Con El Vestido, Jacob Santana reafirma su talento como director y su pasión por el cine de terror. En esta entrevista, el cineasta nos cuenta cómo ha sido trabajar con Belén Rueda, cómo aborda la dirección de actores —desde los más experimentados hasta los niños— y cuáles han sido los desafíos y aprendizajes de esta nueva película. Una conversación en la que Santana revela su proceso creativo, su obsesión por los detalles y cómo busca transmitir emociones intensas al espectador.
¿Cómo es trabajar y dirigir a una actriz tan consagrada como Belén Rueda?
Trabajar con Belén Rueda es un sueño en todos los sentidos. No solo por su talento y lo que representa como actriz, sino también porque es una persona absolutamente entregada. Está completamente implicada en la película. Cuando llega al rodaje, se crea como una burbuja en su vida y se centra únicamente en lo que sucede en el set: cómo lleva el vestuario, dónde mira, cada detalle… y siempre a favor de todo, conociendo incluso el nombre de todos los que trabajan allí. Es como una estrella de cine americano.
Ya habíamos trabajado juntos en Reversión, así que esta vez la colaboración fue aún más fluida. Participamos juntos en la fase de ensayos y en la elección de la niña protagonista, incluso hicimos un par de castings con ella. Todo ese feedback fue muy enriquecedor y fructífero. En el rodaje, trabajar con Belén es como tener las piezas ya moldeadas: todo encaja y avanzamos por la misma dirección.
El cine de terror tiene un atractivo especial. Desde tu perspectiva como director, ¿qué es lo que más te fascina de contar este tipo de historias y qué te impulsa personalmente a adentrarte en ellas una y otra vez?
A mí lo que realmente me gusta del cine, cuando voy a ver una película, me gusta que jueguen con mis emociones. Entonces creo que como creador me pasa un poco lo mismo. Yo no soy una persona que tenga miedo a nada, en realidad. No pienso que me vayan a matar por la calle, ni que haya extraterrestres, ni que me vayan a poseer.
Desde pequeño, ir al cine a ver películas de terror me suponía algo que no tiene que ver conmigo, que no está en mi vida. No tengo miedo. En cambio, por ejemplo, las comedias me gustan menos verlas, porque sí que disfruto de los chascarrillos, de las risas…
Entonces creo que como creador me pasa un poco lo mismo: me gusta generar cosas que no experimento en la vida normal. A mí no me gusta que me tengan miedo… pero en el cine es muy bonito sentir cosas que no tienes en tu día a día. Experiencias más allá, como en la literatura: encontrar un amor muy extremo que no habías tenido y verlo, y decir, “¡qué bonito!”. Con el terror pasa un poco lo mismo. No quieres pasar por eso en un bosque, pero en el cine es muy bonito vivirlo.
Personalmente ¿Cómo definirías tu proceso como director? Al recibir un guion, ¿qué es lo primero que se te pasa por la cabeza y por dónde comienzas a abordarlo?
Pues mira, lo primero que se me pasa por la cabeza siempre que me llega un guion son los escenarios. O sea, de repente veo las localizaciones. Visualizo los lugares y ya empiezo a imaginar algunos planos. Empiezo a ver pequeñas frases, detalles, y voy poniéndolo todo mientras busco la manera de adaptarlo.
Lo primero que veo siempre son las localizaciones… y los actores. Por ejemplo, Belén Rueda ya venía diciéndonos que esta es nuestra Emily Curtis española. Entonces ya la veía a ella y me imaginaba cómo tendría que ser la casa, cómo unir el interior con el exterior. Lo de dentro es un plató y lo de fuera es una casa, así que había que encajarlo perfectamente: el plano de la escalera, por ejemplo, lo pensé desde el principio para aislar a la niña dentro de un grupo muy grande.
Quería aislarla, pero que se viera un montón de gente alrededor, no aislarla sola, porque eso me parece menos real. Entonces, necesitaba hacer un plano muy largo de ella bajando por la escalera, que luego se fueran los demás, y que entre tanta gente se sintiera sola. Una soledad mucho más real que la soledad que tienes en tu cuarto.
