Biodescodificación del colon: Cómo afecta el rencor - IAW

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El pasado 31 de marzo conmemoramos el Día Mundial del Cáncer de Colon, una fecha que nos invita a reflexionar no solo sobre la prevención física, sino también sobre el sentido emocional de las enfermedades del colon.

Desde la mirada de la biodescodificación, relacionamos el colon con la capacidad de soltar y liberar. Cuando acumulamos rencor, vivimos situaciones que percibimos como injustas o retenemos experiencias difíciles de “digerir”, el cuerpo manifiesta ese conflicto a través de síntomas físicos.

¿Qué es el cáncer de colon o cáncer colorrectal?

El cáncer de colon o colorrectal es una enfermedad tumoral de las más frecuentes en el mundo que se origina en el intestino grueso (o colon) o en el recto cuya incidencia va aumentando con la edad.

Según la OMS, en 2022 se produjeron casi 2 millones de nuevos casos y más de 900 000 muertes en todo el mundo, lo que sitúa a esta enfermedad como la segunda causa de muerte por cáncer a nivel mundial.

Cuando el sistema digestivo, especialmente el intestino grueso, se desajusta puede producir síntomas como dolor abdominal, cólicos, distensión abdominal persistente, diarrea, estreñimiento, pérdida de peso sin causa aparente, cansancio, concentraciones bajas de hierro y algo muy significativo que es la presencia de sangre en las he ces ya sea de color rojo brillante u oscuras y alquitranadas.

Estos síntomas nos llevan a pensar que el intestino ha trabajado bajo presión, teniendo que hacer más actividad para eliminar algo que no ha podido sacar con el trabajo normal. Para ello ha creado más células, lo que en medicina se denomina tumor.

¿Qué hace el colon? Función biológica y simbólica

El colon cumple una función fundamental: soltar lo que ya no sirve.

Se encarga de absorber agua, electrolitos, nutrientes y algunas vitaminas de los residuos alimentarios, compactarlos y transformarlos en heces para su eliminación. Para eliminar necesita convertir los desechos líquidos en heces sólidas, las almacena, alberga bacterias benéficas para la fermentación y gestiona la eliminación de residuos.

Además, alberga una microbiota esencial para procesos de fermentación y defensa inmunológica. Se divide en varias partes: colon ascendente, transverso, descendente y sigmoide. Cada una de ellas tiene una función concreta.

Más allá de su función biológica, el colon tiene un simbolismo interesante: está relacionado con la capacidad de “dejar ir”.

El colon procesa y compacta los residuos del cuerpo, cumpliendo la función vital de “preparar para soltar” lo que el cuerpo ya no necesita.

Descodificación Biológica del colon: las enfermedades del rencor

Desde una mirada biológica sabemos que el colon se dedica a preparar el contenido inservible del cuerpo, sacarlo, eliminarlo hasta que vuelve a recibir un nuevo contenido y lo gestiona.

¿Qué ocurriría si no podemos soltar todo lo que es ya inservible e incluso tóxico? Primero el cuerpo se pondrá en modo turbo para eliminar lo que le puede hacer daño y para ello hará más células o más función con el objetivo de sacar lo más rápido posible ese contenido anómalo. Ahí comienza la acumulación de células que luego se llamará tumor de colon.

De forma paralela podemos ver que los conflictos asociados al colon tienen que ver con experiencias vividas como “indigestas”: situaciones que resultan difíciles de aceptar, de integrar o de soltar.

Son vivencias que, aunque han sido “tragadas”, no han podido ser realmente “digeridas”. Aparecen en contextos de traición, injusticia o decepción profunda:

  • “Esto ha sido un golpe bajo”,
  • “No me esperaba esto de ti”,
  • “Me traicionaste”,
  • “Después de todo lo que hice…”,
  • “Me la jugó quien menos esperaba”.

Muchas de estas experiencias implican problemas en las relaciones: conspiraciones, insultos, pérdidas de vínculos significativos, quiebres en la confianza.

Aquí encontramos tanto las “grandes traiciones” (vividas con intensidad emocional alta) como las “viejas traiciones”, aquellas que ocurrieron hace tiempo, pero siguen activas internamente.

También aparecen frases como:

  • “No puedo con esto”,
  • “Esto me supera”,
  • “Lo llevo atravesado”,
  • “Se me quedó aquí dentro”,
  • “No lo puedo soltar”,
  • “Lo tengo atragantado”.

La vivencia de injusticia es central, especialmente cuando se percibe que el daño recibido no tiene justificación:

  • “Yo no hice nada”,
  • “Me culpan sin razón”,
  • “Siempre termino pagando yo”.

Los síntomas asociados pueden ir desde molestias digestivas funcionales, inflamación, colon irritable, hasta patologías más graves.

Más allá del diagnóstico médico, lo que varía es la intensidad y duración del conflicto emocional, así como la forma en que la persona lo gestiona internamente.

