Rebeca Valls: “Creo que aprendo más de la vida en el escenario que en la propia vida” - Hello Valencia

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Tras años sobre las tablas interpretando y dirigiendo, Rebeca Valls se pone al frente de La ternura, la comedia de Alfredo Sanzol que respira un ADN profundamente shakesperiano. Juego, amor y miedo conviven en una historia llena de enredos que se despliega sobre el escenario del Teatre Talia, donde el público entra de lleno en un universo de comedia, fantasía y verdad emocional.

Valls coloca un espejo frente a los espectadores en una representación que emociona y hace reflexionar a partes iguales, invitándoles a reconocerse en sus propias máscaras, en sus miedos y en la forma en la que todos, de algún modo, nos protegemos del amor y de la vida.

Después de tantos años sobre las tablas, y habiendo dirigido ya varias obras de teatro ¿Da más vértigo dirigir comedia o drama?

No haría una diferenciación por género, sino por lo que necesita cada obra. Al final es como intentar entrar en la profundidad de la esencia de cada una y llegar hasta ahí. Creo que eso es lo más difícil: entender qué necesita en esencia cada pieza, qué es cada obra en su alma, en lo más profundo, para poder trasladarla a los espectadores. Es como cuando te enamoras de una persona, de pronto es un ser humano misterioso y te falta saber quién es. Pues lo mismo pasa con una obra. Cuando la diriges, es como si te enamoraras de ella, y te preguntas: “¿qué hay detrás?”. Y entonces empiezas a investigar, a coquetear con ella hasta conocerla en profundidad. Es muy bonito.

Te enfrentas a la dirección de La ternura: ¿qué tiene esta comedia en concreto que conecta tan bien con el público?

La ternura, en primer lugar, interpela directamente a los espectadores. Toca algo muy íntimo de ellos, algo que incluso puede dar cierto pudor. Y ver el suf rimiento real de esos personajes que intentan que no se note lo que están sintiendo resulta muy divertido.

Además, La ternura combina la fantasía, el cuento y el juego con la verdad de los sentimientos. Es una mezcla muy potente: entras en el juego, te lo crees todo, pero desde la verdad emocional. Como espectador decides entrar en ese universo, pero creyendo lo que sienten los personajes. Y eso es muy divertido, porque la gente piensa: “yo podría ser esa persona”, o “a mí me ha pasado esto”. Se identifican con lo que ven. Y cómo reaccionan los personajes genera mucha risa, porque sufren con nosotros, pero al mismo tiempo hay cierto pudor, y eso es lo que genera mucha comedia.

La obra habla del miedo al amor, de protegerse para no sufrir… ¿Crees que, en el fondo, todos somos un poco como esos personajes que se esconden detrás de disfraces emocionales?

Sí, todos lo hacemos, a pesar de que es inevitable, la vida lleva consigo el sufrimiento.

Hay algo muy bonito de esta obra en concreto, y es que creo que rompe prejuicios. Rompe, por ejemplo, en los hombres la forma de acercarse a su sensibilidad, a su parte más femenina; y en nosotras, a la masculinidad, y a ese valor que también tienen estas tres mujeres en escena. Al mismo tiempo, muestra cómo deciden sobrepasar el miedo y volver a conectarse con su sensibilidad.

Alfredo Sanzol mezcla humor, poesía y reflexión de una forma muy particular. ¿Cómo se dirige una obra que hace reír mientras habla de heridas tan profundas?

Creo que él lo que hace, a través de un lenguaje y unas metáforas muy shakesperianas, es crear una obra grande, donde apoya los cimientos en algo muy sólido. Y desde ahí empieza a romperlo con algo más cercano, más sencillo, de pronto llega a la sencillez más suprema. Y esa sencillez es la palabra clave. Desde ahí entra la comedia, entra el juego.

Los espectadores, cuando acaban, se han reído muchísimo, pero están emocionados. El aplauso es de gente que se lo ha pasado muy bien durante dos horas, riéndose mucho, pero con un viaje emocional muy verdadero, conectando con ellos de forma muy personal.

Además, en medio de la comedia te mete frases que te van directas al corazón. Creo que ese es el acierto. Al final, te dice: “no dejéis pasar la vida dando las cosas por supuestas”, y eso te lo puedes llevar a casa y recordarlo día tras día.