En el rodaje, ¿qué escenas resultan más complejas de filmar? ¿Las que requieren tensión, suspense y terror, o aquellas que exigen mayor complejidad y vulnerabilidad emocional?
Es imposible generalizar. Porque cada actor es un mundo. Los actores son personas, individuales. No se puede tratar como un grupo.
Hay actores que son muy dúctiles y se emocionan con facilidad. Y hay actores a los que les cuesta emocionarse. Hay actores con los que les encantan las peleas y puedes pelearte, y otros que no quieren caerse al suelo. Entonces depende siempre del material, de la cocina. Depende de con qué lo hagas: sale un plato rico o no tan rico.
El 90% son los actores. Es cómo se comportan ellos. Porque al final es lo que ves, es lo que te transmiten. Te tienen que transmitir ese miedo, esa risa, esa emoción. Y para eso tienen que ser el canal más fundamental.
¿Cómo incorporas la dirección con los actores?
Depende de qué actor. Es muy importante encontrar el diálogo concreto, porque no a todos les puedes hablar desde el mismo lugar. Al final tienes que analizar a la persona, ver cómo es, y buscar por dónde te puedes meter para que confíe en ti.
Es muy difícil que un actor confíe en un director, porque muchas veces los han traicionado. Les han hecho hacer cosas que luego no han funcionado, les han dicho que “no pasa nada”.
Los actores con mucha experiencia pueden ser más complicados en ese sentido. Los que tienen poca experiencia suelen tirarse a la piscina, pero los que ya saben lo que les funciona confían mucho en sus instintos: tienen frases ya hechas, miradas que saben que funcionan… Sacarles de ahí a veces es complejo.
Entonces tienes que buscar su punto débil, empatizar con ellos, que te entiendan, que confíen en ti. Y tienes que llevar el trabajo muy hecho para poder decirles: “Mira, de verdad, haz el pino puente que va a funcionar”. A veces lo hacen, a veces no. Pero yo suelo conseguir que lo hagan. En mis dos películas, por lo menos, he conseguido llevarlos un poco a mi terreno.
¿Cuál dirías que ha sido el reto más grande que ha supuesto El Vestido?
Pues mira, lo que te he contado antes del plató y del exterior… eso creo que ha sido muy complejo. tienes que pensar: “Bueno, la actriz tiene que recordar lo que hizo, cómo lo hizo, cómo lo dijo, la referencia…”.
Pero bueno, yo creo que eso ha quedado súper bien, y como son actrices tan buenas, lo tenían muy controlado. No sé si el trabajo con los niños ha sido igual de complejo. Lo que más miedo me dio al principio y lo que más respeto me generaba eran los niños, porque claro, es difícil. Pero la verdad es que se ha controlado muy bien.
¿Es la primera vez que diriges a niños?
No, en Reversión dirigí a un niño que se llama Adrián, que lo hizo increíble. Pasó lo mismo: tenía solo una secuencia muy pequeñita y le tuve todo el día de la mano para que confiara en mí, y al final conseguí lo que quería. Pero era muy pequeño y era solo un día.
Aquí, en cambio, ver que tienes niños durante toda la película… yo ya había trabajado con niños antes de Reversión, y sé que son muy complicados. Claro, requieren mucha atención, se cansan… pero aquí, cero problemas. Ha sido como un sueño; han estado entregadísimos.
Cuando terminas de dirigir una película y la ves por completo, ¿te reconoces en ella? ¿Ves reflejos de tu trabajo y de tu personalidad, o logras disfrutarla como un espectador ajeno ?
Imposible. Veo la película y siempre veo millones de cosas: millones de cosas bien, millones de cosas mal, millones de reflejos… un montón de cosas. Es imposible verla como un espectador ajeno. Veo un montón de cosas que hubiera hecho de otra manera, ruidos, detalles… siempre me pasa.
En el cine lo paso fatal. Hasta el último momento, hasta la última oportunidad de montaje o cambios, veo la película de una manera, pero cuando ya no hay marcha atrás, ahí empiezo a sufrir. Sé que no lo puedo arreglar y entonces, cuando la veo, sufro un montón. “Ay, eso es plano, tiene que ser más corto”, o “eso debería tener un contraplano”… Empiezo a pensar en un montón de cosas y sufro mucho.