Tras un año alejado de los escenarios, Zenet, el reconocido cantante y compositor español, regresa con “Las manos y la voz”, un disco que combina intimidad, artesanía y sensibilidad musical. Este nuevo trabajo, cuidadosamente elaborado en formato analógico y con una atención meticulosa a cada detalle, refleja un cambio de ciclo en su trayectoria, y nos sumerge en un mar de emociones, invitándonos a reflexionar sobre lo más esencial.
A lo largo de tu carrera has pasado por el bolero, el tango, la bossa o el jazz. ¿Cuál es el género que más ha calado en tu corazón y el que más te representa?
El jazz es un poco como el aceite de oliva que une toda la ensalada, es decir, es el lenguaje. Gracias al jazz he podido abordar otros géneros, como si fuera una plataforma que me permite explorar distintos lugares. Me voy a cada género para ver qué me encuentro, qué pasa con él, y de una manera muy natural me voy introduciendo en cada estilo, redescubriéndolo.
Más allá de los géneros, tu música siempre tiene algo que invita a sentir. ¿Qué dirías que buscas transmitir por encima de todo?
Para mí esto es muy importante. La voz es un instrumento; digamos que funciona como un instrumento médium para todo lo emocional. Por eso le doy muchísima importancia a la interpretación. Los directos son momentos que, para mí, llegan a ser prácticamente sagrados. Son un espacio muy potente donde ocurren muchas cosas: la gente escucha las canciones, y todo lo que hay alrededor está en perfecta conjunción con ese momento emotivo. La forma en que armamos el show, los instrumentos solistas que me acompañan… Todo eso junto nos permite crear momentos de gran potencia narrativa y emotiva, musicalmente hablando, en los directos.
Tras tantos años de carrera y escenarios, ¿qué ha cambiado más en ti como persona y artista desde que lanzaste tu primer disco?
Uno va madurando. Lo que cambia es que uno se hace “perro viejo”, pero creo que la base, el talento, es lo que uno no debe perder; eso es lo que hay que mantener siempre. Sobre todo, la curiosidad por seguir aprendiendo y la disposición a experimentar con distintos lugares. Me parece que era David Bowie quien decía que los lugares donde un artista se siente incómodo son los mejores, porque son los que realmente te ponen a prueba y consiguen sacar algo nuevo de ti.
Tu nuevo álbum, Las manos y la voz, remite a lo esencial ¿Qué significado tiene para ti?
Este álbum significa, primero, un punto de inflexión. He estado un año entero fuera de los escenarios, y eso me ha permitido trabajar de una manera muy artesanal. Además, marca un cambio de ciclo: estoy con una compañía nueva, BMG, y con managers que me están apoyando muchísimo en el trabajo y los directos. Estamos haciendo un trabajo integral, generando sinergias entre todas las partes. El propio disco es también una sinergia entre distintas áreas creativas. Por ejemplo, la ropa está hecha con tejidos sostenibles, de bosque, y lo mismo pasa con la música: cinco guitarristas, cuatro poetas y yo mismo en todas las capas creativas. Incluso la portada es un collage mío, inspirado en los temas del disco, pensado para extraer del libreto del CD un fanzine más grande, que la gente pueda disfrutar como un cómic mientras escucha la música. En definitiva, hay muchas sinergias entrecruzadas que conectan distintas creatividades, y eso es lo que para mí hace que este álbum sea tan especial.
Vivimos en tiempos de consumo rápido, ¿qué te llevó a apostar por este formato tan trabajado?
Es un poco un activismo. Creo que, dentro del supermercado de la vida, cada uno puede decidir qué comer, cómo comerlo y si quiere disfrutar de su comida tranquilamente, en buena compañía, o si prefiere comida rápida. Con la música pasa lo mismo. Y nosotros somos ese tipo de artistas. Incluso te lo dice el algoritmo de Spotify. Esa “bestia” que todo el mundo llama la bestia del algoritmo, al final también nos va uniendo. Lo veo en los circuitos que hago: en los teatros donde actúo suelen aparecer en cartel los mismos nombres, artistas que comparten un tipo de público similar al nuestro. Es un público al que le gusta la música de calidad, que disfruta de las cosas con tiempo. Muchos de ellos, además, viajan para verme. Eso lo hemos notado mucho: escogen una ciudad bonita, un teatro especial, y convierten el concierto en una experiencia completa, en una noche para recordar.
El disco es también un homenaje a José Taboada, compañero clave en tu trayectoria. ¿De qué manera su ausencia ha influido emocional y musicalmente en la construcción de este trabajo?
