Por el área de economía de ADECES
Santiago Zavala, protagonista de Conversación en la Catedral (Vargas Llosa,1969) se pregunta al inicio de la novela “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Una pregunta que no encuentra respuesta en un momento histórico preciso. Parafraseando a Zavala podemos preguntarnos ¿Cuándo se jodió la UE? Y al igual que en la novela tendremos que recurrir a describir un proceso, una suma de acontecimientos más que a definir un momento preciso en el que empezaron a fallar las cosas.
En mayo de 2005 (quizás antes) podemos señalar un primer hito que indicaba que algo iba mal. En esa fecha, Francia rechazaba el Tratado que pretendía establecer una Constitución para Europa. Los holandeses, también en referéndum, votarían en la misma dirección. Algo no estaba suficientemente maduro, algo no terminaba de cuajar entre los ciudadanos europeos o, al menos, entre los ciudadanos de algunos países: era la propia idea de Europa.
Treinta y dos meses después, vía parlamentaria, Francia aprobó el Tratado de Lisboa.
El Tratado de Lisboa dotaba a la Unión de un presidente estable (designado por los jefes de Estado y Gobierno de los países de la Unión para un mandato de dos años y medio, renovable una vez) y una alta autoridad para asuntos exteriores.
Además, se amplía la toma de decisiones por mayoría cualificada y se incrementa el poder del parlamento europeo y de los parlamentos nacionales.
La Carta de los Derechos Fundamentales adquiere un carácter vinculante, salvo para Reino Unido (que mira por dónde habría de abandonar la UE años más tarde) y Polonia.
En palabras del Catedrático Francisco Balaguer Callejón, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada y catedrático Jean Monnet “ad personam” de Derecho Constitucional Europeo y Globalización:
“Si la crisis constitucional se ha convertido en una crisis de identidad europea es porque el proceso de constitucionalización es ya el único instrumento posible para avanzar hacia una integración política cada vez más necesaria. Al cuestionar ese proceso se está cuestionando la cultura democrática y constitucional de Europa y la posibilidad misma de que Europa sea algo más que una zona de libre cambio ¿Qué se le puede ofrecer a la ciudadanía europea para construir una identidad propia que no sea un orden constitucional y democrático?”
No obstante, la UE consiguió, como en muchas otras ocasiones, superar a través de la negociación y de fórmulas híbridas seguir avanzando, como en el caso que nos ocupa. Sin embargo, eso no fue suficiente para impedir que Europa se dejase girones de prestigio.
Quizá, uno de los últimos momentos en los que Europa alzó su voz en defensa de su sistema de valores y del derecho internacional y actuó con autonomía estratégica fue en el año 2003. En ese año, los representantes de Francia y Alemania en el Consejo de Seguridad de la ONU se opusieron a la intervención en Irak so pretexto de impedir el uso por parte de Sadam de las armas de destrucción masiva de las que disponía el país, según EEUU. Unas armas que nunca aparecieron y que los inspectores de la Agencia Atómica (OIEA) y otras investigaciones negaron antes de la invasión de 2003. Pero esa firme posición de los representantes europeos en el Consejo de Seguridad se vio socavada por la actuación del Reino Unido y España de la mano compartiendo posiciones con EEUU e incorporando a más países europeos a esta coalición.
Previamente, en la década de los 90, con la caída del muro de Berlín, la reunificación alemana y el colapso de la Unión Soviética, vendría la extensión de la OTAN hacía el este, creando un cerco sobre Rusia, amenaza que ninguna potencia occidental aceptaría, mucho menos EEUU como ya demostró en la crisis de los misiles de Cuba (1962).
Una vez más, un compromiso de la OTAN, en este caso el de no sobre extenderse hacía el este cayó en saco roto. Así lo mantuvo siempre Gorbachov y se confirmó con la desclasificación de documentos soviéticos y americanos del 9 de febrero de 1990 y del 18 de febrero de 2022 respectivamente, este último según Der Spiegel.
Y así rota cualquier palabra dada, la OTAN se extendió:
A Polonia, Hungría y República Checa En 1999.
En 2004 ingresaron en el club atlántico Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia.
Albania y Croacia lo hicieron un 2009 y Montenegro lo haría en 2017. Macedonia del Norte en 2020 y Finlandia y Suecia en 2023 y 2024. Y ahora, si quieres, mira el mapa.
