La final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 no solo fue un acontecimiento deportivo de alcance mundial. También constituyó un extraordinario ejercicio de protocolo, ceremonial y representación institucional, en un escenario especialmente complejo al estar organizado por tres países.
Nuestro delegado en Asturias, Jorge Hurlé, analiza con detalle la composición del palco presidencial, la ceremonia de entrega de trofeos, las precedencias, el papel de las autoridades y aquellos aspectos que, desde una perspectiva estrictamente protocolaria, merecen una reflexión. Un artículo que demuestra cómo, en los grandes acontecimientos internacionales, cada decisión protocolaria contribuye al éxito —o al recuerdo— de la ceremonia.
La final de una Copa del Mundo trasciende lo puramente deportivo. Es uno de los eventos deportivos más importantes que se pueden organizar. Durante noventa minutos (o 120 como fue el caso) el balón es el protagonista, pero antes, durante y después del partido se desarrolla uno de los actos protocolarios más complejos del panorama internacional. Jefes de Estado, miembros de casas reales, presidentes de federaciones, dirigentes de organizaciones deportivas, representantes diplomáticos y miles de millones de espectadores convierten la ceremonia en un auténtico ejercicio de protocolo, precedencias y ceremonial.
La edición de 2026 suponía, además, un reto sin precedentes. Por primera vez en la historia, el Mundial fue organizado conjuntamente por tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Ello obligó a integrar la representación institucional de los tres Estados anfitriones con la de la FIFA y las delegaciones oficiales de los países finalistas, España y Argentina.
Desde una perspectiva protocolaria, la organización resolvió con notable acierto un escenario extraordinariamente complejo.
Un palco presidencial acorde a la dimensión del acontecimiento
La presidencia del palco estuvo ocupada por Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, y Gianni Infantino, presidente de la FIFA, quienes estuvieron acompañados por sus respectivas esposas. Aunque estas no forman parte de la presidencia protocolaria del acto, su presencia junto a ambos respondía a la naturaleza institucional del evento y a la condición de anfitriones de facto del palco.
Junto a ellos, a su izquierda, se situaban Sus Majestades los Reyes de España, Don Felipe VI y Doña Letizia, seguidos por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Completaba este bloque institucional el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán.
La representación española se completaba con la presencia de la Princesa de Asturias, Doña Leonor; la Infanta Doña Sofía; la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Milagros Tolón; y el vicepresidente primero del Gobierno, Carlos Cuerpo.
Algunos podrían considerar llamativa la ubicación de la Princesa de Asturias y de la Infanta fuera del núcleo principal del palco presidencial. Sin embargo, desde el punto de vista del protocolo internacional, la decisión resulta plenamente coherente. En este tipo de acontecimientos la organización prioriza la representación institucional de los Estados y de las delegaciones oficiales sobre la precedencia interna de cada país. Por ello, ambas ocuparon una posición junto al resto de autoridades españolas y varios integrantes de la selección campeona del mundo en 2010.
En el lado opuesto de la presidencia se encontraban Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, y Mark Carney, primer ministro de Canadá, representando a los otros dos países organizadores del campeonato.
Tras la primera línea institucional se situaban varias de las principales autoridades del fútbol mundial. Entre ellas, Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL y vicepresidente de la FIFA; Victor Montagliani, presidente de la CONCACAF; y Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA).
En conjunto, la composición del palco reflejó adecuadamente el equilibrio entre representación política, deportiva e institucional que exige un acontecimiento de semejante magnitud.
Una ceremonia de premiación correctamente estructurada
Una vez concluido el encuentro, la ceremonia de entrega de premios volvió a poner a prueba la coordinación protocolaria de la organización.
A diferencia de otras ocasiones, donde la entrega se realiza desde el palco presidencial, la FIFA volvió a apostar por instalar un escenario sobre el terreno de juego, una fórmula que aporta una mayor solemnidad al acto y mejora considerablemente la visibilidad para el público presente y para la retransmisión televisiva.
