¿Y si eso que hoy llamamos “hacer el tonto” fuera, en realidad, una de las formas que tienen los adolescentes de encontrarse con los demás? ¿Qué hay detrás del concepto “farmear aura“?
Si tienes adolescentes cerca, es posible que en las últimas semanas hayas escuchado hablar de “farmear aura” o “aura farming”. Quizá hayas visto alguno de los vídeos que circulan por redes en donde se ven a grupos de adolescentes reunidos, alguien que se coloca en el centro, hace un gesto, una pose o alguna acción inesperada y el resto reacciona, ríe o decide, de forma simbólica, cuánto aura ha conseguido. Para muchos adultos, la primera reacción puede ser de desconcierto: “Pero, ¿qué están haciendo?”. Y es comprensible, ya que no hablamos el mismo idioma que ellos, ni compartimos todos sus códigos.
“Farmear” procede del lenguaje de los videojuegos y hace referencia a repetir determinadas acciones para conseguir recursos, experiencia o recompensas. “Aura”, en este contexto, se utiliza para hablar de la presencia, el carisma, la seguridad o el impacto que alguien genera en los demás. Así, “farmear aura” consiste, de alguna manera, en acumular puntos imaginarios de carisma a través de determinadas acciones.
Lo interesante, sin embargo, no está tanto en la expresión ni en la tendencia que se ha hecho viral, sino en preguntarnos qué hay detrás de ella. Porque puede ser que lo que estamos viendo no sea algo tan nuevo como parece.
Índice
Antes de farmear aura, nosotros también hacíamos cosas “absurdas”
Para comprender un poco mejor lo que ocurre, quizá tengamos que hacer algo que como adultos no siempre hacemos, y es volver durante unos minutos a nuestra propia adolescencia.
Si naciste en la década de los 80, quizá recuerdes las pandillas reunidas en plazas y parques, las primeras tribus urbanas, el rock, el punk, el heavy, el breakdance, los grafitis o determinadas formas de vestir que permitían reconocerse entre iguales. Había adolescentes que pasaban horas practicando pasos de baile, haciendo piruetas, escuchando música o simplemente ocupando un espacio de la calle que parecía pertenecerles. Desde fuera, probablemente tampoco todo aquello tuviera demasiado sentido.
Si tu adolescencia transcurrió en los años 90 o a principios de los 2000, quizá aparezcan otros recuerdos. Las cintas y los CD grabados, las revistas de música, el skate, el parkour, el rap y el hip-hop, las primeras batallas de gallos, las coreografías, las bromas entre amigos, las pandillas reunidas en una plaza o aquella necesidad de demostrar quién era el más gracioso, quién bailaba mejor o quién se atrevía a hacer algo delante de todos.
Y después llegó Internet. Messenger, Fotolog, Tuenti, los primeros vídeos de YouTube, los estados, las fotografías con amigos y, más adelante, Instagram. Las formas de relacionarnos fueron cambiando y muchas de aquellas dinámicas que antes se quedaban en el patio del instituto, en el parque o en la plaza del pueblo empezaron a trasladarse también al espacio digital. Llegaron los challenges, las coreografías, los flashmobs y las tendencias que podían pasar de un pequeño grupo de amigos a miles de personas en muy poco tiempo.
Hoy hablamos de “farmear aura”.
El nombre ha cambiado. Los escenarios también. La velocidad con la que una tendencia se extiende no tiene nada que ver con la de hace veinte o treinta años, pero hay algo que todavía permanece, y es la necesidad de formar parte de un grupo, de ser reconocido por el grupo de iguales y de encontrar un lugar dentro de él.
La adolescencia también se construye entre iguales
La adolescencia es una etapa de importantes transformaciones. El adolescente comienza a construir una identidad cada vez más diferenciada de la familia y necesita explorar quién es, qué le representa, qué quiere mostrar de sí mismo y con quién quiere compartirlo. En este proceso, los iguales adquieren una importancia especialmente significativa.
Esto no significa que la familia deje de importar. Significa que el mundo social se amplía y que el grupo de iguales se convierte en un espacio totalmente válido para experimentar diferentes formas de ser. El adolescente observa a los demás, imita determinadas conductas, prueba otras, se acerca a unos grupos y se aleja de otros. Aprende qué conductas generan reconocimiento, qué provoca rechazo, qué le permite sentirse cómodo y qué lugar puede ocupar.
Por eso, muchas conductas adolescentes que desde fuera pueden parecernos “absurdas” o “ridículas” tienen una función dentro de las relaciones. Hacer una broma, aprender una coreografía, vestirse de una determinada manera, participar en una batalla de gallos o intentar conseguir aura puede ser también una forma de participar en un código compartido.
