El rumor que se ha corrido entre los amantes de la trova es que esta noche aquí, en el elegante Teatro Payret, se va a celebrar un funeral. Corren los chismes y suben las apuestas por encontrar el nombre del difunto. Tiene que ser alguien grande, alguien famoso, por la cantidad de público que se ha aglomerado en la puerta y que ya comienza a entrar.
Bajan las luces y desde el escenario, junto a un guitarrista, una mujer alza la voz y canta:
Señores, señores, los familiares del cadáver me han confiado /
para que despida el duelo / del que en vida fue Papá Montero.
La sorpresa deja mudos a todos, pero enseguida comienzan las risas, los aplausos y un coro espontáneo que dice:
A llorar a papá Montero, ¡zumba!, canalla, rumbero. //
Que era un viejo muy zalamero, ¡zumba!, canalla, rumbero.
Es María Teresa Vera, acompañada por la guitarra y la voz de otro grande, Lorenzo Hierrezuelo, que cantará también, como “Compay Primo”, en el dúo Los Compadres. Ella estrenó y grabó este tema junto al malogrado Rafael Zequeira, y fue un éxito.
Todo el público está de pie en el teatro, dando palmadas, y lo que parecía un velorio, es una fiesta total:
Pero llora… llora… llora… llora… llora la rumba, canalla, rumbero. //
Muy cordial y muy zalamero, ¡zumba!, canalla, rumbero. //
El guateque ya está en el cielo, ¡zumba!, canalla, rumbero. //
Pero qué rico baila al compás del cuero, canalla, rumbero. //
Toda la gente en el barrio llora… y llora la rumba. //
Todo el mundo lo quería, querían a Papá Montero”.
María Teresa saluda y agradece a todos y explica el por qué ha querido cantar esta noche del sábado de 18 de mayo de 1951 en este escenario. Hoy se cumplen cuarenta años de su debut artístico en un lugar cercano: el Teatro Politeama Grande, ubicado en la azotea de la Manzana de Gómez, en una función benéfica, para homenajear a Arquímedes Pous.
Tenía entonces 16 años. Había nacido en Guanajay, el 6 de febrero de 1895. “Según Ignacio Piñeiro, María Teresa era una mulatica preciosa, delgada, de andar seductor, con una voz que acariciaba al escucharla”. En su debut “interpretó por primera vez en público la conocida criolla Mercedes, acompañada por su autor Manuel Corona, y fue tal el éxito que tuvo que repetirla seis veces”. Y es lo que canta ahora:
Mercedes la que a mi alma consuela sin cesar, /
que siempre me ha querido con perdida pasión, /
que sólo por mí vive que siempre me querrá, /
con todo lo que siente su amante corazón. //
Por ella canto y lloro, por ella siento amor, /
por ti Merced querida se extingue mi dolor. //
No me desprecies nunca, pedazo de mi vida, /
para vivir tranquilos queriéndonos los dos.
El Teatro Politeama ya no existe. Y el Payret ha estado a punto de imitarlo, pues su deterioro pide a gritos una urgente salvación. El catalán Joaquín Payret comenzó a construirlo en 1876, y la edificación ha pasado por derrumbes y restauraciones múltiples. Este mismo año, 1951, su nuevo dueño, el comerciante asturiano José Sixto, lo demolerá, y parecerá un chiste muy español: Los diarios de la época darán la noticia jocosamente: “Lo que un catalán construyó, un asturiano lo derrumbó”. Por suerte renacerá de sus cenizas y se convertirá en cine, uno de los más cómodos y hermosos, con una situación geográfica envidiable.
Pero la noche continúa, y para aquellos que lamentan que en el Payret no se celebrara un velorio, María Teresa comienza a cantar otro tema con aroma fúnebre. Se titula Boda negra, y es una versión que hizo el compositor cubano Alberto Villalón del poema del colombiano Julio Flórez, quien, a su vez, tomó la idea de otra composición lírica, el poema “Boda macabra” del sacerdote venezolano Carlos Borges, compuesto en el año 1890, que se inspiró en un hecho real”.
Oye la historia que contome un día / el viejo enterrador de la comarca, /
era un amante que por suerte impía / su dulce bien le arrebato la parca. //
Todas las noches iba al cementerio / a visitar la tumba de su hermosa, /
la gente murmuraba con misterio / es un muerto escapado de la fosa. //
En una horrenda noche hizo pedazos /
el mármol de la tumba abandonada /
cavó la tierra y se llevó en sus brazos / el rígido esqueleto de su amada. //
Y allá en la triste habitación sombría /
de un cirio fúnebre a la llama incierta / sentó a su lado la osamenta fría /
y celebró sus bodas con la muerta. // Ató con cintas los desnudos huesos /
el yerto cráneo coronó de flores / la horrible boca la cubrió de besos /
y le contó sonriendo sus amores.