¿Qué hay detrás a nivel emocional? Rencor, resentimiento e ira

El enojo, la ira, el resentimiento o el rencor son reacciones afectivas típicamente humanas. Todas ellas están relacionadas, en distintos grados, con el sufrimiento provocado por una acción de otra persona que nos afecta, junto con la sensación de frustración y descontento que esto genera. Sin embargo, aunque comparten una raíz común, difieren en intensidad, profundidad y duración.

El enojo o enfado es una respuesta emocional breve y reactiva ante una situación que se percibe como contraria o amenazante. Es inmediato, aparece y, en muchos casos, también desaparece con relativa rapidez.

La ira, en cambio, es un sentimiento más intenso. Supone una indignación más profunda hacia alguien y suele mantenerse más tiempo, a menudo acompañada de impulsos de agresividad o confrontación.

El resentimiento ya introduce otro matiz: implica una hostilidad sostenida hacia alguien que ha actuado en contra de uno o ha causado daño, de forma deliberada o no. Aquí la emoción empieza a quedarse, a instalarse.

El rencor, por su parte, es un sentimiento que se prolonga en el tiempo. Está profundamente ligado a experiencias pasadas que no han sido elaboradas. No solo se recuerda lo ocurrido, sino que se revive emocionalmente una y otra vez. Cuando alguien guarda rencor, suele pensar de forma persistente:

  • “Esto no se me olvida”,
  • “Lo que me hizo no tiene perdón”,
  • “Algún día se lo haré pagar”,
  • “Yo no soy de olvidar”,
  • “Se la tengo guardada”.

Pero más allá del recuerdo, lo que permanece es un dolor psicológico que no ha podido transformarse. Es como si una parte de la persona quedara fijada a aquel momento de ofensa, humillación, agresión, traición o injusticia.

En lugar de procesar ese dolor, se convierte en una carga que se arrastra durante años. Uno de los aspectos más llamativos del rencor es precisamente su duración. Hay personas que viven décadas repitiendo mentalmente la misma escena, recordando palabra por palabra lo que alguien les dijo o hizo:

  • “Me acuerdo perfectamente de cómo me miró”,
  • “Esas palabras no se borran”,
  • “Fue ahí cuando todo cambió”,
  • “Desde ese día ya nada volvió a ser igual”.

El tiempo psíquico se detiene. Es como si la vida quedara congelada en un fotograma que no avanza. La persona queda fijada en ese instante que considera injusto y no logra pasar página.

Esa permanencia no es inocua. Afecta tanto a la salud emocional como a la física. Son muchos los órganos que pueden verse implicados en esta descarga de tensión, pero en este artículo nos centraremos en uno en particular: el intestino grueso o colon.

El rencor y la ira actúan como un ruido interno constante que detiene nuestro tiempo psíquico y afecta directamente a nuestra salud.

El juego de las emociones

En las situaciones que despiertan ira o enfado, la carga emocional suele sentirse como un volcán en erupción: intensa, caliente, a veces difícil de contener.

Sin embargo, el resentimiento tiene una complejidad mayor. Muchas veces no solo hay enojo, sino también tristeza. Especialmente cuando lo que se percibe es una pérdida: de confianza, de vínculo, de reconocimiento o de amor.

En estos casos, ocurre algo muy significativo: se sustituye la tristeza por el enojo. El duelo se transforma en queja. Y así se mantiene la convicción de que “yo tengo razón” y “el otro es el culpable”.

Aparecen entonces pensamientos recurrentes como:

  • “Yo no hice nada para merecer esto”,
  • “Siempre me pasa lo mismo”,
  • “La gente no cambia”,
  • “Me utilizó y luego me dejó”,
  • “Nadie valora lo que hago”.

Este mecanismo protege momentáneamente del dolor más profundo, pero tiene un coste: cronifica el malestar. Lo que podría haber sido una herida que cicatriza, se convierte en una fuente constante de amargura.

La amargura es un estado emocional sostenido de descontento. No es una emoción puntual, sino una forma de estar en el mundo. Y cuando se instala, todo se tiñe de ese tono.

El impacto del rencor en el cuerpo y la salud digestiva

Los afectos no expresados, especialmente aquellos que quedan encapsulados como el rencor, no desaparecen. Se transforman. Y muchas veces lo hacen a través del cuerpo.

Una carga emocional sostenida implica mayor liberación de cortisol, la hormona del estrés. Esto conlleva múltiples consecuencias: desgaste físico y mental, tensión muscular (especialmente en cuello y hombros), dolores persistentes, debilidad del sistema inmune, fatiga crónica, insomnio, problemas de memoria y concentración, e incluso aumento de peso, particularmente en la zona abdominal.

