Los acontecimientos internacionales de 2026 están obligando a los gobiernos a revisar supuestos que hace apenas unos años parecían relativamente cómodos. La continuación de la guerra en Ucrania, la operación estadounidense en Venezuela, la guerra de Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní, las graves perturbaciones en el estrecho de Ormuz, las tensiones en el estrecho de Taiwán y el renovado debate sobre la defensa europea forman parte de un entorno internacional mucho más incierto. No constituyen un único conflicto, pero sí están relacionados por un elemento fundamental: todos los gobiernos observan lo que sucede en otros escenarios y actualizan sus expectativas sobre lo que aliados y adversarios están dispuestos —y son capaces— de hacer.
Precisamente por eso debemos ser prudentes con las predicciones. No creo que podamos determinar de antemano un año concreto en el que Xi Jinping vaya necesariamente a utilizar la fuerza contra la República de China en Taiwán. Tampoco podemos deducir exactamente lo que Donald Trump hará en un escenario futuro simplemente observando lo que ha hecho en Venezuela o frente al régimen iraní. Los gobernantes toman decisiones con información incompleta. Pueden subestimar al adversario, sobrevalorar sus propias capacidades, interpretar incorrectamente las intenciones de otros países o identificar correctamente un problema y, sin embargo, equivocarse en la solución o en el orden de aplicación de las políticas. Por tanto, la cuestión fundamental no es si los gobiernos se equivocan. Todos los gobiernos se equivocan. La verdadera cuestión institucional es qué ocurre después del error.
Ahí se encuentra, a mi juicio, una de las principales ventajas de la democracia liberal, la división del poder y las instituciones descentralizadas frente a un sistema autoritario. La democracia no garantiza buenos gobernantes ni buenas políticas económicas. La historia de Estados Unidos ofrece suficientes ejemplos de lo contrario. Su ventaja es otra: permite que el error siga siendo discutible. Un presidente puede perder las elecciones, una política puede ser revertida, el Congreso y los tribunales pueden limitar al Ejecutivo, la oposición puede reorganizarse y una idea rechazada por una generación puede volver a competir ante los ciudadanos años después.
La corrección democrática puede ser lenta, imperfecta e incluso producir nuevos errores. Pero una sociedad que conserva mecanismos para corregirse dispone de una ventaja fundamental frente a otra en la que un círculo político cada vez más reducido determina no solo las decisiones, sino también qué información resulta políticamente conveniente transmitir al poder.
La democracia no es una máquina para acertar
Existe una tendencia a defender la democracia enumerando sus éxitos. Creo que es más interesante observar sus errores. La política estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial ha oscilado repetidamente entre distintas concepciones del Estado, el mercado, la seguridad nacional y el papel internacional de Estados Unidos. Una orientación política aparentemente dominante puede entrar en crisis una década después. Una idea derrotada electoralmente puede sobrevivir, reformularse y convertirse años más tarde en parte de un nuevo consenso.
Dwight D. Eisenhower constituye un buen punto de partida. Su administración no fue libertaria. Mantuvo elementos fundamentales del New Deal, amplió la Seguridad Social e impulsó el sistema interestatal de autopistas. Sin embargo, mostró una disciplina fiscal considerablemente mayor que muchos gobiernos posteriores. El gasto federal como porcentaje del PIB descendió del 20,4 % al 18,4 % durante su presidencia y tres de sus ocho presupuestos estuvieron equilibrados. Buena parte de los años cincuenta combinó crecimiento económico con una inflación relativamente baja.
John F. Kennedy ofrece otro caso interesante. Kennedy defendió una importante reducción de impuestos para estimular la actividad económica, aunque la reforma fiscal se aprobó finalmente en 1964, después de su asesinato y bajo Lyndon B. Johnson. Su actuación durante la crisis de los misiles de Cuba muestra, además, la importancia del juicio político bajo condiciones de incertidumbre extrema. Kennedy rechazó tanto la pasividad como un ataque militar inmediato y optó por una cuarentena naval mientras mantenía abierta la negociación con la Unión Soviética. Pero el mismo Kennedy había sufrido poco antes el desastre de Bahía de Cochinos.
Esta diferencia es importante. Un presidente puede ejercer un juicio extraordinariamente prudente en una crisis y equivocarse gravemente en otra. Una buena política fiscal no convierte automáticamente en correcta su política exterior. Una victoria militar tampoco demuestra la calidad de su política económica. Los políticos no deberían analizarse como paquetes ideológicos que debemos aceptar o rechazar por completo.
