En plan fife, pero bien: lecciones del Mundial 2026 » Fad Juventud

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*Pedro Fernández de Castro

Fife: en la jerga del Internet centennial (o de la Generación Z), dícese de los hombres heterosexuales aficionados al fútbol y al videojuego FIFA que exhiben discursos y comportamientos machistas y homófobos. También se define en relación a su antónimo, potaxie, que hace referencia a las mujeres y miembros del colectivo LGTBIQ+ que se enfrentan a estos discursos y comportamientos.

La primera vez que escuché estas dos palabras fue allá por 2024, cuando fueron popularizadas por Las Verdunch, dos creadoras de contenido autodefinidas como “dos mujeres expresándose como un gay” que abanderaron el movimiento potaxie. Este concepto surge a partir de 2020 con un vídeo viral de una entrevista callejera a una mujer en República Dominicana que, al hablar de las propiedades del aguacate, pronunció potasio como “potaxio«. La actitud vacilona de esta mujer contribuyó a que este momento pasara a la historia memética de Internet. Aunque uno nunca sabe bien del todo por qué suceden estas cosas, y ahí está la gracia. El movimiento potaxie es una subcultura digital en sí misma y, como tal, cuenta con su propio lore además de funcionar como elemento de identidad y comunidad. Dicho esto, no es el objetivo de este texto profundizar en la mitología potaxie. Como reza el título, he venido a hablar de fútbol. En concreto, a compartir las reflexiones que me han surgido durante este Mundial (masculino) de la FIFA 2026 en lo que respecta a mi identidad como hombre heterosexual… y como español.

En el Centro Reína Sofía publicamos hace cuatro años un informe titulado “La caja de la masculinidad. Construcción, actitudes e impacto en la juventud española” (Sanmartín Ortí et al., 2022). El concepto de “caja de masculinidad” se refiere a un “conjunto de creencias y valores transmitidos por padres, madres, familias, medios de comunicación, pares y sociedad en general que, a través de procesos de socialización, influyen, fomentan o presionan hacia unos mandatos de género determinados, de manera que se entienda la masculinidad de una forma concreta alienada con el contexto social heteropatriarcal” (p. 84). Por tanto, cuando hablamos de estar “dentro de la caja” nos referimos a una masculinidad atada a los valores que tradicionalmente se asocian al hombre (virilidad, fuerza, poder).

También allá por 2024, del cruce de amistades y la coincidencia en planes lúdicos surgió un grupo (tanto “real” como de Whatsapp, que, en estos tiempos, es lo que certifica la constitución de un grupo de amigues). El nombre del grupo, Demonch, está influido por la popularidad en aquel entonces de los vídeos de Las Verdunch. Aunque dejamos de usar el término una vez se agotó la viralidad de Las Verdunch, por usar los términos con los que empieza el texto, hay amplia mayoría potaxie. Por el contrario, el término fife sigue en nuestro vocabulario, supongo que porque es un término tan irónico como útil para identificar lo que está dentro de la caja. Por lo que a mí respecta, estos años de amistad han supuesto un proceso maravilloso de (de/re)construcción de mi masculinidad, y nos hemos enseñado mutuamente que, con unos toques de potaxie, se puede ser fife, pero bien.

Supongo que el haberme criado con mujeres tanto en mi familia como en mis amistades siempre me ha hecho sentirme incómodo dentro de “la caja” y salirse de ella es algo que hay que hacer continuamente (en esta sociedad heteropatriarcal, nunca se está fuera del todo). Sin embargo, sí que creo que haber podido establecer un vínculo de amistad con hombres no heterosexuales es lo que me ha permitido de verdad experimentar lo que es estar fuera y siempre estaré agradecido por ello. A donde quiero llegar es que el haber visto y disfrutado el Mundial con mi grupo de amigues tiene algo que decir de cómo podemos encontrarnos fuera de la caja, sobre todo porque la dichosa caja está llena de balones de fútbol. Solo había que sacar uno para que podamos jugar todes. La cuestión de fondo es que, más allá de nuestra amistad, la identidad que nos ha hecho juntarnos es la de ser españoles. Mi pregunta es la siguiente: ¿tiene algo de especial esta selección, este grupo de personas, para que también podamos salir de la “caja de la españolidad”? Mi respuesta es Sí. Vayamos ahora a justificarla.

En el ensayo titulado “España” (2021), Santiago Alba Rico hace un recorrido desde lo íntimo hasta lo histórico para pensar la identidad de este país, tanto su pasado como su presente, especialmente a través de sus santos y su literatura. Alba Rico apunta a dos elementos que compondrían el núcleo de la identidad española: la virilidad y el catolicismo. Estos serían, junto a la falta de mitos compartidos, los responsables de la compleja existencia de la unidad en esta nación de naciones. Como él mismo dice: “las naciones necesitan mitos compartidos y España -salvo la Guerra de Independencia y el gol de Iniesta- no los tiene”. Hablando en concreto de fútbol, Alba Rico introduce dos conceptos: la filiación y la afiliación. La filiación alude a los “lazos emocionales o afectivos que nos vinculan a una comunidad no elegida, a la que se pertenece de hecho y al margen de la voluntad, como es el caso de la familia o la nación”. Por el contrario, la afiliación se refiere a las “afinidades electivas, con los vínculos que uno elige y desarrolla por propia decisión y de una manera, si se quiere, racional o, por lo menos, consciente”.

