Desde hace años, le pese a quien la pese, la CNT acude a Villalar para poner en cuestión a las instituciones cómplices de la destrucción de los territorios de Castilla. Una cita de toda la resistencia a burocracias y empresaurios a las que le sobramos mientras no seamos trabajadoras sumisas o paniaguadas de redes clientelares.
Antes de este Villalar 2026 dimos ocasión de debatir sobre estos motivos con unas pequeñas jornadas A por Villalar, para las que programamos los siguientes actos sobre las amenazas a nuestro medio y las respuestas de base que defendemos como anarcosindicalistas:
– El sábado 11 de abril tratamos de Riesgos y amenazas de las macroplantas de biogás, con el investigador del CSIC Pedro Serena y nuestra compañera Estefanía.
– El viernes 17 de abril hicimos un llamado a las iniciativas comunales por los montes y el rural, contando con la Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono -ARBA Valladolid- y CNT Zamora, entidades básicas para la repoblación forestal de la sierra de la Culebra que CNT impulsa en los últimos años.
Entre todas las intervenciones, quedó definida la trama de complicidades que hace que grandes extensiones de nuestro territorio se hayan puesto al servicio de proyectos destructores del territorio en beneficio exclusivo de fondos de inversión y algunos desorientados consumidores de pelotazo para hoy y hambre para sus vecinos.
Aunque se disimule con diversos trucos estadísticos -como la contabilidad por países en conjunto y no per capita-, el consumo de energía y espacio para vertidos de los países impulsores del capitalismo planetario y de la economía del despilfarro está creando una crisis ecológica planetaria, reconocida por las empresas de seguros, que los ciclos electorales, por su propia naturaleza de pan y circo, son incapaces de cerrar. Si el planeta Tierra es una nave espacial, los países ricos en PIB están llenando la escafandra con mierda que ellos deberían dejar de producir.
El marketing verde impulsado desde los setenta intenta tranquilizar conciencias incapaces de asimilar la necesidad de decrecimiento con una ilusoria capacidad de reflotar el titanic mediante medidas técnicas y económicas -como si fuese posible que el ecologismo y el negocio de la exportación de petróleo llegasen a acuerdos-. La escasez de determinados vectores energéticos originada por las guerras reverdece tecnologías antes vistas como contaminantes, y crea oportunidades de negocio como las de las macroplantas de biogás. Se trata de tecnologías a las que la ley sólo consiente como macroproyectos de grandes consorcios capitalistas -se excluyen las microplantas de escala local-, y que se están intentando implantar masivamente en la meseta catellana.
Hablamos de proyectos que se aprueban desde burocracias opacas, sin tener en cuenta tanto los riesgos de las propias plantas y sus vertidos e inflamaciones -setenta y cinco accidentes graves registrados en treinta y tres años-, como sus consecuencias económicas -las de un circuito que intenta exprimir los residuos de los hacinados establos de la ganadería industrial con plantas de aprovechamiento de metano que impiden otros empleos en los territorios anegados por el tráfico probable de trescientos cincuenta camiones diarios-. Proyectos de rentabilidad dudosa salvo para los accionistas que, beneficiados de los apoyos institucionales, buscarán un nuevo objetivo tras crear eriales.
Las dificultades de responder legalmente a los procedimientos por los que se aprueban estos proyectos -tantas veces aparecidos como hechos consumados- van aparejadas con las de unas comunidades rurales a las que años de economía colonial esquilmadora han dejado indefensas ante la desglobalización, la caída del sistema industrial que ahora las utiliza como sumideros.
Pueblos con tradición de lucha oprimida u ocultada han de enfrentarse a equipos legales e institucionales que no escuchan ni a los alcaldes del partido dominante en las altas esferas. Medidas cosméticas como la municipalización de los montes comunales quedan en papel mojado cuando las trabajadoras de la prevención de incendios se encuentran en situaciones precarias que urge combatir desde el ámbito sindical.
También desde el ámbito social. Contra viento y marea, a veces literalmente, las repoblaciones de la Sierra de la Culebra desde el municipio de Tábara llevan saliendo adelante en los últimos años, con actos concurridos tanto para la azada como para el debate. La Sierra de la Culebra no se calla y sirve de ejemplo que deberíamos tomar en otros territorios, acumulando acciones hasta concretar un plan de vuelta al comunal y al rural desde la libertad.
Las gentes de la Asociación por la Recuperación del Bosque Autóctono, con su saber de veintitres años de ecología desde la solidaridad y el apoyo mutuo, han sido fundamentales para sacar adelantes las plantaciones que comentamos. Quizás muchos de sus buenos consejos para la siembra en el monte pueden extenderse a buenos consejos para el movimiento social: porque replantamos para regenerar bosque, con todas sus complicidades entre especies (no para crear jardines de plantas en hilera, como caídas en paracaídas) y porque tener en cuenta las características del terreno es importante antes de plantar el retoño o la pancarta. Las buenas intenciones no siempre son buenas acciones.
El árbol de la libertad sólo crecerá regando su semilla… y teniendo en cuenta que sólo se le puede abonar desde la base. Confíamos en que estas jornadas, desde su modestia, hayan sido un capítulo en ese proceso. Con la dedicación y buen hacer de Pedro, Estefanía, Verónica y las gentes de ARBA que hicieron las ponencias, ya hemos tenido un ingrediente importante y de agradecer para ello.