Y llegados a este punto, la pregunta que nos debemos hacer los adultos es: ¿Qué función está cumpliendo esta conducta dentro del grupo?
Porque si dejamos de mirar solamente lo que hace el adolescente y observamos lo que ocurre alrededor, quizá encontremos algo diferente. ¿Quién se atreve a ponerse en el centro? ¿Quién observa? ¿Quién anima? ¿Quién consigue hacer reír a los demás? ¿Quién imita? ¿Quién todavía no se atreve? ¿Quién encuentra una forma de participar?
En este escenario podemos estar observando mucho más que una tendencia de las redes sociales. Podemos estar observando cómo se construyen las relaciones entre iguales.
Una mirada sistémica: no solo importa lo que hace, sino dónde lo hace
Desde una perspectiva sistémica, una conducta no puede comprenderse completamente si la aislamos de la persona y del contexto en el que aparece. Un adolescente no es únicamente aquello que hace en un momento determinado. También es la relación con sus amigos, con su familia, con el instituto y con los diferentes grupos a los que pertenece.
Por eso, ante fenómenos como este, quizá nos ayude cambiar la pregunta. En lugar de quedarnos solo en “¿por qué hace esto?”, podemos preguntarnos “¿qué está ocurriendo entre ellos?”
Puede que estén jugando. Puede que estén compitiendo. Puede que estén buscando reconocimiento. Puede que estén aprendiendo a exponerse delante de los demás y a tolerar la vergüenza que supone hacer algo que puede ser juzgado. Puede que estén probando qué ocurre cuando ocupan un determinado lugar dentro del grupo. O puede que, simplemente, estén pasando un rato juntos.
Esta última posibilidad también merece nuestra atención.
Durante años hemos hablado de la preocupación por el tiempo que pasan los adolescentes delante de las pantallas, de los videojuegos, de las redes sociales y de los teléfonos móviles. Nos preocupa que salgan menos, que tengan menos espacios de encuentro y que una parte importante de sus relaciones se desarrolle a través de una pantalla.
Y ahora encontramos adolescentes que salen a la calle, se reúnen en una plaza, forman un grupo, se miran, se ríen, participan y crean una actividad compartida. Quizá la actividad no nos resulte interesante. Quizá incluso nos parezca absurda. Pero podemos preguntarnos: ¿Realmente queremos que dejen de encontrarse porque no entendemos lo que están haciendo?
No todo lo que hacen los adolescentes tiene que tener sentido para nosotros
Hay algo que quizá olvidamos cuando nuestros hijos e hijas, estudiantes o adolescentes cercanos dejan atrás la infancia, y es que ellos también necesitan jugar.
Durante la infancia entendemos con facilidad que jugar es una manera de aprender. Un niño se disfraza, inventa personajes, construye mundos, repite una escena una y otra vez o juega a ser otra persona y no solemos preguntarnos para qué sirve exactamente cada una de estas acciones.
Durante la adolescencia, el juego cambia de forma. Puede convertirse en una competición, una broma, una coreografía, una batalla de rap, un vídeo, una pose, una tendencia o una reunión en el parque. Puede tener menos apariencia de juego y más apariencia de “hacer el tonto”, pero eso no significa necesariamente que haya dejado de existir esa dimensión de exploración.
El adolescente también está aprendiendo a relacionarse, a exponerse, a equivocarse, a interpretar las reacciones de los demás, a defenderse, a negociar y a descubrir qué lugar ocupa dentro de un grupo.
Y para aprender todo esto no siempre se necesita estar haciendo algo productivo. A veces necesita, sencillamente, estar con otros.
Comprender no significa justificarlo todo
Ahora bien, comprender una conducta no significa aceptar cualquier comportamiento.
Una dinámica puede dejar de ser un juego cuando aparece la humillación, el acoso, la violencia, la exclusión, el riesgo físico o la vulneración de los límites de otra persona. Que algo sea una tendencia entre adolescentes no significa que todo lo que ocurra alrededor de ella deba permitirse.
Como adultos, seguimos teniendo la responsabilidad de poner límites y acompañar a los adolescentes para que aprendan a reconocerlos. Pero poner límites no requiere ridiculizar aquello que hacen ni convertir una conducta que no comprendemos en una característica negativa de toda una generación.
Pero déjame decirte que no existe una fórmula matemática que nos diga cuándo una conducta es simplemente una broma y cuándo merece nuestra atención. Lo que conviene observar es el impacto que tiene.
Una batalla de aura, una broma entre amigos o una tendencia viral no nos dice por sí sola cómo se encuentra un adolescente. Podemos empezar a prestar más atención cuando la necesidad de reconocimiento comienza a condicionar su vida cotidiana: cuando deja de hacer actividades que le gustan por miedo constante a quedar mal, vive con mucha ansiedad las situaciones sociales porque siente que siempre está siendo evaluado, se compara continuamente con sus amigos o con personas de las redes sociales y siempre sale de esas comparaciones sintiéndose inferior.