Vivimos en un mundo muy duro, convulso, donde muchas veces nos dejamos llevar por el día a día, el estrés, cosas que realmente, si las pones en una escala de valores, no tienen tanta importancia, y conectarte con esto es conectarte con una parte más pura y más humana. Y creo que eso es lo bonito que hace Sanzol: que dentro de una comedia te enseña todo eso. Y qué bonito aprenderlo a través de la risa.

La Ternura está inspirada en comedias de Shakespeare ¿qué tiene ese “ADN shakesperiano” que sigue funcionando tan bien hoy?

Shakespeare es universal porque conecta con el alma del ser humano. Da igual en qué siglo estemos, conecta con el alma. Habla de cosas universales, de temas que nos interpelaban antes y nos siguen interpelando ahora, como el miedo y el amor.

En La Ternura hombres y mujeres huyen unos de otros para no sufrir. ¿Te parece que vivimos una época donde cuesta más mostrarse vulnerable?

Sí, estamos hablando mucho de eso últimamente: del valor de ser más valientes cuando puedes mostrar tu vulnerabilidad. Normalmente, eso se hace desde la confianza, pero mostrarla en lugares donde siempre hay más máscaras… de pronto poder ser vulnerable, mostrarse en esencia, con tu cara más verdadera, es casi más valioso y más valiente en estos tiempos.

Creo que los hombres que vienen a ver la obra, no solo las mujeres, también se llevan un viaje interesante para después reflexionar en casa.

Como actriz, sabes perfectamente lo que necesita alguien encima del escenario. ¿Qué tipo de directora eres teniendo en cuenta esa condición de actriz?

Es lo que más me gusta: poder ayudar y guiar a mis compañeros y compañeras desde fuera. Y creo que la base es esa ventaja de ser actriz, de saber qué necesito yo, dónde me tienen que apretar para poder llegar a convertirme en otra persona, a habitar el alma de otro personaje.

El teatro es trabajo en equipo, empatía y ponerse en el lugar del otro. Creo que aprendo más de la vida en el escenario que en la propia vida, no solo de mí, sino también del ser humano. Y por eso creo que nuestro oficio es tan importante.

Dices que lo más importante en el teatro es tu equipo ¿cómo ha sido el proceso de los ensayos?

Llegué un poco tarde y me pidieron que me hiciera cargo de la dirección. Lo asumí, pero al principio es verdad que me daba mucho miedo. Y fíjate que, de alguna manera, ha sido como el viaje que hacemos en la obra: del miedo al amor, pasando por la vulnerabilidad y la confianza.

Ha sido un viaje en el que ellos confían mucho en mí, te diría incluso más de lo que yo misma confiaba al principio. Y notar eso da muchísima fuerza. Yo tenía mucho miedo, pero ellos me lo han ido quitando. Todo lo que yo les daba, ellos me lo devolvían por diez. Y eso ha sido precioso.

Además, ya partíamos de una base: somos un elenco que se conoce, venimos de trabajar juntos, y eso hace que el juego sea distinto. Ya sabes cómo te van a devolver la pelota en el “partido”, porque ya vienes jugando desde antes.

Has vivido muchísimas funciones y estrenos… ¿Sigues teniendo nervios antes de levantar el telón?

Creo que más como directora, porque hay una responsabilidad mayor y eso me genera más nervios. Pero siempre está ese gusanillo. Lo que intento es que los nervios no me bloqueen y me permita estar presente y hacer mi trabajo, tanto cuando soy actriz en el escenario como cuando soy directora.

De hecho, como directora a veces me escondo en el camerino. Si puedo, no veo la función. Por ejemplo, La mujer de negro, el estreno aquí en el Talía, no lo vi. Me metí en el camerino.

Pero también es verdad que, con el tiempo, cuando vuelvo a la esencia de Sanzol, a lo más sencillo, y pienso en lo que de verdad importa, consigo relativizarlo. Yo no trabajo para el qué dirán, ni para lo que piensen los demás. Trabajo para que los espectadores hagan un viaje emocionante y divertido. Y cuando vuelvo a eso, puedo vivir los estrenos de una forma más presente.

Cuando termina una función de La Ternura, ¿qué te gustaría que el público se llevara a casa además de las risas?

Yo creo que se llevan un regalo para el alma, un divertimento para lo físico, para el cuerpo, y también un regreso a lo importante, a lo que de verdad importa en la vida: la humanidad y el amor.

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Lucia Plaza