Sí, pero ha sido un homenaje sin quererlo. Yo no me planteé hacer un disco como homenaje. Ha surgido de forma natural mientras iba trabajando con distintos guitarristas. De alguna manera, estábamos trayendo el espíritu de José Taboada hacia nosotros. Con José, cuando componíamos, nunca entrábamos de lleno en un género.Siempre paseábamos por la frontera. Si hacíamos un bolero, no era un bolero clásico; era algo más cercano a un bolero con aroma de jazz. Y si abordábamos una ranchera u otro estilo, tampoco era un género puro, sino algo híbrido, contaminado por otras músicas del mundo.
En este disco he hecho algo diferente: he buscado guitarristas especialistas en cada género. Me he acercado, por ejemplo, a la bossa nova, al tango, con músicos que dominan profundamente cada estilo. Es decir, esta vez he decidido entrar dentro del género, no quedarme en la frontera. Y, curiosamente, muchos de ellos eran también amigos de José. De algún modo, lo que han hecho ha sido prestar su legado a esas armonías fronterizas que él trabajaba.
Tan lejos, tan cerca cierra la serie de adelantos antes del lanzamiento del disco. ¿Por qué decidiste que esta canción fuera la última en presentarse?
Como todo el proceso creativo del disco, ha sido algo muy orgánico. No lo habíamos decidido desde el principio; nos hemos ido abandonando un poco al proceso, hablando mucho entre nosotros. Ha habido mucho diálogo, muchas reuniones. Yo, además, soy bastante insistente, porque antes hablábamos de que vivimos en una sociedad que va muy deprisa, y yo soy el típico que está constantemente pidiéndole al equipo creativo y a la compañía que nos sentemos a hablar. Nos reunimos, ponemos todo sobre la mesa, debatimos… y de ahí fue saliendo poco a poco el orden de los lanzamientos.
La canción habla de la paradoja de sentir cercanía estando lejos. ¿Es una emoción que te resulta especialmente significativa en tu vida o en tus relaciones?
Sí, muchísimo. Verás, el móvil es un arma de doble filo. Por un lado, es un elemento casi diabólico, que nos roba mucho tiempo y energía. Pero, por otro, gracias a la tecnología te permite, como digo en la canción, estar los dos frente al mismo atardecer aunque os separen mil kilómetros. A través de la pantalla puedes sentir que estáis sentados mirando el mismo cielo, y eso es estar tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Esa idea nace de mi diario personal. Es una de las canciones que son enteramente mías; en otros casos suelo trabajar con compañeros y compañeras, pero aquí, igual que en Mensajes borrados, parto de una reflexión muy íntima sobre el móvil. En esa otra canción me pregunto: ¿dónde van todos los mensajes que borramos en WhatsApp? Esos que escribimos demasiado rápido, sin pensar, y de pronto eliminamos porque nos arrepentimos, por- que no hemos sabido controlar el impulso. Me gusta imaginar ese buzón invisible donde terminan todos esos mensajes no enviados.
¿Hay alguna canción del nuevo disco que tengas especial ilusión por cantar en directo?
Todas, todas. Porque una parte fundamental del trabajo es la versión que hacemos para el directo. De hecho, hemos creado arreglos nuevos y las canciones adquieren una segunda vida sobre el escenario. El disco no he querido sobrecargarlo. Muchas canciones son muy sencillas; he buscado que fuera un álbum muy guitarrístico, íntimo y artesanal. Lo hemos grabado de manera analógica, con muy poco digital: incluso utilizamos micrófonos antiguos y la masterización también es analógica. Así conseguimos un sonido muy cercano. Cuando lo escuchas con un buen equipo —y si puede ser en vinilo, mejor— la sensación es que estoy ahí, a tu lado, cantándote casi al oído.
Después de tantos años, ¿qué sigue emocionando de subirte a un escenario?
El escenario es un lugar que, como te decía antes, es casi sagrado. Para mí es un espacio maravilloso de conexión con el público. Los que somos artistas de escena sabemos que tenemos que estar ahí; es nuestro lugar natural. Además, está todo lo que ocurre alrededor: viajar juntos, compartir mesa, reírnos, sudar sobre el escenario… Esa convivencia con los músicos, que para mí son como una familia, convierte cada concierto en una experiencia muy especial. Yo intento que toda esa comunión se filtre hacia el público. Incluso comparto anécdotas que nos pasan en el día a día, porque eso abre una ventana de honestidad y de sinceridad que el público agradece muchísimo. El escenario es diferente al estudio. El disco es un trabajo al que le dedico muchísimo tiempo; soy muy perfeccionista porque sé que va a quedar ahí, para la historia. Puedo repetir cuarenta veces una toma hasta que esté exactamente como quiero. En cambio, el directo es efímero: lo que ocurre una noche no se repetirá jamás.
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