Si el gol de Iniesta es un mito nacional compartido, el gol de Ferrán también lo es, o puede serlo. La cuestión es qué tipo de mito sería. En 2010, además de ser el primer Mundial, con lo que supone de romper un bloqueo histórico y de liberación, yo me sentía más “filiado” que “afiliado”, en parte también porque me pilló de adolescente y aún no tenía claras mis “afinidades electivas”. Dieciséis años después, una nueva generación de jugadores que ha crecido inspirada por sus predecesores de 2010 ha sido capaz de generar un colectivo al que “afiliarme”.

Resulta muy ilustrador escuchar al seleccionador, Luis de la Fuente, justo después de proclamarse campeón del mundo, en unas declaraciones en las señala que el éxito de este equipo ha sido estar formado por buenas personas, gente generosa que antepone el bien común al beneficio particular, y con valores basados en la convivencia y la solidaridad. Una filosofía que, además, se plasma en el campo a través de un juego asociativo y dinámico, y que han sido ejemplares en el trato educado y respetuoso al rival aún cuando este no ha sido recíproco. Además, conformando un grupo muy joven, nada menos que la sexta selección con una edad media más baja de las 48 que han participado en este mundial.

Si pensamos en esta selección española como un modelo a pequeña escala de lo que es o podría ser una sociedad española que rompa con los estereotipos que ha arrastrado desde el nacimiento de este país, cabe atender a los dos elementos que señalaba Alba Rico. En cuanto a la virilidad, encontramos un paradigma de masculinidad fuera de la caja en Borja Iglesias. En 2020, en el contexto del movimiento Black Lives Matter, se pintó las uñas de negro en señal de apoyo. Tras la agresión sexual del expresidente de la Federación Española de Fútbol Luis Rubiales a Jenni Hermoso, integrante de la selección femenina, cuando se proclamaron campeonas del mundo en agosto de 2023, renunció a ser convocado con la selección hasta que no se hiciese justicia. Más recientemente, salió en defensa de sus compañeros Ferrán Torres (el héroe nacional) y Marcos Llorente, ante los ataques homófobos que han recibido a raíz de unas imágenes en las que están celebrando el mundial en Ibiza y muestran gestos de afecto entre ellos.

Por lo que respecta al catolicismo, cabe destacar que tanto Luis de la Fuente, como el capitán del equipo, Rodri, como el goleador en la final, Ferrán, han expresado públicamente sus convicciones católicas, mientras que la estrella del equipo, el aún adolescente Lamine Yamal, es musulmán. En estos tiempos en que se señala a la gente por sus creencias religiosas (y por su procedencia), me parece un ejemplo de convivencia bellísimo. La imagen de Lamine Yamal rezando a Alá en pleno terreno de juego justo al terminar la final mientras el equipo argentino armaba una tangana agrediendo a los jugadores españoles es histórica… y divina.

La idea de este texto, además de por satisfacer al periodista deportivo que llevo dentro, surge de nuestra participación (el Centro Reina Sofía) hace un par de semanas en el XVI Congreso Español de Sociología. En la mesa en la que presentamos el informe “Código 505: Un estudio sobre las ciberviolencias entre la juventud española”, un compañero presentó un estudio sobre los jóvenes españoles que votan a la extrema derecha. De entre las cinco ponencias, el debate lo centró esta. Ahí mismo reflexionamos sobre la fascinación que nos producen este tipo de cuestiones, lo que hace que, quizás, acabemos dándole más atención de la necesaria o, al menos, que dejemos de atender a otros aspectos más constructivos. Entonces pensé que, a lo mejor, el mito de este Mundial 2026 puede contribuir a que la juventud española tenga referentes que rompan con los estereotipos excluyentes y cerrados que aún se esconden tras la bandera. El tema es que los mitos son relatos, cuyo valor y poder está en la fe que depositemos en ellos. Este mito puede ser útil para quien, como yo, quiera vivir en una sociedad más abierta y diversa, una sociedad que no quepa en ninguna caja.

*Pedro Fernández de Castro es investigador en el Centro Reina Sofía de Fad Juventud. Sus principales líneas de investigación tienen que ver con la ciudadanía, la alfabetización y la inclusión digitales desde la educación social y el trabajo con la juventud. Miembro del colectivo de experimentación en comunicación y cultura digital en Club Manhattan. 

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