De Johnson a Reagan: cuánto puede tardar una corrección
La presidencia de Lyndon B. Johnson permite observar hasta qué punto puede cambiar rápidamente la orientación política de un país. Su administración impulsó una legislación de derechos civiles de enorme importancia histórica, que conviene distinguir de la discusión económica sobre la Great Society. Al mismo tiempo, sus programas sociales ampliaron considerablemente el papel del Gobierno federal, mientras la escalada de la guerra de Vietnam generó enormes costes humanos, fiscales y políticos.
La elección presidencial de 1964 resulta especialmente interesante. Barry Goldwater sufrió una derrota extraordinariamente amplia frente a Johnson. Si hubiéramos detenido la historia estadounidense en noviembre de 1964, habría parecido razonable concluir que sus propuestas de limitar el crecimiento del Estado, reducir impuestos y adoptar una posición más firme frente al comunismo soviético habían sido rechazadas definitivamente por los votantes. Pero una democracia no termina el día después de unas elecciones. Goldwater perdió. Sus ideas no fueron prohibidas.
El discurso de Ronald Reagan en apoyo de Goldwater, A Time for Choosing, se convirtió en uno de los momentos decisivos de la trayectoria política de Reagan. Dos años después sería elegido gobernador de California y, dieciséis años después de la derrota de Goldwater, llegaría a la Casa Blanca.
Este caso ilustra bien lo que entiendo por capacidad de corrección democrática. Una sociedad puede tardar mucho tiempo en reconsiderar una determinada orientación política. Puede necesitar años de resultados decepcionantes, debate intelectual, cambio generacional y emprendimiento político.
Richard Nixon fue parte de la reacción política contra el desorden de finales de los años sesenta, pero sería incorrecto presentarlo como un precursor económico directo de Reagan. Su administración recurrió a controles de precios y salarios e incluso introdujo temporalmente un recargo del 10 % sobre las importaciones. La elección de un presidente republicano no produjo automáticamente una corrección liberalizadora. En política exterior, sin embargo, Nixon realizó un cambio estratégico de enorme importancia mediante su apertura hacia Pekín. No se trataba de altruismo diplomático. Estados Unidos aprovechó la ruptura sino-soviética para mejorar su posición frente a Moscú.
Este episodio continúa siendo relevante porque las alianzas internacionales rara vez se basan en la caridad. Los Estados cooperan cuando sus intereses convergen. Arabia Saudí puede colaborar con Estados Unidos frente al régimen iraní porque una reducción del poder iraní beneficia también a Riad. Europa puede necesitar el compromiso militar estadounidense y, simultáneamente, discrepar con Washington en materia comercial. Estados Unidos puede defender a determinados aliados porque esa defensa también protege sus propios intereses estratégicos.
Las alianzas son más fáciles de comprender cuando analizamos incentivos e intereses en lugar de convertir la política internacional en una historia de amistades y enemistades permanentes.
Carter y Reagan: la corrección nunca es tan sencilla
Las crisis económicas de los años setenta transformaron nuevamente la política estadounidense. Inflación elevada, shocks petroleros y bajo crecimiento pusieron en cuestión la confianza en la capacidad del Estado para gestionar la economía mediante políticas convencionales de demanda. La revolución iraní, la crisis de los rehenes y la invasión soviética de Afganistán reforzaron además la percepción de debilitamiento estadounidense. Sin embargo, tampoco sería correcto convertir a Jimmy Carter en una caricatura simplemente porque Reagan lo derrotó.
Carter impulsó importantes procesos de desregulación en sectores como las aerolíneas, el transporte por carretera y el ferrocarril. También avanzó en la liberalización de los precios energéticos. Y fue Carter quien nombró a Paul Volcker presidente de la Reserva Federal en 1979. El fuerte endurecimiento monetario que acabaría siendo decisivo para derrotar la inflación comenzó antes de la llegada de Reagan a la Casa Blanca.
Reagan, no obstante, representó un cambio ideológico mucho más claro. Redujo considerablemente los tipos marginales del impuesto sobre la renta, impulsó la desregulación y defendió una visión mucho más escéptica sobre la capacidad del Estado para dirigir la economía. El tipo marginal máximo del impuesto federal sobre la renta pasó del 70 % cuando llegó a la presidencia al 28 % al finalizar su mandato.