Pero con Georgia en su día, y desde 2022 con Ucrania saltaron todas las alarmas. En este último caso dando lugar a la guerra.
En 1997, George F. Kennan (diplomático estadounidense que defendió durante la Guerra Fría la política de contención de la expansión soviética, postura que rectificó posteriormente) ya señalaba que expandir la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría. Se puede esperar que tal decisión inflame las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas en la opinión rusa; tener un efecto adverso en el desarrollo de la democracia rusa; restaurar la atmósfera de la guerra fría en las relaciones Este-Oeste e impulsar la política exterior rusa en direcciones que decididamente no son de nuestro agrado…
Europa secundó la política de extensión de la OTAN hacia el este de la misma manera que hoy alimenta y contribuye a perpetuar la guerra ruso-ucraniana.
Además, la UE santificó las operaciones de cambio de régimen de Irak en 2003 y de Libia en 2011, silenció el genocidio de Gaza, trato de convertir en decorosas las ansias de Trump por el petróleo venezolano encubriendo la agresión a la soberanía bajo la lucha por la democracia y la libertad y silenciado el secuestro del presidente de la república, disfrazado de narcoterrorista.
Europa calló ante el asesinato selectivo de altos funcionarios como el iraní Soleimani en 2020 o los ataques a lanchas en el mar caribe.
Así que sí. Europa secundó la política exterior estadounidense o calló ante sus arbitrariedades. ¿Quién puede confiar en Europa si se ha convertido en fiel vasallo?
Europa calló ante el ataque a la soberanía de otros países, pero recordó la Carta de Naciones Unidas ante los ataques a la soberanía danesa sobre Groenlandia.
La UE calló ante el ataque en septiembre de 2022 de una infraestructura energética de primer orden como los gaseoductos Nord Stream 1 y el Nord Stream 2. Aunque las investigaciones continúan en Alemania, Suecia y Dinamarca cerraron las suyas respecto a personas detenidas en sus países.
Alemania emitió una orden de arresto europea contra un ciudadano ucraniano y otros dos fueron detenidos en Italia y Polonia. Un tribunal italiano concedió la extradición del primero, pero el tribunal supremo se opuso. Por su parte, Polonia, denegó la extradición del detenido en el país justificando el sabotaje.
¿Quién saboteo los gaseoductos? Todavía no se sabe, pero es evidente a quién benefició. Sigue el dinero.
Pero, más allá de esto, si EEUU puede intervenir en su área de influencia ante el silencio europeo, por qué Rusia no puede hacer lo mismo. Por qué Europa lo condena. Por qué tanta asimetría.
Por qué callamos ante la congelación de los activos rusos por parte de EEUU en lo que supone una evidente ruptura de la neutralidad del sistema SWIFT y un aliciente para que los BRICS generen sistemas de pago alternativos.
La congelación de los activos rusos por parte de EEUU y la UE supone decirle al mundo, fundamentalmente a los BRICS o al Sur Global que los bonos del Tesoro de Estados Unidos y de la UE no son activos seguros.
Pero, además, Europa amenazó con ir más lejos. No solo congelar, sino confiscar los activos rusos. Finalmente tuvo que desistir. Hubiera sido un enorme riesgo para los mercados financieros y para la economía europea.
Así las cosas, y otras que no relatamos por no extendernos suponen el declinar de Europa de una forma más rápida que la esperada.
Si queremos recuperar algo de liderazgo y predicamento en la escena internacional debemos recuperar la Ostpolitik, es decir, la cooperación con Rusia, creando un espacio común de seguridad.
En paralelo, como ya hemos señalado en otra entrada de este blog (https://www.adeces.org/europa-y-eeuu-subordinacion-autonomia-estrategica-u-orden-multilateral/) Europa debe reforzar su soberanía económica y geopolítica, reduciendo su dependencia tanto comercial como militar de EEUU. Esto implicaría profundizar en el mercado interior, invertir en sectores clave (como tecnología, defensa y energía) y diversificar sus alianzas, incluyendo vínculos más estrechos con potencias medias o economías emergentes.
Europa también puede apostar por liderar una respuesta coordinada con otros actores afectados por la política de EEUU.
Además, debería abordar una salida estrictamente europea al conflicto de Ucrania y dejar de boicotear los intentos de paz.