El resentimiento también afecta al sueño. La rumiación mental —darle vueltas una y otra vez a lo ocurrido— puede dificultar conciliar el sueño o provocar despertares nocturnos con imposibilidad de volver a dormir:

  • “Y si le hubiera dicho esto…”,
  • “No debería haberme callado”,
  • “Lo tendría que haber enfrentado”,
  • “Todavía me hierve la sangre cuando lo pienso”.

El rencor no es solo un problema emocional o relacional. Es también un factor de riesgo para la salud física. Puede influir en el equilibrio de todo nuestro cuerpo.

Las emociones intensas y no elaboradas pueden facilitar o agravar ciertos cuadros clínicos.

El círculo del resentimiento: cómo afecta a tus relaciones

Las personas que viven desde el rencor suelen generar un efecto claro en su entorno: desgaste.

La constante negatividad, las quejas, la crítica y la victimización crean un ambiente pesado, difícil de sostener. Poco a poco, los demás comienzan a tomar distancia.

Es frecuente escuchar frases como:

  • “Nadie me entiende”,
  • “Todo el mundo me falla”,
  • “Siempre doy más de lo que recibo”,
  • “La gente es falsa”,
  • “Al final siempre te dejan solo”.

Cuando predomina esta narrativa, la vida se estanca. No hay avance posible porque la energía está atrapada en el pasado.

Además, culpar constantemente a los demás de la propia infelicidad genera rechazo. Las relaciones se deterioran. Aparece la soledad, que a su vez refuerza el resentimiento. Se entra en un círculo difícil de romper.

El resentimiento también genera distancia emocional. La persona puede volverse fría, desconfiada o cerrada, incluso con quienes no han tenido nada que ver con la herida original.

Cómo soltar el rencor y sanar el conflicto emocional

Superar el rencor no es olvidar ni justificar lo ocurrido. Es transformar el dolor que quedó atrapado.

Implica reconocerlo, mirarlo de frente y darle un espacio para ser sentido.

Una herida cicatriza cuando se limpia, no cuando se tapa. Si se oculta, se infecta. Si se atiende, puede sanar.

Por eso, el primer paso es identificar dónde duele:

  • ¿Qué fue exactamente lo que me hirió?
  • ¿Qué perdí en esa situación?
  • ¿Qué emoción hay debajo del enojo?

Después, viene lo más difícil: sentir. Sentir sin huir, sin anestesiar, sin racionalizar en exceso.

Sentir la tristeza, la rabia, la decepción… hasta que, poco a poco, la intensidad disminuya.

Aquí es donde el enfoque del Dr. Gabor Maté, a través de la Indagación Compasiva (Compassionate Inquiry), resulta especialmente útil. Propone acercarse al propio dolor con curiosidad y amabilidad, en lugar de juicio.

Tratarse como tratarías a alguien que quieres: con paciencia, con comprensión, con respeto por el proceso.

La autocompasión no es debilidad. Es una herramienta de regulación emocional profunda. Permite conectar con esa parte herida —muchas veces infantil— que no necesita exigencia ni dureza, sino acompañamiento. Cuando ese dolor encuentra espacio para expresarse, deja de necesitar manifestarse a través del rencor o del cuerpo.

Y entonces sí, poco a poco, se puede soltar. Soltar no es perder. Es dejar de cargar. Solo así es posible construir un presente más liviano, con mayor apertura, y recuperar algo esencial: la capacidad de estar en paz. 

Preguntas frecuentes sobre la biodescodificación del colon

¿Qué relación existe entre el colon y las emociones según la Descodificación Biológica?

Desde la Descodificación Biológica, el colon se asocia con la capacidad de soltar, liberar y dejar ir aquello que ya no sirve. Los conflictos emocionales no resueltos, especialmente relacionados con rencor, traición o injusticia, pueden vivirse como experiencias “indigestas” que el cuerpo expresa a través de síntomas digestivos.

¿Qué significa “no poder soltar” a nivel emocional?

Es la dificultad para procesar y dejar atrás experiencias dolorosas del pasado. Puede implicar quedarse enganchado a emociones como el resentimiento, la ira o la tristeza no expresada, reviviendo constantemente la situación vivida.

¿Qué diferencia hay entre enojo, resentimiento y rencor?

El enojo es una emoción puntual y pasajera. El resentimiento implica una emoción sostenida en el tiempo hacia una situación o persona. El rencor, en cambio, es más profundo y duradero, y suele estar vinculado a heridas emocionales no elaboradas que permanecen activas.

¿Se puede sanar el rencor?

Sí, es posible transformarlo. No se trata de olvidar lo ocurrido, sino de elaborar emocionalmente la experiencia. Esto implica reconocer el dolor, permitir sentirlo y acompañarlo con herramientas como la autocompasión o el acompañamiento terapéutico.

¿Qué primer paso puedo dar para empezar a soltar el rencor?

Tomar conciencia de lo que duele y permitirse sentirlo sin evitarlo.

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Ángeles Wolder