Considero positiva buena parte de aquella orientación, pero aplicar el principio de policy before party significa reconocer también sus contradicciones. Reagan incrementó considerablemente el gasto militar, no consiguió reformar de manera fundamental los grandes programas de prestaciones y gobernó con importantes déficits fiscales. Bajar impuestos no basta para limitar al Estado si no se controla simultáneamente el gasto.
La secuencia Goldwater-Reagan sigue siendo, sin embargo, extraordinariamente ilustrativa. Entre la derrota electoral de 1964 y la victoria de Reagan en 1980 transcurrieron dieciséis años. Las ideas pueden perder elecciones sin desaparecer. Los movimientos políticos pueden aprender. Los votantes pueden cambiar de opinión. Prefiero la imperfección de ese proceso competitivo a la aparente eficiencia de un sistema en el que el poder político decide qué ideas pueden competir.
Clinton y Bush: aprender también significa poder desaprender
Bill Clinton demuestra por qué este proceso tampoco puede interpretarse simplemente como una sucesión de republicanos corrigiendo a demócratas. Durante los años noventa, sectores importantes del Partido Demócrata habían incorporado parte de las lecciones políticas y económicas de las décadas anteriores. Clinton apoyó el NAFTA, firmó la reforma del sistema de welfare y gobernó durante un periodo de importante consolidación fiscal. A finales de los noventa, el presupuesto federal registró superávits. Clinton no se convirtió por ello en un republicano reaganiano. El fenómeno interesante es otro: la competencia política puede obligar también al partido contrario a aprender.
Una política que obtiene buenos resultados no pertenece permanentemente al partido que originalmente la defendió. El adversario puede incorporarla, modificarla y combinarla con otras ideas. La corrección democrática no se produce únicamente sustituyendo un gobierno por otro; también puede producirse cuando los partidos cambian internamente.
George W. Bush demuestra, a continuación, que ninguna corrección es irreversible. Bush redujo impuestos, algo que desde una perspectiva liberal puede estar justificado, pero no acompañó esa reducción con una disminución equivalente del gasto público. Aumentaron diferentes partidas de gasto, se expandieron compromisos públicos y las guerras de Afganistán e Irak añadieron enormes costes. El presupuesto federal volvió rápidamente al déficit.
Aquí aparece una confusión frecuente en el debate político: un Estado no se hace pequeño simplemente porque recaude menos. Si continúa gastando mucho más de lo que ingresa, la factura no desaparece. Se traslada al endeudamiento, a los contribuyentes futuros o a otros desequilibrios económicos. La corrección democrática, por tanto, no sigue una línea recta. Una corrección puede convertirse en exceso. Una reforma puede ser revertida. Un partido puede aprender y posteriormente olvidar. Los votantes pueden sustituir una mala política por otra mala política. La ventaja de la democracia no consiste en impedir todo esto. Consiste en mantener abierta la posibilidad de volver a corregir.
Trump: acertar en el problema no significa acertar en todas las soluciones
Esta historia explica también mi forma de evaluar a Donald Trump. No considero intelectualmente útil ni la admiración incondicional ni la condena automática. Trump ha identificado correctamente algunos problemas que buena parte de las élites políticas occidentales subestimaron durante años. Europa debe asumir una mayor responsabilidad por su propia defensa. Los regímenes autoritarios no deberían llegar a la conclusión de que Estados Unidos ha perdido completamente su voluntad de emplear poder. Una regulación excesiva puede frenar la inversión y el emprendimiento, mientras una fiscalidad demasiado elevada puede reducir los incentivos para producir e invertir.
Pero identificar correctamente un problema no garantiza que todas las soluciones sean coherentes entre sí. Trump parece aproximarse a la política con parte de la mentalidad de un empresario que quiere obtener resultados visibles en un periodo limitado. Esa actitud puede generar energía y capacidad de decisión. Pero también puede provocar un problema de secuenciación de políticas: todo se vuelve urgente al mismo tiempo. Aranceles, inflación, reducción de impuestos, gasto público, defensa europea, política industrial, relaciones con Canadá, relaciones con la Unión Europea, Oriente Medio y competición estratégica con el Partido Comunista Chino interactúan entre sí. Una política puede dificultar los objetivos de otra.