También merece la pena observar si necesita mantener una personalidad en internet que ya no siente como propia, si tolera bromas, retos, exposiciones o grabaciones que realmente le incomodan por miedo a perder su lugar dentro del grupo, o si comienza a medir su propio valor principalmente a través de la popularidad, la apariencia, los “likes” o la aceptación de los demás.
Ninguna de estas señales, por sí sola, significa que exista un problema. Lo importante es preguntarnos qué está ocurriendo, cuánto malestar genera y hasta qué punto el adolescente siente que puede elegir o siente que necesita seguir determinadas dinámicas para no quedarse fuera.
Si la preocupación central es el miedo persistente a ser juzgado, hacer el ridículo o quedar expuesto delante de los demás, entonces quizás haya algo más que una simple tendencia adolescente que observar.
Entonces, ¿qué podemos hacer los adultos?
Entender qué significa “farmear aura” no exige que empecemos a hablar como lo hacen los adolescentes. Probablemente no necesitamos decirle a nuestro hijo o hija “+400 de aura por recoger la taza del desayuno”. Dependiendo de su edad, quizá esa estrategia nos haga perder más “aura parental” de la que conseguimos.
Lo que sí podemos hacer es acercarnos con curiosidad, sin invadir.
Existen algunas preguntas y actitudes que pueden ayudarnos:
- No ridiculizar el lenguaje antes de entenderlo. Decir “¿pero qué tonterías habláis ahora?” puede cerrar una conversación que podría haber sido interesante. No necesitamos utilizar su vocabulario, pero sí podemos intentar comprender qué significa para ellos.
- Preguntar qué significa dentro del grupo. Un simple “¿y eso qué significa para vosotros?” puede abrir una conversación mucho más interesante que una explicación adulta sobre lo absurdo que nos parece esa palabra.
- No asumir que todo es inseguridad. Muchas veces detrás de estas conductas hay humor, juego, competición y pertenencia. No todo comportamiento adolescente necesita esconder un conflicto que el adulto deba resolver.
- Preguntar cómo se siente, no solamente qué hace. Más que centrarnos únicamente en qué publica, cuántos “likes” consigue o quién ha ganado, podemos interesarnos por cómo vive la situación: ¿se divierte?, ¿se siente cómodo?, ¿lo hace porque quiere?, ¿se siente presionado?, ¿tiene miedo de quedarse fuera?
- Hablar de privacidad y consentimiento. Que una situación sea una broma para un grupo no significa que todo pueda grabarse, publicarse o compartirse. Pertenecer a un grupo no implica renunciar a los propios límites ni a los de los demás.
- No intentar eliminar toda la vergüenza. Hacer el ridículo alguna vez, equivocarse delante de otros, probar algo que no sale bien y comprobar que el mundo continúa también forma parte de aprender a relacionarnos. No podemos evitar que un adolescente sienta vergüenza, pero sí podemos ayudarle a descubrir que puede atravesarla.
Nuestra función como adultos no consiste en conseguir que nunca hagan el tonto. Nuestra función es asegurarnos de que, mientras descubren quiénes son, tengan un lugar seguro en el que poder hacerlo.
Curso gratuito: Síntomas en la infancia y adolescencia
Si quieres seguir aprendiendo a acompañar a los adolescentes desde una mirada más comprensiva y sistémica, puedes hacer el curso gratuito de Infancia y Adolescencia en el que explorarás cómo entender las etapas del desarrollo, el vínculo familiar y las dinámicas que hay detrás de muchos comportamientos que, a primera vista, no sabemos cómo interpretar.
→ Apúntate al curso gratuito aquí
Y ahora vuelve a tu propia adolescencia
Hay una cosa que podemos hacer para comprender mejor a los adolescentes de hoy: recordar cómo éramos nosotros cuando teníamos su edad. No como recordamos nuestra adolescencia ahora, después de los años y con la mirada adulta. Intentemos recordar cómo la vivíamos entonces.
¿Qué música escuchabas? ¿Cómo vestías? ¿Qué expresiones utilizabas que tus padres no entendían? ¿Dónde te reunías con tus amigos? ¿Qué hacíais cuando estabais juntos? ¿Quién era el gracioso del grupo? ¿Quién tenía más estilo? ¿Quién sabía bailar? ¿Quién se atrevía a hacer algo delante de los demás? ¿Qué hacías tú para sentir que formabas parte de ese grupo?
Y finalmente, pregúntate: ¿Qué te decían los adultos cuando hacías esas cosas?
Quizás también escuchaste que estabas perdiendo el tiempo. Que esa