prueba una posibilidad de intercambio, pero no sustituye la relación de intercambio ni la base que permite estimarla.

Esta misma cautela es importante al analizar el concepto mengeriano de mercancía. Que un bien sea destinado al intercambio no significa que ya sea usado como medio de intercambio. Un bien producido para la venta puede ser mercancía en el sentido de que su propietario no pretende usarlo directamente, sino desprenderse de él mediante intercambio. Pero eso no resuelve la cuestión aquí discutida. Que el propietario pretenda venderlo no significa, por sí solo, que pueda atribuirle valor de cambio concreto en el sentido relevante para nuestro argumento.

Polavieja afirma que el vendedor se pone en la piel del comprador y estima que el bien le será útil y escaso. Pero eso, de nuevo, solo permite anticipar un posible valor de uso ajeno. Puede ser una anticipación acertada. Puede ser una muestra de gran talento empresarial. Pero sigue sin ser todavía una relación de intercambio manifestada.

La empresarialidad no presupone que la expectativa empresarial equivalga ya a valor de cambio. Precisamente por eso es empresarialidad. El empresario actúa bajo incertidumbre, descubre oportunidades, anticipa valoraciones ajenas y somete su juicio al mercado. El mercado confirmará, corregirá o destruirá esa expectativa.

Polavieja quiere presentar la expectativa empresarial como si fuera ya valor de cambio. Pero entonces bastaría producir cualquier cosa con ánimo de venta para poder atribuirle valor de cambio. Eso diluye el concepto. La intención de vender no proporciona por sí misma una base para estimar qué podrá obtenerse mediante el intercambio. Esperar demanda no equivale a contar con una demanda efectiva. Fijar un precio de venta no crea precio de mercado.

El caso de la radio nueva, invocado por Mises, encaja perfectamente en esta distinción. Una radio puede demandarse por la utilidad directa que el comprador espera obtener de ella, aunque nunca antes se haya vendido una radio. El comprador puede valorar la posibilidad de escuchar emisiones. El empresario puede anticipar esa valoración. Pero hasta que no se produzcan intercambios, o hasta que no exista alguna base realista para estimar qué puede obtenerse

Recapiti
Joel Serrano