Muy pocos de los que asisten esta noche a este recital conocen la historia de María Teresa Vera. En el futuro, quienes escuchen su música y se interesen por su vida podrán leer cosas como esta: “Los orígenes de María Teresa eran, por vía materna, de raza negra, de ascendencia yoruba”. Y más datos de su familia: “La abuela y la bisabuela de María Teresa Vera fueron esclavas, y Los Vera, familia que vivía en Guanajay, fueron quienes le dieron la libertad. Cuando la madre de María Teresa nació, tenía la condición de liberta. Los Vera la enseñaron a leer y escribir”.
Esa historia familiar, su valor y sus creencias hicieron de ella un símbolo. Otros datos sobre su vida y obra dicen que su espiritualidad era la religión afrocubana. Por ese motivo “decide hacerse santera y deja la música hasta 1936, reapareciendo esporádicamente en los medios radiales con un cuarteto donde estaba su acompañante por más de 25 años el señor Lorenzo Hierrezuelo”. Por eso en su repertorio incluyó este tema de Ignacio Piñeiro que sigue bordeando lo tétrico:
Enterrador, te suplico / que por mi bien cantes mucho /
al recibir los despojos / de la que fue mis amores. //
Y en el lugar que reposa / en vez de lucidas flores /
siembra una mata de abrojos / para no olvidar quién era. //
Luego, en lugar de rezarle / por su descanso un requiem, /
ruega que vaya al infierno / y que el diablo le haga bien. //
Y en el mármol de su tumba / de eterna recordación /
pondremos esta inscripción / que es la copia de una rumba:
No la lloren, que no, / no la lloren, / que fue la gran bandolera, /
enterrador, no la lloren.
La gente aplaude y ríe, porque todos conocen a alguien que merecería esa rumba sobre su tumba.
En el año 1916 la joven María Teresa “conoció a Rafael Zequeira, quién le hacía un segundo casi perfecto, según ella, De inmediato son contratados por la disquera Columbia de Nueva York y llegan a realizar cinco viajes a la ciudad de los rascacielos, para grabar una considerable cantidad de obras, en la mayoría originales, de la trova”.
Fue el impulso inicial para hacerse de un nombre. Pero no tuvo mucha suerte: “En 1924, después de regresar de uno de los viajes del dúo “Vera Zequeira” a Nueva York, Rafael llega muy enfermo a Cuba. Fallece en casa de María Teresa, su muerte la deja muy perturbada y permanece un corto periodo tranquila en su domicilio”.
A esta altura de la noche, complaciendo a los asistentes con varios de sus éxitos, María Teresa ha dejado para el final su mayor carta de triunfo. Una habanera que lleva música de María Teresa y texto de Guillermina Aramburu. Se titula “Veinte años” y es la canción que seguirán cantando todos los asistentes a esta velada durante el resto de la noche, y que dice:
¿Qué te importa que te ame / si tú no me quieres ya? /
el amor, que ya ha pasado / no se debe recordar. //
Fui la ilusión de tu vida / un día lejano ya / hoy represento el pasado /
no me puedo conformar. //Si las cosas, que uno quiere /
se pudieran alcanzar / tú me quisieras lo mismo / que veinte años atrás. //
Con qué tristeza miramos // un amor, que se nos va. //
Es un pedazo del alma / que se arranca sin piedad.
“En 1960 se promulgó una ley que le otorgaba a María Teresa Vera una pensión vitalicia. Recibió homenajes y fue invitada a actuar en fórums y festivales de música popular. La dignidad de Hija predilecta de Guanajay, la Medalla del Ayuntamiento de La Habana y un homenaje en el Anfiteatro de la Avenida del Puerto, fueron alegrías que recibió en los primeros años de la década”.
María Teresa Vera se convirtió en luz eterna. Falleció el 17 de diciembre de 1965 en La Habana, a los 70 años de edad. Durante su vida “grabó cerca de 200 canciones de diferentes estilos en sus 50 años de carrera”.
Nadie la ve, pero nos sigue alumbrando.
“Los orígenes de María Teresa eran, por vía materna, de raza negra, de ascendencia yoruba”. Y más datos de su familia: “La abuela y la bisabuela de María Teresa Vera fueron esclavas, y Los Vera, familia que vivía en Guanajay, fueron quienes le dieron la libertad. Cuando la madre de María Teresa nació, tenía la condición de liberta. Los Vera la enseñaron a leer y escribir”.
Playlist
1. María Teresa Vera y Lorenzo Hierrezuelo - Veinte años (María Teresa Vera y Guillermina Aramburu)
00:00:25
2. María Teresa Vera y Conjunto de Nene Ayué - En la alta sociedad (Ignacio Piñeiro)
00:04:41
3. María Teresa Vera y Rafael Zequeira - Llorando a papá Montero (Tata Pereira)
00:07:16
4. María Teresa Vera - Boda negra (Alberto Villalón y Tomás Corman)
00:09:55
5. María Teresa Vera y Rafael Zequeira - Mi viaje a Pogolotti (Manuel Corona)
00:12:43
6. María Teresa Vera y Rafael Zequeira - El triunfo de la chancleta (Ignacio Piñeiro)
00:16:01