La línea de autoridades seguía una lógica perfectamente reconocible. Abría la ceremonia Gianni Infantino, como presidente de la FIFA. A continuación, se situaban Donald Trump, presidente del principal país anfitrión, USA; Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México; Mark Carney, primer ministro de Canadá; y cerraba la línea institucional SM el Rey Felipe VI, máxima autoridad del país finalista.
Llamó la atención la ausencia del presidente del Gobierno argentino, circunstancia que dejó a la Asociación del Fútbol Argentino representada institucionalmente por su presidente, Claudio “Chiqui” Tapia.
También estuvieron presentes Rafael Louzán, presidente de la Real Federación Española de Fútbol; Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL y vicepresidente de la FIFA; y Victor Montagliani, presidente de la CONCACAF.
Quizá la ausencia más significativa fue la de Aleksander Čeferin, presidente de la UEFA. Su presencia habría completado el equilibrio institucional entre las tres grandes organizaciones directamente vinculadas con la final: la CONCACAF (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol), como confederación anfitriona; la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol), como representante del campeón; y la UEFA, como confederación del otro finalista.
Pese a ello, la composición de la línea de autoridades mantuvo un adecuado equilibrio institucional y respetó la lógica de representación internacional que requiere una final mundialista.
Un reparto de premios equilibrado
La distribución de las entregas estuvo igualmente bien planteada.
Mark Carney, primer ministro de Canadá, hizo entrega del premio al Mejor Portero del Torneo.
Posteriormente, Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, entregó el Premio al Mejor Jugador del torneo.
El tercer trofeo alternativo, al Mejor Jugador Joven del Mundial, al estar patrocinado por Aramco, fue entregado a parte por un representante de la compañía.
Finalmente, Donald Trump y Gianni Infantino compartieron la entrega de las medallas y del trofeo que acreditaba al nuevo campeón del mundo.
Desde un punto de vista protocolario, el reparto fue equilibrado, otorgó protagonismo a los tres países anfitriones y reservó el momento culminante (la entrega de la Copa del Mundo) al presidente del principal país organizador junto al presidente de la FIFA, máxima autoridad del fútbol mundial.
Un procedimiento de entrega susceptible de mejora
Si bien el reparto de los diferentes galardones entre las autoridades estuvo correctamente planteado desde el punto de vista institucional, el procedimiento seguido durante la entrega de las medallas resultó menos acertado.
La decisión de que dos autoridades entregaran simultáneamente las medallas a los jugadores agiliza la ceremonia, pero introduce un elemento de confusión tanto para los propios protagonistas como para la realización televisiva y el público.
Durante la entrega pudo apreciarse cómo algunos futbolistas dudaban sobre a qué autoridad debían dirigirse e, incluso, alguno de ellos llegó a abandonar la línea de entrega sin recibir la medalla, teniendo que regresar instantes después para recogerla.
Desde una perspectiva protocolaria, la fluidez de una ceremonia no depende únicamente de su rapidez, sino también de la claridad de los recorridos y de la perfecta identificación de cada punto de interacción. En este tipo de actos, donde cada gesto queda registrado para la historia, un circuito único de entrega, aunque suponga unos segundos más de duración, evita confusiones y refuerza la solemnidad del ceremonial.
La eficacia nunca debería prevalecer sobre la claridad del protocolo.
El protocolo termina cuando comienza la celebración de los campeones
Si hasta ese momento la ceremonia había transcurrido con un alto nivel de organización, hubo un detalle que, desde el punto de vista protocolario, empañó el desenlace de un acto prácticamente impecable.
Una vez entregado el trofeo, Donald Trump permaneció sobre el escenario durante la celebración de la selección española, ocupando un espacio que, por tradición, ceremonial y sentido institucional, corresponde exclusivamente a los campeones.
