El mar sigue pagando la factura del cambio climático
El cambio climático dejó hace tiempo de ser una amenaza abstracta para convertirse en una variable que condiciona el presente de la actividad pesquera. El mar lo está reflejando. Y detrás de cada cambio en la temperatura del agua, en la distribución de las especies o en la productividad de una zona de pesca hay también una consecuencia económica y social para quienes viven del mar.
Los datos oficiales dibujan una tendencia difícil de ignorar. 2025 fue el tercer año más cálido de la serie histórica en España, mientras que los 12 años más cálidos registrados por AEMET pertenecen al siglo XXI. Pero hay un dato especialmente relevante para el sector pesquero: en 2025 las aguas marítimas que rodean España registraron, por cuarto año consecutivo, un carácter extremadamente cálido y fueron las segundas más cálidas de la serie desde 1940.
El verano de 2025 fue, además, el más cálido desde que existen registros. Y 2026 ha seguido dejando episodios extremos, con sucesivas olas de calor y temperaturas muy por encima de los valores habituales.
El mar no permanece ajeno a esta evolución. El calentamiento modifica las condiciones físico-químicas del océano y puede alterar la fisiología, reproducción, crecimiento y distribución de las especies. Algunas buscan aguas más frías; otras encuentran ahora condiciones favorables para ampliar su presencia. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación reconoce que estos cambios pueden modificar la distribución y comportamiento de especies de interés pesquero y obligar al sector a adaptarse a nuevos regímenes de productividad.
A ello se suma otro proceso menos visible, pero trascendental: la acidificación. La absorción de CO₂ por los océanos provoca una disminución del pH y reduce la disponibilidad de carbonato cálcico, dificultando la formación de conchas y esqueletos. Corales, moluscos y crustáceos se encuentran entre los organismos especialmente sensibles. Cuando se altera la base de una cadena trófica, las consecuencias terminan alcanzando también a las especies comerciales.
Galicia ofrece un ejemplo cercano de cómo las alteraciones ambientales pueden golpear directamente a la economía del mar. Los episodios de lluvias intensas provocan una aportación masiva de agua dulce a las rías y un descenso de la salinidad. En los últimos años, estos episodios han contribuido a una elevada mortalidad de bivalvos comerciales y han obligado a activar medidas extraordinarias de seguimiento y recuperación de los bancos marisqueros.
El problema, por tanto, no tiene una única causa. El calentamiento se suma a la presión pesquera, la contaminación, las especies invasoras, la ocupación del litoral, los vertidos y la pérdida de hábitats. Ninguno de estos factores explica por sí solo toda la situación, pero juntos pueden reducir la capacidad de respuesta de los ecosistemas.
También existe una conexión menos evidente entre tierra y mar. Después de un incendio forestal, el suelo queda desprotegido y aumenta el riesgo de erosión y escorrentía. Cenizas y sedimentos pueden alcanzar los cursos fluviales y terminar en el océano, alterando la química marina, el ciclo de nutrientes y la productividad.
La pregunta ya no debería ser si el cambio climático va a afectar a la pesca. Está afectando. La cuestión es hasta dónde llegará su impacto y qué capacidad tendremos para anticiparnos.
Porque el futuro de la pesca no depende únicamente de cuánto pescado haya en el mar. Depende de la salud de los ecosistemas que permiten que ese pescado exista y de la capacidad de quienes trabajan en ellos para adaptarse a unas condiciones que ya no son las mismas.
Eso obliga a buscar un equilibrio complejo entre conservación y actividad económica. Las vedas, los límites de captura y la protección de hábitats son herramientas necesarias, pero deben convivir con medidas de apoyo a quienes sufren las consecuencias de una transición que no han provocado ellos solos.
La respuesta pasa por más ciencia, observación y capacidad de anticipación. Por mejorar la selectividad de las artes, restaurar ecosistemas, proteger zonas de reproducción, investigar nuevas soluciones y utilizar los datos para tomar decisiones antes de que llegue la crisis.
No estamos ante el principio del fin de la pesca. Pero sí ante el final de una forma de entender que el mar será siempre igual.
El futuro exigirá adaptación, innovación y valentía. Porque quedarse de brazos cruzados tampoco es una estrategia de gestión pesquera.
*Artículo publicado por Pedro Tasende en la revista Ruta Pesquera y Naval en su edición de septiembre de 2026
Compartir en redes sociales
Artículos relacionados
Un canal responsable
El servicio de producción de canales podcast de Aporta Comunicación genera contenido profesional y especializado en campos como la sostenibilidad, la responsabilidad social o los Objetivos de Desarrollo Sostenible, entre otros. Nos adaptamos a las necesidades específicas de cada caso.
Déjanos tu dirección de correo electrónico y te enviaremos información más detallada sobre nuestra Factoría de Contenidos Podcast.
Resumen de privacidad
Encontrará más información en nuestra Política de Cookies.