Europa constituye un buen ejemplo. Estoy de acuerdo con Trump en una cuestión fundamental: los miembros europeos de la OTAN deben asumir una parte mayor del coste de su propia defensa. Europa no puede esperar indefinidamente que el contribuyente estadounidense financie una parte desproporcionada de su seguridad mientras el gasto militar queda subordinado a compromisos políticos internos. Pero si Washington necesita simultáneamente la cooperación europea frente a Rusia, el régimen iraní y otros desafíos estratégicos, abrir conflictos comerciales con sus principales aliados puede debilitar precisamente la coalición que pretende reforzar. Lo mismo ocurre con Canadá.
Desde una perspectiva liberal clásica, además, existe una contradicción evidente entre defender un Estado más limitado y recurrir simultáneamente a nuevas transferencias públicas de gran escala. La misma crítica fiscal que aplicaríamos a un gobierno demócrata debe aplicarse a una administración republicana. Cambiar el partido no cambia las leyes económicas.
Irán, energía y el regreso de la geopolítica a la economía
La guerra de 2026 contra el régimen iraní hace todavía más visibles estas contradicciones. Las primeras operaciones militares demostraron una capacidad militar estadounidense e israelí considerable. Resultaría sorprendente que Pekín no estuviera estudiando cuidadosamente estas operaciones y sus posibles implicaciones para su propia planificación militar. La disuasión depende en parte de lo que el adversario crea que estamos dispuestos y somos capaces de hacer. Pero la guerra también demuestra los límites del poder militar.
La perturbación del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz ha afectado al mercado energético internacional. Aproximadamente una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado transitaban por este estrecho antes del conflicto. Los efectos han alcanzado directamente a Europa, Estados Unidos y China continental.
Hace poco, durante una clase sobre inflación, pedí a mis estudiantes que analizaran con inteligencia artificial diferentes factores que podían explicar la evolución de los precios. La energía apareció inmediatamente como una variable fundamental. Les mostré entonces la experiencia estadounidense de los años setenta y principios de los ochenta, cuando la inflación llegó a superar el 10 %, y les pedí que relacionaran aquellos datos con las guerras, revoluciones y crisis energéticas de Oriente Medio.
Es un ejercicio sencillo, pero ayuda a comprender algo fundamental: un conflicto situado a miles de kilómetros puede acabar afectando al precio que una familia paga por llenar el depósito, calentar su vivienda o comprar productos cuyo transporte y fabricación requieren energía. La división internacional del trabajo ha aumentado enormemente nuestra prosperidad, pero también significa que las economías están profundamente conectadas.
Para Pekín, por tanto, la lección de la guerra no puede reducirse a que “Estados Unidos atacó al régimen iraní y, por tanto, Xi está ahora más disuadido”. Las capacidades militares estadounidenses pueden reforzar la disuasión. Al mismo tiempo, el régimen iraní ha demostrado que un actor militarmente inferior puede imponer costes económicos significativos amenazando rutas de transporte e infraestructuras energéticas. Los adversarios aprenden también de nuestros éxitos.
Taiwán y el peligro de una decisión basada en información equivocada
Todo ello nos devuelve al estrecho de Taiwán. Soy escéptico ante los intentos de transformar escenarios militares en predicciones deterministas según las cuales Xi Jinping necesariamente utilizará la fuerza contra la República de China en Taiwán en un año determinado. Los planificadores militares necesitan escenarios y horizontes temporales. El análisis político no debería confundir esos escenarios con conocimiento sobre el futuro.
Ucrania importa. Irán importa. La política japonesa importa. Las elecciones estadounidenses importan. La capacidad defensiva de Taiwán importa. La situación económica de China continental importa. La credibilidad militar estadounidense importa. Y, sobre todo, importa lo que Xi Jinping y la dirección del Partido Comunista Chino crean acerca de todas estas variables. Muchas guerras no comienzan porque un dirigente desee conscientemente una guerra larga y costosa, sino porque espera una guerra breve y barata.
Un gobierno puede creer que el adversario no luchará, que una alianza se romperá, que las sanciones fracasarán, que la población no resistirá o que una operación militar terminará rápidamente. Cuando esas expectativas son incorrectas, una decisión aparentemente racional dentro de un conjunto de supuestos equivocados puede convertirse en una catástrofe. Por eso la seguridad de Taiwán depende en buena medida de impedir que Pekín llegue a la conclusión de que una acción militar sería barata.
La disuasión necesita capacidad militar, pero también comunicación. Una cierta imprevisibilidad estratégica puede aumentar la prudencia del adversario; demasiada imprevisibilidad puede aumentar el riesgo de error. Fuerza sin comu