Las imágenes mostraron incluso cómo Gianni Infantino trataba discretamente de conducir al presidente estadounidense hacia un lado del escenario para dejar el protagonismo a los futbolistas. Sin embargo, Trump permaneció mientras los jugadores levantaban la Copa del Mundo y se producía la tradicional lluvia de confeti.
Más allá de cualquier valoración política o personal, el análisis debe hacerse exclusivamente desde la óptica del protocolo.
Existe un principio ampliamente consolidado en el ceremonial deportivo internacional: la misión de las autoridades concluye en el mismo instante en que hacen entrega del trofeo.
Desde ese momento, el escenario deja de pertenecer a las instituciones y pasa a pertenecer únicamente a los deportistas.
Las imágenes que permanecerán para la historia deben mostrar exclusivamente a quienes han conquistado el título. Son ellos quienes representan el esfuerzo, el sacrificio y el éxito deportivo.
El verdadero protagonismo institucional consiste, precisamente, en saber desaparecer a tiempo.
El mejor protocolo es, muchas veces, aquel que pasa inadvertido.
El respeto también forma parte del protocolo deportivo
La ceremonia dejó además un detalle especialmente interesante desde la perspectiva de los valores que transmite el deporte.
Antes de recibir sus medallas como subcampeones del mundo, los jugadores argentinos atravesaron el pasillo de honor formado por la selección española, un gesto de reconocimiento al rival que constituye una de las expresiones más nobles del respeto deportivo.
Sin embargo, ese gesto no tuvo continuidad en la ceremonia posterior.
Durante la entrega de las medallas y del trofeo de campeones, la Selección Argentina se dirigió inmediatamente hacia su afición, girando la espalda a la línea de autoridades que presidía el acto mientras recibían las condecoraciones. Únicamente uno de los futbolistas mantuvo en todo momento la orientación hacia las autoridades y el desarrollo ceremonial de la entrega.
Es cierto que la emoción de proclamarse campeón del mundo resulta difícil de contener. La euforia forma parte del deporte y sería injusto pretender eliminarla.
Pero precisamente el protocolo deportivo existe para armonizar esa emoción con el respeto institucional.
La cortesía hacia quienes entregan los galardones, el reconocimiento al rival y la solemnidad del momento no restan espontaneidad a la celebración. Al contrario, contribuyen a engrandecerla y proyectan una imagen de respeto hacia el campeonato, las instituciones organizadoras y los millones de personas que siguen el acontecimiento desde todo el mundo.
El protocolo deportivo no limita la emoción; la ordena.
Una organización sobresaliente en un escenario de enorme complejidad
Analizar una ceremonia de estas dimensiones obliga a valorar el conjunto y no únicamente los pequeños detalles.
La final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 suponía un desafío sin precedentes. En ese contexto, la organización puede calificarse como sobresaliente.
El palco presidencial reflejó adecuadamente la representación institucional del acontecimiento (a pesar de las llamativas ausencias).
La línea de autoridades sobre el terreno de juego mantuvo un equilibrio razonable entre los distintos actores implicados.
El reparto de premios estuvo correctamente distribuido entre los países organizadores.
Y la decisión de realizar la ceremonia sobre un escenario instalado en el césped volvió a demostrar que esta fórmula ofrece una solemnidad y una espectacularidad muy superiores a las antiguas entregas realizadas desde el palco presidencial.
Conclusión
El protocolo suele pasar desapercibido cuando todo funciona correctamente. Y eso es precisamente lo que ocurrió durante la mayor parte de la final del Mundial 2026.
La coordinación institucional entre tres países anfitriones, la FIFA y las delegaciones oficiales fue un ejemplo de planificación y cooperación internacional.
Sin embargo, también quedó demostrado que, en las grandes ceremonias, un único detalle puede alterar la percepción del conjunto.
Porque el protocolo no consiste únicamente en ordenar autoridad